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Una vida sin sentido

Antes de reconciliarme con Jesús mi vida estaba llena de dolor y tormento. Tenía todo lo que podía desear; pero aunque estuviera en medio de una multitud de personas me sentía sola y vacía. Mis relaciones familiares eran un desastre ya que mis actitudes no eran las mejores y para completarlo culpaba a todos por mis faltas.

En aquella época me sentía rechazada, abandonada, humillada y pensaba que mi vida no tenía sentido. Una noche, cuando no aguanté más la desesperación que sentía dentro, le pedí a Dios que me ayudara. Ya estaba cansada de vivir así; ya no podía aguantar más. Necesitaba al Dios que había conocido cuando era pequeña, al que quería servirle siendo monja.

Muchas cosas pasaron ese día, pero luego Dios puso seguridad en mi corazón. Ciertamente los problemas estaban presentes; pero era como si no me pudieran lastimar. Una a una las cosas se iban resolviendo, me sentía protegida y segura. Era como si Dios hubiera puesto una protección alrededor de mí; porque ya no era la misma. Ya no contestaba como antes, me sentía amada, aunque nadie me lo decía, de hecho ya ni eso importaba. Me sentía cubierta por un amor que no puedo explicar.

Poco a poco, según el Señor me fue cambiando, todo a mi alrededor comenzó a transformarse. Él me dio todo lo que le pedí aquella noche. Me dio su amor, cambió mis relaciones con mi familia; se puede decir que me dio una familia nueva, por lo que me regresó a la iglesia y comenzó a trabajar en el propósito que tenía conmigo. Ahora me siento segura, amada y apreciada entre sus brazos con un gran deseo de servirle y mostrarles a otros su amor.

por la Cadeta Lizbeth Rosado

 

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