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Una madre enfrenta su mayor prueba

Captain Iris Guevara and her daughter Keren.

Capitana Iris Guevara y su hija Keren.

Jamás me imaginé, mientras cursaba mis estudios en el Colegio de Entrenamiento para Oficiales, que quedaría embarazada a los 44 años de mi tercera hija. En la sesión de orientación para parejas casadas que se enrolaban con miras a convertirse en oficiales, recuerdo haberle dicho a mi marido: “Bueno, de eso no te preocupes. Esta parte de la orientación no nos concierne”.

De modo que cuando quedé embarazada, pensé que mi sueño de convertirme en oficiala estaba acabado. Me sentía necesitada de la guía de otra persona cada hora del día. Tuve la suerte de contar con el apoyo de mis compañeros y compañeras de sesión, mis maestros y mi esposo.

Había días en que creía que ya no iba a poder seguir adelante. Pero un día, en un momento en que necesitaba desesperadamente sólo 15 minutos de paciencia y sabiduría para concentrarme en estudiar para mis exámenes, oré a Dios pidiéndole que me concediera esos 15 minutos. Y me los concedió.

Los doctores iban a tener que intervenir quirúrgicamente en el parto. Me dijeron que el procedimiento era riesgoso tanto para el bebé como para mí, y que mientras me practicaban la cesárea yo perdería mucha sangre.

Yo le dije a Dios: “Señor, sé que si la ciencia, con todo lo que ha avanzado, no puede ayudar a mi bebé en este momento, tú sí lo puedes hacer”. Lo único que quería oír era el llanto de mí bebé al nacer. Y eso fue lo que oí.

Le puse por nombre Keren, por el de una de las hijas de Job en la Biblia. Había vivido y enfrentado varias pruebas, como las que Job debió enfrentar, para llegar a ese momento.

Sin embargo, la prueba más difícil que debía enfrentar estaba todavía por venir.

Dos meses después, mientras me encontraba sola en casa haciendo el aseo, Keren se puso a llorar. Pero al acercarme a ella, dejó de hacerlo, como si alguien le hubiese tapado la boca. Cuando la tomé en brazos, me di cuenta de que su respiración también se había cortado. Y su cuerpo se puso rígido como una tabla de madera. Le apliqué todos los métodos de reanimación y estimulación del aparato respiratorio que había aprendido en la escuela de medicina, pero nada funcionó.

Debido a las dificultades de su nacimiento, los doctores me habían advertido acerca de la posibilidad de que surgieran complicaciones. Y yo tenía los medicamentos necesarios para administrárselos en caso de una emergencia. Pero los tenía guardados bajo llave y candado y, en mi pánico, no conseguía recordar dónde había guardado la llave.

Se me pasaron mil cosas por la cabeza. ¿Cómo pude haber creído que servir a Dios como enfermera era el camino para mí?

Se me ocurrió pensar que a mis 44 años estaría cumpliendo mi sueño de enrolarme en el Colegio de Entrenamiento para Oficiales en Cuba y así convertirme en oficiala del Ejército de Salvación junto con mi esposo. Pero ahora mi sueño se estaba transformando en una horrible pesadilla.

Durante lo que me parecieron cerca de 20 minutos, la expresión de Keren se mantuvo fija.

Empecé a orar: “Por favor, Dios, ten piedad de mi hijita”, y oré hasta que pronuncié todas las oraciones. Mientras estrechaba a Keren contra mi cuerpo, y miraba su carita todavía congelada, recordé la prueba por la que Dios había hecho pasar a Abraham diciéndole que sacrificara a su hijo Isaac.

Pronuncié una última oración: “Señor, ella es un regalo que tú solo nos has dado. Sana a mi hija, por favor, hazlo. Pero si tu voluntad es llevártela, por favor llévatela ahora y alivia su sufrimiento”.

Al cabo de un minuto de haber elevado mi oración al Señor, me pareció que Keren volvía a respirar por su pequeña nariz. Y luego esperé a que su ritmo de respiración volviera a la normalidad. Y lo hizo.

Hoy, Keren sabe que Dios la sanó a sus dos meses de edad. Ella sabe que su presencia en esta tierra se debe exclusivamente a Su poder divino. Cada vez que enfrenta un problema, va donde su papá y su mamá, y nos pide que oremos por ella. Ella ha visto el poder de Dios en su vida. Es un privilegio ser mamá suya y de sus dos hermanas. Y es un privilegio para mí poder servir al Señor.

Siempre he dicho que no soy más que un peón al servicio de Dios en el tablero de ajedrez de la vida. Él es quien me controla y me mueve a hacer lo que tiene a bien para mí. Las tormentas de la vida que anticipé resultaron ser hermosos recordatorios de Su amor.

Incluso en mis peores momentos, sé que Dios tiene un plan para mí que es mucho mejor que cualquier otro en la tierra. Él me escucha, me llama y me ha probado.

Y si Dios me volviese a probar, elevo a Él mi oración para que me dé su fortaleza. Y sé que lo hará.

por la Capitana Iris Lilia Guevara

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