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¿Gracias por qué?

A diario nos encontramos con situaciones en las que ayudamos a personas necesitadas que no siempre dan las gracias. Hay algunos que ni siquiera reconocen que se les ha ayudado. Hay otros que piensan que es nuestra obligación ayudarles y hasta examinan lo que reciben por si no les gusta algo. Es como si te dijeran con la mirada o con su actitud: “¿Gracias por qué?”    

En Lucas se cuenta la historia de 10 leprosos, entre los que estaba un samaritano, que le gritaron a Jesús a la distancia que tuviera misericordia de ellos. En aquellos tiempos, se les prohibía a los leprosos tener contacto con el resto de la comunidad. Vivían aislados hasta que el sacerdote les declarara que estaban limpios. ¿Cómo pues sabían de Jesús? Seguramente oyeron algo acerca del Maestro y le pidieron misericordia.

No sabemos qué misión llevaba a Jesús a pasar por ese lugar camino a Jerusalén, pero sí sabemos que los oyó y se detuvo. Él siempre oye.

Jesús no excluyó al leproso samaritano que estaba con los otros 9; al contrario, les dio instrucciones para que todos fueran sanos y que luego se presentaran ante los sacerdotes. Él no hace acepción de personas.

Jesús respondió inmediatamente la petición de ellos; sin embargo, para recibir la sanidad que anhelaban, se requería que fueran obedientes y tuvieran fe; y que fueran obedientes en ir hasta la sinagoga donde estaban los sacerdotes. Hay veces que queremos vivir nuestra espiritualidad en privado, no públicamente… Otras veces decimos: “Yo me convierto cuando todo mejore”. El Señor quiere que acudas a Él en medio de la situación enfermiza que estés viviendo. Él tendrá misericordia de ti.

Así que, camino a los sacerdotes, solo uno de los leprosos —el samaritano— al darse cuenta de que había sido sanado, regresó a donde Jesús. La inmensa gratitud que sintió lo llevó a volver al Maestro para darle las gracias, gritando a viva voz y dando gloria a Dios. Cuando llegó frente a Jesús, se postró ante sus pies y le dio gracias. ¡Qué momento de adoración y gratitud tan hermoso!

Sin embargo, los otros 9 leprosos siguieron su camino. Como ellos, hay muchos que solo tienen ojos para ver lo que no existe o lo que no reciben. No ven la bendición diaria que tienen en Cristo, por eso no sienten la necesidad de ser agradecidos. Gracias ¿por qué? ¡Porque el Señor tiene misericordia de nosotros cada día!

Misericordia es actuar por amor y hacer algo con la miseria, con el mal o la necesidad del prójimo. A Dios le conmueve nuestra enfermedad, tanto espiritual como física. Olvidamos que el hecho de que estemos vivos, respirando, se debe a la misericordia de Dios con nuestras vidas; por lo que debemos darle gracias todos los días.

¿Tienes un corazón agradecido? Demos gracias a Dios en toda situación, porque esa es su voluntad para nosotros en Cristo Jesús (1 Tesalonicenses 5:18). Seamos agradecidos —no lo pensemos dos veces para darle las gracias— y digamos a otros lo que Jesús ha hecho por nosotros.

escrito por: Mayora Janet González

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