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Aun por el más pequeño

IrisMedina_insHace dieciséis años me jubilé de mi trabajo en el gobierno, en Ponce, Puerto Rico, a la edad de 57 años. Mi empleador me ofreció un nuevo puesto, pero le dije: “Es hora de que empiece a trabajar para Dios”.

Hoy voy a las cárceles a visitar a los hijos e hijas de Dios. Les recuerdo que Cristo murió por sus pecados.

El primer día de mi nuevo ministerio en la Cárcel Las Cucharas, un recinto correccional para delincuentes violentos, conocí a un joven que estuvo escuchándome con mucha atención mientras le predicaba a un grupo de internos. En ese momento, me pareció que tenía la misma edad de mi hijo. Cuando terminé de predicar, me pidió que orara con él. Me dijo que había aceptado a Cristo en la cárcel y que en unos pocos días sería liberado.

Cuando me pidió que le consiguiera una Biblia, le di la mía. Me dijo que quería asistir al Cuerpo del Ejército de Salvación conmigo cuando saliera, por lo que le di mi número de teléfono para que me llamara cuando lo liberaran.

Pasó una semana y yo seguía esperando que me llamara. Pensé: ¿Perdería mi número de teléfono? ¿Le negarían la libertad a último minuto? A la semana siguiente, cuando regresé a la cárcel, me enteré de que liberaron al joven el martes, pero lo hallaron muerto en su sillón el jueves siguiente.

La experiencia, para mí, fue desgarradora. Contemplé la idea de ponerle fin a mi ministerio. Sin embargo, en medio de mi tristeza, oré a Dios dándole las gracias por haberme dado unos cuantos minutos de oración con aquel joven. Tras las rejas, se había arrepentido y había hallado a Dios, que le dio esperanza en sus últimos días de vida. Me di cuenta de que eso me fuerza para continuar. Son almas como las de ese joven las que más necesitan nuestras oraciones.

La Cárcel Las Cucharas también cuenta con un pabellón psiquiátrico. Muchos de sus 300 internos sufren de enfermedades mentales y discapacidades para el aprendizaje. También sufren a nivel espiritual.

Cuando visito a esos hombres y mujeres, les llevo ropa, jugos, artículos de aseo personal y pasteles. Debo asegurarme de quitarles todo lo  que sea plástico a cada uno de esos artículos. Dos guardias me acompañan a mi ingreso a la cárcel. Cuando los reclusos me ven con mi uniforme del Ejército de Salvación, me piden que ore por sus mentes abatidas y por sus cuerpos debilitados.

El libro de Mateo me recuerda que todo lo que yo haga por mis hermanos, aun por el más pequeño o pequeña de ellos, lo hago por el propio Jesús. Me siento agradecida a Dios por haberme colocado en el Ejército de Salvación, cuyo enfoque principal está puesto en los más pequeños.

Un día, me encontré con una mujer que había orado conmigo tras escucharme predicar en la cárcel. Había sido liberada de la cárcel y ahora era pastora en su iglesia. El hecho de escuchar eso me hizo sentir algo indescriptible. Fue un recordatorio de la fortaleza de Dios. Él se mantiene leal a Su promesa de velar por todos nosotros.

A mis 73 años, me siento tan llena de energía y de vigor para llevar adelante mi ministerio como cuando lo inicié. Oro que mi misión le lleve esperanza a cada alma que la necesite. Aunque estén tras las rejas, Dios está con ellos todos los días de sus vidas.

—Iris Medina es soldado en el Cuerpo de Ponce, Puerto Rico.

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