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Le entregué mi voluntad a Él

ISurrenderedMyWill_insEn 1997, Carol Almeida estaba sentada en la celda de una cárcel en York, Pensilvania, cansada de vivir en las drogas. Ansiaba volver a ser una mujer libre; libre de las garras de la adicción.

El camino que la había de llevar a ese momento decisivo resultaría largo y tortuoso. Comenzó en Bridgeport, Connecticut, donde Almeida se crió en un hogar problemático como hija de padres alcohólicos. Ya adolescente, abusó del alcohol y pronto empeoró aún más su situación volviéndose adicta a la  marihuana e inhalando pegamento. También usaba anfetaminas, tranquilizantes y LSD.

“Probé básicamente todas las drogas ”, dice.

A la edad de 21 años, Almeida incursionó en el mundo de la heroína.

“Sencillamente me volví adicta”, recuerda. “Me enamoré de la heroína. La dejaba y recaía en ella por los siguientes 20 años”.

Financiaba su hábito robando y trabajando como prostituta. Si bien debió enfrentar “muchas situaciones amenazadoras” mientras trabajaba en las calles estaba resuelta a hacerlo.

“Lo único que me preocupaba era conseguir el dinero”, recuerda. “No sentía nada. Nada me importaba. Lo único que quería era conseguir la próxima dosis de droga”.

Una nueva vida

Al cumplir 29 años, Almeida estuvo a punto de perder la custodia de sus cuatro hijos.

“A esas alturas, no me importaba vivir o morir”, cuenta. “Pensaba que mi vida ya estaba terminada. Resolví que me daba igual si moría o no.

“Fue entonces cuando conocía a estas cristianas. Venían a hablar conmigo todo el tiempo. Me convencieron de que me integrara al programa “New Life for Girls” (Nueva Vida para Mujeres Jóvenes). Y simplemente decidí hacerlo. Las cosas se habían vuelto realmente malas. Y esa era la única opción que tenía en ese momento”.

Almeida partió hacia la localidad de Dover, Pensilvania, donde ingresó al programa residencial de base cristiana para jóvenes mujeres que luchaban con el abuso de estupefacientes y otros problemas. Permaneció en New Life for Girls los siguientes 11 meses.

“Si hubiese seguido en Bridgeport, sin lugar a dudas habría muerto”, reflexiona. “Lo más probable es que no habría durado con vida otro año. Muchas de las personas que conocía en Bridgeport pensaban que había muerto cuando dejaron de verme en el vecindario. Así de mal me veía y así de mal me fue en la vida”.

Perdida una vez más

Almeida dice que se aprendió de memoria varios versículos bíblicos en New Life for Girls. Pero a esas alturas, a la Palabra de Dios le resultó impracticable recorrer las 12 pulgadas que van desde la testaruda cabeza de Almeida hasta su endurecido corazón.

“Tenía todo ese conocimiento en la cabeza, pero eso era todo”, relata. “Y yo lo sabía”.

Cuando Almeida completó el programa, contactó a su futuro marido y le pidió que se viniera a York. Puesto que él también abusaba de las drogas, al poco tiempo ella retomó sus viejos hábitos. Esa recaída se extendió toda una década.

“Estaba muerta por dentro”, dice. “Incluso cuando pasé por New Life for Girls, todavía no experimentaba ningún tipo de sentimiento”.

Durante esa larga recaída, Almeida estuvo en un programa de metadona tres veces y a menudo era encarcelada por robo a locales comerciales. En 1997, durante su último encarcelamiento, se comprometió a asistir a la iglesia y a darle un vuelco a su vida tras su liberación.

Arrepentimiento completo

“Me harté de ese estilo de vida”, afirma. “Me asqueó ese círculo vicioso de entrar y salir de la cárcel.

“Decidí entregarle mi vida al Señor y tomármelo con seriedad. Le ofrendé mi voluntad. Fue entonces cuando mi vida empezó a cambiar”.

Almeida asistió a una iglesia no denominacional donde el amor de Dios penetró su alma desde el momento en que entró.

“Iba a la iglesia y escuchaba la música. Me brindaba alivio y consuelo”, dice. “Durante los dos primeros años más o menos lo único que hice fue llorar. Esa fue mi sanación. Dios tenía que ablandar mi corazón. Estaba tan endurecido que nada lo podía penetrar salvo Él y Su amor. Y eso fue lo que Él hizo”.

Almeida cree que lo que la dejó por décadas atrapada en la adicción fue el resentimiento que sentía hacia su madre.

