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Una Nueva Capilla, Una Nueva Vida

El día que se dedicó la nueva capilla del Centro de Rehabilitación para Adultos (ARC) en Wilkes-Barre, Pensilvania, Tim Humphrey sonrió, cantó con regocijo en el coro y derramó muchas lágrimas.

Su reacción es comprensible si se considera que Humphrey, que es beneficiario del ARC y carpintero de profesión, ayudó a construir esa capilla.

“Cuando empecé a trabajar aquí, me sentí sobrecogido al pensar en todas las almas que se podrían salvar en este recinto”, indica Humphrey mientras mira la extensión de la obra.

Humphrey, que lleva unos 40 años trabajando en el negocio de la construcción, se graduó del programa del ARC en julio del año pasado, cuando una empresa cuyos dueños son cristianos, Twin City Builders, lo contrató. El primer trabajo que la firma le asignó fue construir una nueva capilla para el complejo del ARC en Wilkes–Barre.

Un milagro laboral

ANewChapel_ins1“Cuando me ordenaron que trabajara en esta capilla”, dice Humphrey, “fue tremendamente impactante para mí. Fue algo en verdad poderoso. Pasé de un programa fantástico, aquí en el ARC, a trabajar para un grupo de personas estupendas”.

Como era albañil, Humphrey quedó a cargo de todas las tareas de carpintería de ese proyecto. La Mayora Kathleen Wadman, directora de programa y servicios residenciales del ARC, se refirió —al hecho de que Humphrey fuese contratado y asignado para realizar ese trabajo— como un “milagro”.

“Él lloraba todos los días”, cuenta Wadman. “Ha pasado por muchas situaciones difíciles a lo largo de su vida”.

Humphrey, de 62 años, se crió en Bridgeport, New Jersey, en lo que él llama un “hogar disfuncional”. Su padre era camionero y la mayoría del tiempo estaba lejos de casa, en las carreteras, y su madre tenía problemas con el alcohol.

“Había mucho conflicto e infelicidad”, relata. “Yo buscaba la felicidad fuera del hogar”.

Una dura niñez

Humphrey ingresó a los Boy Scouts y allí alcanzó el rango más alto: “Eagle Scout”.

“Es básicamente el único programa que llegué a culminar”, reflexiona.

Tim asistió en su juventud a la iglesia, pero nada lo ató a ella. Tenía 12 años cuando él y dos amigos compraron unas latas de cerveza y se internaron en el bosque.

“El alcohol se convirtió en un problema desde el primer momento”, dice. “Nunca he tenido éxito para controlar el consumo de alcohol o de drogas. Y por muchos años, ni siquiera intenté controlarlo.

“Ya estaba mal cuando cursé la escuela secundaria, pero empeoré cuando salí. Consumía marihuana, heroína y toda la variedad de drogas que había. Estaba bastante mal”.

Años de rebeldía

Humphrey dice que se entregó al desenfreno toda una década más o menos. En 1976, ingresó a las fuerzas armadas en un intento por enderezar su vida. Pero no funcionó.

“Las cicatrices en mi cara lo dicen todo”, explica. “Sufrí muchos accidentes. Pero Dios me mantuvo con vida a través de todas esas experiencias. La verdad es que me siento bendecido.

“Mi pasado ha sido escabroso, por decir lo menos. La única razón por la que estoy vivo hoy es porque he pasado la mitad de mi vida en programas de rehabilitación”.

En 1982, Humphrey estuvo al borde de la muerte en dos ocasiones. Su cuerpo fue eyectado a través del parabrisas de su automóvil cuando un camión lo chocó de frente a 70 millas por hora. Y algún tiempo después casi murió desangrado cuando una persona lo golpeó en la espalda con el mango de un hacha durante una violenta pelea. Ese encuentro también lo dejó con el bazo dañado. Humphrey sobrevivió más tarde a dos sobredosis de heroína gracias a la ayuda médica.

En busca de ayuda

Al año siguiente, Humphrey ingresó a un programa de rehabilitación por primera vez en el Centro Médico para Veteranos en la ciudad de Coatesville, Pensilvania. En los siguientes siete años logró mantenerse sobrio, pero luego volvió a recaer. En los años que siguieron, pasó por varios programas de rehabilitación. Sin embargo, debido a su hábito descontrolado de beber, dos de sus relaciones matrimoniales terminaron en ruinas.

En 2003, en Fort Lauderdale, Florida, Humphrey se hallaba sentado en una banca, sin nada de dinero, y a punto de perder el cuarto en el hotel en que vivía. Y fue en ese momento que vio un letrero al otro lado de la calle que decía: “Centro de Rehabilitación del Ejército de Salvación”.

“Ni siquiera sabía lo que era eso”, recuerda.

Humphrey solicitó incorporarse al programa y fue aceptado. Se integró también al coro del ARC compuesto por cien hombres que cantaban en una pequeña capilla.

La visita del Espíritu Santo

“Al principio andaba cabizbajo. Pero, de repente, no podía contener las lágrimas”, dice. “Esa fue la primera vez que sentí la presencia del Espíritu Santo en mi vida, a través del canto”. En ese momento experimentó “algo diferente”.

Si bien Humphrey volvería a recaer en sus adicciones, vivió varios períodos más o menos largos en los que se abstuvo de consumir drogas y de beber alcohol. Durante siete años fue dueño de su propio negocio, Hickory Hill Masonry (Servicio de Albañilería de Hickory Hill), en Wilmington, Delaware. Y también estuvo empleado en varios trabajos.

“Aprendí a sobrevivir”, dice.

