
Yo soy la resurrección y la vida
by General Lyndon Buckingham
Fue un buen sábado. ¿Lo fue? La verdad es que podría haber sido desastroso. Sin duda, al principio no se veía bien. Ese día sufrí un infarto. Parece que fue un episodio bastante grave; aterrador para mi esposa, Bronwyn, y sí, profundamente preocupante para mí. ¿Qué era esto? ¿Había llegado mi hora? ¿Era así como el Señor me llamaba a su presencia? ¿Qué pasaría con mis hijos y mis nietos? ¿Qué pasaría con “Bronny”? ¿Qué pasaría con mi ministerio? Todavía tenía cosas que hacer. No fue un buen sábado. Fue horrible, aterrador, oscuro y espantoso.
Y, sin embargo, sí, resultó ser un buen sábado. Al reflexionar sobre ese día de octubre pasado, celebro los milagros que ocurrieron ese día aterrador. Las personas adecuadas intervinieron en el momento adecuado. El amor cristiano que llevó a la acción: Una hermosa enfermera salvacionista cuya amiga era una cardióloga cristiana. Una intervención que me salvó la vida e incluso una promesa del mismo Dios de que todo iría bien. El momento elegido por el Señor fue perfecto. Su providencia fue abundante. Así que, al reflexionar y profundizar en los acontecimientos que tuvieron lugar, he llegado a la conclusión de que, después de todo, sí fue un buen sábado.
Recuerdo que, cuando era un pequeño Joven Soldado, me desconcertaba el uso de la palabra “bueno” al referirse a la historia de la Pascua. Y nombrar Viernes Bueno (Good Friday), como llamamos en inglés al Viernes Santo, el día en que crucificaron a Jesús. ¿Cómo es posible describirlo como bueno? No lo endulcemos. Fue un día horrible. Un día de condena injusta, tortura brutal, de dolor y sufrimientos interminables. La cruz, un arma del diablo, utilizada contra el Cordero de Dios. Horrorosa, repugnante e imperdonable. Pero si, sin dejar de lado los acontecimientos de ese día, miramos más profundamente, en realidad somos testigos de Dios mismo en acción. Dios se enfrenta a la manifestación del mal en estado puro representado por una cruz física y toda su brutalidad, con el amor redentor que vence al mal, al pecado y, sí, a la muerte misma. Convierte un viernes horrible en un Viernes Santo excepcionalmente “Bueno”.
Entendamos esto: independientemente de lo que estuviera sucediendo, Jesús mismo estaba motivado por el amor. Fue a la cruz por amor a toda la humanidad; por amor a ti y a mí. En su Carta a los Romanos, Pablo escribió: “Pero Dios demuestra su amor por nosotros en esto: en que, cuando todavía éramos pecadores, Cristo murió por nosotros” (Romanos 5:8 NVI). Cristo demostró el alcance del amor de Dios por todos nosotros al tomar sobre sí mismo el pecado del mundo. Ese viernes, Jesús estaba motivado por el amor. La verdad es que Dios nos ama y Jesús es la prueba.
El autor de la carta a los Hebreos plantea la pregunta: “… ¿cómo escaparemos nosotros si descuidamos una salvación tan grande?” (Hebreos 2:3 NVI). El profeta Isaías escribió: “… por sus heridas fuimos sanados” (Isaías 53:5 NVI). Sin duda, es un misterio. De alguna manera misteriosa y divina, los acontecimientos del Viernes Santo contienen la clave de nuestra propia sanidad, nuestro perdón, nuestra salvación y nuestra adopción. La propiciación hace posible que seamos abrazados por el mismo Dios Todopoderoso. Jesús, motivado por el amor, hace posible nuestra restauración, redención y reconciliación. Somos sanados; somos salvados. Somos amados.
Puede resultar difícil ver los acontecimientos del Viernes Santo como triunfales, pero eso es exactamente lo que son. En primer lugar, es un triunfo para Jesús. Él fue fiel y obediente, incluso hasta la muerte en la cruz. Declaró: “Todo se ha cumplido” (Juan 19:30 NVI). He completado mi misión. Está hecho. El poder del pecado y la muerte ha sido derrotado.
En segundo lugar, el triunfo del Calvario es la derrota del mal. En la victoria de Jesús sobre el pecado y el mal, su “triunfo” se convierte también en nuestro triunfo. Como ahora vivimos de este lado de la resurrección, podemos celebrar que nuestro Señor fue reivindicado, es decir, recuperó el lugar y el honor que le pertenecen. Él venció a la muerte y vive para siempre. Su victoria se convierte en la nuestra. Fue el mismo Jesús quien dijo: “Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá, aunque muera; y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás” (Juan 11:25-26 NVI).
Jesús reconoce la realidad de la muerte física, pero continúa declarando que la muerte no tiene la última palabra sobre aquellos que, por la fe, le pertenecen. Esto significa que la muerte ya no es un muro infranqueable, sino una puerta de entrada. Ha perdido su poder definitivo y su terror, y no puede separar a una persona de la vida que Jesús le da. La vida eterna no es solo cuestión de duración, sino también de dimensión, magnitud y cualidades características. Es una vida llena de la presencia de Dios, que comienza en el momento en que ponemos nuestra confianza en Jesús.
Al final, sí fue un verdadero “Viernes Bueno”, un “Viernes Santo”, ¡realmente muy bueno!
Mi oración por cada uno de ustedes es que sean cautivados por el amor con que Dios los ama y que experimenten por sí mismos la realidad de ese amor, revelado en la persona de Jesucristo, el Hijo de Dios, Salvador del mundo.
Que Dios les bendiga.