“Por años, culpé a mi madre de mi adicción”, dice. “Pero nunca quise reconocer mi parte de la culpa.

“Opté por odiarla. Eso me hizo recaer una y otra vez en el vicio. Cuando finalmente decidí perdonarla, las cosas de verdad empezaron a cambiar dentro de mí”.

Almeida le pidió ese perdón a su madre en una llamada telefónica poco antes de que esta muriera.

“Fue entonces cuando al fin todo cambió”, cuenta. “Y mi madre a su vez me pidió que la perdonara. Ese fue el punto en que realmente mi vida empezó a sanar. Ese resentimiento es una raíz amarga que tiene que ser arrancada”.

Cuerpo y alma

Almeida también halló sanación física tras años de drogadicción. La habían diagnosticado con Hepatitis B y C.

“Una vez que dejé el vicio, Dios también me curó de esas enfermedades”, dice. “Ya no tengo nada.

“Mi doctor incluso me dijo que nunca había visto nada parecido. Me dijo que yo era una de las muy pocas personas que había tratado a las que no se les volvió a detectar ninguna señal de infección. Hasta llego a decir que era un milagro. Yo sé que el Señor fue quien restauró mi salud”.

ISurrenderedMyWill_2Almeida dice que cuando acogió al Señor en su corazón, le quedaba todavía la tarea de superar otro obstáculo importante. Necesitaba comprender cabalmente el perdón y la gracia de Dios.

“Nunca fui capaz de perdonarme a mí misma por lo que hice pasar a mis hijos”, afirma. “Una de las cosas que aprendí es que mucho de ello se debía a que sentía lástima de mí misma. Y una vez que me liberé de la tiranía de mi propia falta de autoestima, las cosas empezaron a cambiar.

“Por fin tengo la fuerza moral para perdonarme a mí misma por todo lo que he hecho en mi vida. Estoy obrando en mi propio interior y dejando también que Jesús obre en mi vida para que me pueda mostrar cómo perdonarme a mí misma y a dejar definitivamente atrás todos esos sentimientos dolorosos y destructivos. Los estoy dejando atrás y ahora las cosas están mejorando para mí”.

Cada vez más cerca

Almeida señala que hoy asiste a la iglesia y que ha desarrollado “una relación cercana con Jesús”.

“Lo busco todos los días”, confiesa. “Leo la Biblia todos los días. Le entrego mi voluntad a Él cada día y Él está a mi lado, conmigo. Jesús está siempre en mi mente. Me siento inmensamente agradecida por lo que ha obrado en mí.

“Cada uno de estos últimos cuatro o cinco años, mi relación con Jesús ha ido haciéndose cada vez más rica y más profunda. Le he entregado mi voluntad completamente”.

Almeida empezó a trabajar con el Ejército de Salvación en York, en un centro de distribución de comida. Posteriormente obtuvo un diplomado y fue contratada como trabajadora social, un trabajo que a ella le “encanta”. Almeida trabajó en el Cuerpo durante 10 años y tocó las vidas de muchos.

“No contaba con un curriculum laboral muy nutrido previo a mi trabajo en el Ejército de Salvación”, explica. “Ellos son los únicos que me han permitido iniciar mi historial laboral. Son los únicos que me han dado la oportunidad de hacerlo.

“Me encantó la tarea de poder ayudar a las personas que entraban”, dice. “Me identificaba con todas ellas. Muchos venían de situaciones de vida como la que yo había vivido”.

Impartir sabiduría

Almeida también cuenta sus experiencias a los clientes de los barrios de York que tenían problemas con las adicciones.

“Conocí personas que luchaban con las drogas y el alcohol. Los escuchaba, conversaba con ellos y los alentaba contándoles cómo logré liberarme de años de adicción”, comenta.

“Mucho de lo que había que hacer era sacar todo ese dolor de adentro. Esas personas me conocían y sabían cómo había cambiado mi vida”.

Almeida se retiró de su trabajo en el Ejército, pero hace poco empezó a trabajar en un puesto de ventas al por menor. Ella cree que Dios la colocó en ese trabajo para que aprendiera lo que es la paciencia. Actualmente disfruta de una maravillosa relación con sus hijos y sus nietos, y sigue madurando en la fe.

“Cuando paso revista a mi vida, puedo ver lo que Jesús ha hecho por mí”, dice. “Estoy agradecida al Señor por haberme abierto el camino para que entrara en contacto con los creyentes, incluyendo —por cierto— el Ejército de Salvación”.

por Robert Mitchell

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