Humphrey incluso pasó por el programa de rehabilitación en el ARC de Wilmington, Delaware, y tuvo esperanzas con su futuro. Sin embargo, al cabo de unos años de mantenerse alejado de la iglesia y del compañerismo de otros cristianos, tuvo una nueva recaída.

Encuentra el amor

“Estuve tras el dinero unos cuantos años, pero al poco tiempo volví al alcohol y a las drogas”, relata.

En un trabajo que tuvo en Maryland, Tim cuenta que pasó de ser un buen supervisor de obras a ser “otro borracho más”. Perdió el respeto de sus compañeros de trabajo. Mientras vivía en un hotel, Tim se dio cuenta de que necesitaba ayuda.

En enero de 2015, llamó al ARC de Wilkes-Barre, Pensilvania. “Algo me sucedió”, dice. “Yo sabía que necesitaba a Dios y me pareció que la mejor manera de retomar el contacto era viniendo aquí porque así podría trabajar en mi relación con Jesús y con Dios.

“Ese fue el inicio. Este ha sido el mejor lugar al que he acudido y pienso que todo lo que viví hasta llegar aquí me ha preparado para sentir que es así”.

Una nueva vida

Humphrey afirma que lo más importante que ha hallado en Wilkes-Barre ha sido el amor incondicional.

“No me malentiendan, también lo había en los otros lugares, pero aquí fue diferente”, sostiene. “Sin duda, la mano de Dios está presente en cada uno de los participantes de este programa.

“Eso es lo que me ha probado a mí que Jesús y Dios fueron y son reales. Cuando luchaba por sobreponerme a mis problemas, lo que necesitaba era tener evidencia incontrovertible. Pienso que la bondad humana y las cosas espectaculares que la gente ha hecho por mí han sido esa evidencia incontrovertible”.

Si bien el hecho de trabajar en la capilla del ARC era una bendición, Humphrey solía regresar a su hogar por la noche completamente extenuado. Así que dejó de lado su lectura de la Biblia y sus oraciones, y además dejó de asistir a las reuniones de Alcohólicos Anónimos (AA).

Más trabajo por hacer

En enero de este año, Tim reincidió unas semanas después que lo despidieran de su trabajo. Regresó al ARC, como miembro del grupo de ajuste.

Tim Humphrey con las Mayoras Kathleen Wadman (izquierda) y Bea Connell.

Tim Humphrey con las Mayoras Kathleen Wadman (izquierda) y Bea Connell.

“Me propuse dejar de hacer las cosas que me  llevaron a la situación en que estaba”, dice. “Es un problema que se me presenta cada vez que eso me sucede.

“Eso requiere vigilancia. Reflexioné en que nunca me sentí mejor que cuando me gradué de este programa y me puse a trabajar. Pero con el paso del tiempo, me aflojé en mi proceso de rehabilitación y en mi vida de oración. Al dejar de fortalecer mi fe y de seguir creciendo, me desvié”.

Wadman comenta que muchos beneficiarios “piensan que han terminado y cumplido” una vez que se gradúan, pero no es así.

“Es ahí cuando de verdad comienza el trabajo duro”, afirma. “Creo que Tim aprendió con su recaída que no puede rehabilitarse por sus propios medios. “Aun cuando sufren una recaída, les hago saber que pueden regresar y volver a empezar. En el Ejército de Salvación, somos una organización de segundas oportunidades”.

Firme y adelante

Humphrey afirma, en la actualidad, que se siente espiritualmente fuerte, pero reconoce que le inquieta su futuro. Ahora que la capilla está construida, Humphrey está dedicado de lleno a construir su vida cristiana.

“La gente le dice: ‘Tómalo con calma’. Yo sé que mi Dios no me va a decepcionar, pero de todas maneras tengo que encargarme de ciertas dificultades que enfrento a diario para seguir avanzando”, confiesa.

Humphrey dice que ahora cuando tiene que luchar por mantenerse sobrio y por el buen camino “mi fe ya no es débil, sino muy fuerte”.

“Tengo fe en la Biblia”, alega. “Creo que es la verdad. Pienso que lo que estoy aprendiendo es verdadero. Ya no dudo de nada, lo cual es un gran comienzo”.

 Un modelo a seguir

La Mayora Bea Connell, administradora asociada del programa del ARC, indica que Humphrey ha podido influir en los hombres más jóvenes. También ha trabajado con mucha dedicación en el coro.

“Se entrega en alma y corazón a todo lo que hace”, dice. “Ha sido una verdadera inspiración, incluso para mí”.

Cantar en el coro ha sido algo decisivo para Humphrey.

“No puedo esperar la hora de cantar en la nueva capilla ya que la acústica es realmente buena”, dice. “Me uní al coro la primera semana que llegué y ha sido parte importante de mi rehabilitación. Me ha dado confianza. Ha sido una experiencia muy positiva”.

Humphrey dice que pasó la primera parte de su vida viviendo para sí mismo, por lo que hace poco decidió lo siguiente: “¿Por qué mejor no le sirvo a Dios por el resto de mi vida?” Cada vez que le es posible, Humphrey trata de “agarrar al recién llegado” y le cuenta su experiencia.

El legado

“Ayudar al recién llegado es la clave para mantenerse saludable”, afirma. “De ello proviene la verdadera felicidad. Cuando ayudo a alguien, me siento mejor. Hay varias maneras de ayudar a los demás a través del Ejército de Salvación”.

Humphrey dice que la nueva capilla que ayudó a construir auxiliará a la gente en los años venideros.

“Por la manera en que está construida, pienso que va a durar 500 años”, afirma. “Está construida como una fortaleza”.

por Robert Mitchell

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