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Una vida rescatada

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La primera vez que escuché hablar sobre el Señor fue a la edad de siete años, a través de una señora que se dedicaba cada sábado a buscar niños en los alrededores de la barriada en donde yo vivía para llevarnos a la iglesia. A pesar de mi corta edad, el Señor me comenzó a hablar y a dirigir mis pasos.

A la edad de diez años, el Señor se dirige a mí, diciéndome que yo sería un instrumento que utilizaría para atraer a mi familia a Él. Yo en esos momentos no pude entender esas palabras y mucho menos en las condiciones de vida en las que me encontraba viviendo. Al igual que más del 50% de la población americana, yo vivía en un hogar disfuncional, donde mi padre era usuario de drogas y alcohol. A causa de su problema de adicción, los golpes y maltratos eran el pan de cada día, situación que me llevó a la temprana edad de once años a una profunda depresión, con intento de suicidio y varias hospitalizaciones en diferentes hospitales psiquiátricos.

A la edad de trece años, permanecí asistiendo a la iglesia, cuando me tocó enfrentar un nuevo golpe en mi vida, el que marcó grandes cicatrices. A causa de todo lo que ocurría a mi alrededor, yo me preguntaba: ¿En dónde estaba Dios? Conocí a una señora que amaba al Señor. Ella me llevó a vivir a su casa. Durante ese tiempo Dios continuó trabajando de una manera especial en mi vida, mostrándome la importancia del perdón. Entonces entendí que Él había pagado un precio muy alto con su vida, por cada alma justa o pecadora. Cada uno de nosotros tenemos un gran valor para Él.

por Glamaris Santiago

 

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