Un legado perdurable

Nunca conocí a mi abuelo paterno. Falleció a los 37 años a causa de la diabetes, justo antes de que se produjera y se dispusiera de la insulina. Él no me dejó una herencia monetaria ni recuerdos familiares. Si hubiera nacido varón, mis padres me habrían puesto su nombre pero, en vez de eso, decidieron ponerme sus iniciales: GLB. Sin embargo, me dejó un legado espiritual duradero, perdurable y amoroso. Debido a la breve vida de mi abuelo, tuve la suerte de tener un padre maravilloso que me crio en un hogar cristiano. Luego me uní a una familia espiritual, el Ejército de Salvación, en la que llegué a conocer a Jesús. Además, tengo un hijo que se parece mucho a las pocas fotos en blanco y negro que tengo de mi abuelo. ¡Qué gran legado de amor y fe recibí!
Soy consciente de que, si el abuelo George me hubiera dejado una herencia tangible, habría sido temporal. Sin embargo, un legado es más que una herencia. Es algo duradero, profundo. En realidad, el legado no es simplemente el remanente de lo que hemos logrado en la vida. Es la impresión duradera, ya sea buena o mala, que permanece una vez que dejamos esta vida terrenal. El legado está directamente relacionado con el impacto que la persona ejerce.
El heredero, por otra parte, es alguien nombrado para recibir una herencia o legado, basado en una relación sanguínea, amistosa o algún otro vínculo terrenal. El legado espiritual es similar, aunque más profundo y eterno. Se basa únicamente en nuestra relación con Cristo. Nosotros, como creyentes, ¡somos herederos de un legado perdurable! Hemos reconocido el impacto de Cristo en nuestras vidas y nuestra eternidad a través de su muerte y su resurrección, y hemos recibido el don de la salvación. El impacto de esa certeza comienza aquí en la tierra y nos acompaña hasta el cielo.
1 Pedro 1:3-4 habla directamente de esta realidad:
Bendito el Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible, reservada en los cielos para vosotros.
¡Qué clase de promesa! ¡Qué gran razón para dar gracias! Y la provisión continúa, pues tenemos la bendición no solo de recibir este legado espiritual, sino también de transmitirlo a otros. Como creyentes en Cristo, hemos elegido continuar con este don y vivirlo, impactando la vida de los demás. ¡Por lo tanto, ustedes y yo nos convertimos en Su legado viviente! ¡Qué gran privilegio!
Que nunca olvidemos, como creyentes, este llamado a dejar un legado. 2 Corintios 9:12-15 nos recuerda bien:
Porque la ministración de este servicio no solamente suple lo que a los santos falta,
sino que también abunda en muchas acciones de gracias a Dios; pues por la experiencia de esta ministración glorifican a Dios por la obediencia que profesáis al evangelio de Cristo, y por la liberalidad de vuestra contribución para ellos y para todos; asimismo en la oración de ellos por vosotros, a quienes aman a causa de la superabundante gracia de Dios en vosotros. ¡Gracias a Dios por su don inefable!
Al festejar la temporada de acción de gracias y del nacimiento del Salvador, hagamos una pausa también para agradecer y celebrar el impacto duradero de esta publicación. Conéctate es parte del legado de este Territorio. Aunque el formato cambie un poco en los próximos días, que el legado de su impacto permanezca en los corazones y las almas de tantas personas cuyas vidas han sido tocadas por el mensaje del evangelio a través de sus páginas.
Que, individual y colectivamente, no solo seamos receptores de Su legado perdurable, sino que también seamos conocidos como quienes lo transmiten a los demás.
¡Gracias a Dios por su don inefable! (2 Corintios 9:15)
Abuelito, gracias por mi legado espiritual ¡y por las iniciales de mi nombre! Nunca olvidaré lo que me has dejado.
— En Cristo, G.L.B.
Comisionada Gladys Lorraine Bamford
