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Una influencia cubana en Rochester

Nicomedes y Evangelina Betancourt como oficiales de cuerpo de un orfanato del Ejército de Salvación

Digna Betancourt Swingle, directora de los servicios sociales del Cuerpo de Albany, Nueva York, del Ejército de Salvación, reflexiona sobre el legado cubano y la historia ulterior de su familia en Rochester, Nueva York. Ella cuenta cómo sus padres, Nicomedes y Evangelina Betancourt, superaron las barreras políticas y culturales para servir a las necesidades de la comunidad hispana e inaugurar la Avanzada Hispana de Rochester del Ejército de Salvación en 1965.


Mi padre nació en Banes, una municipalidad ubicada en la costa noreste de Cuba. Era el menor de los seis hijos de mi abuela Digna, por quien me dieron nombre. Ya desde su niñez, Nicomedes supo lo que era trabajar y conocer bien su comunidad y a sus habitantes. Cuando tenía 10 años, solía pasar el tiempo en la tienda de abarrotes de la localidad, que tenía el único teléfono del pueblo. Cuando este sonaba, él contestaba la llamada y luego iba corriendo a la casa de la persona a la que habían llamado para avisarle. De esa manera se ganaba sus propinas. También obtenía dinero compitiendo en juegos de béisbol y en torneos de boxeo. Sin embargo, dejó todo eso cuando entró en contacto con el Ejército de Salvación y escuchó el llamado de Dios a servir en el ministerio.

Mi madre, Evangelina Reitor, era la hija del medio de otros cinco niños huérfanos que vivían con diversos parientes. Fue criada por una tía que era espiritista y asistía a una iglesia dedicada a realizar sesiones espiritistas y a ‘hablar con los muertos’. Mamá nunca se sintió cómoda en ese lugar, pero iba sólo porque su tía la llevaba.

Durante uno de los servicios de la iglesia, mi madre estuvo presente en una sesión espiritista que se le hizo a un hombre cuyos ojos, como pudo ver ella por sí misma, “ya no eran los de un ser humano”. El hombre se volvió hacia mi madre y le susurró: “Ustedes no son de aquí. Ustedes pertenecen a Dios”. Esas palabras la asustaron tanto que dejó esa iglesia y jamás regresó.

Al igual que hizo Nicomedes en Banes, Evangelina también se integró al Ejército de Salvación en la isla, ahí se conocieron, se enamoraron y se casaron en 1953. Su primer nombramiento como oficiales consistió en administrar un orfelinato del Ejército de Salvación en Cuba. Mi madre tenía además un don especial para liderar las campañas de recaudación de fondos. Tal era su encanto que lograba que personas que administraban orfelinatos de otras iglesias, y que no contaban con mucho dinero, hicieran donaciones al Ejército de Salvación.

Por desdicha, la dedicación de mis padres a su obra como oficiales llegó a su fin cuando la crianza de sus hijos y su apoyo al orfelinato se convirtió en una carga insostenible. Fue una decisión muy difícil la que debieron tomar. Pero en esos años no contaban con la ayuda que el Ejército ahora les provee a las parejas de oficiales. No podían cuidar a sus hijos y al mismo tiempo dedicarle al orfelinato toda la atención que requería. Cuando al fin todos nos mudamos como familia a La Habana, mis padres dejaron el oficialato, pero se mantuvieron activos como soldados del Ejército de Salvación.

La convivencia con el comunismo

A fin de criarnos a mi hermano Daniel, a mi hermana Eva y a mí, mi padre trabajó de carnicero y mi madre de ama de casa. Si bien ambos seguían participando en el Ejército de Salvación, ese ministerio cambió en Cuba tras la llegada de Fidel Castro al poder. El nuevo gobierno persiguió a los cristianos y arrestaba a quienes predicaban la Palabra de Dios.

El comunismo también afectó a mi familia a nivel personal. Un tío por parte de mi madre que trabajaba de periodista fue arrestado y más tarde ejecutado por un pelotón de fusilamiento sólo porque trabajaba para el periódico que había apoyado a Fulgencio Batista, el predecesor de Castro.

Puesto que en las escuelas se adoctrinaba a los niños para que vieran a Castro como dios, recibí mi educación escolar en casa, donde me enseñaba las materias el señor González que, como yo, era cristiano. Hasta el día de hoy, él sigue siendo uno de los mejores y más exigentes maestros que he tenido. Años más tarde, me enteré de que el señor González había sido arrestado por distribuir tratados cristianos en el centro de La Habana. Siguió impulsando su ministerio en el interior de la cárcel entre los reclusos hasta que los hombres de Castro lo asesinaron.

Mi padre postuló a nuestra familia para que el gobierno nos permitiera emigrar a los Estados Unidos en los llamados “vuelos de la libertad” de la década de 1960. El gobierno de EE.UU. aprobó la salida de mi padre de la isla, pero sin el resto de nosotros. Por esa razón, papá decidió rechazar el permiso obtenido, consciente de que si se venía solo a EE.UU. era muy posible que jamás nos volviera a ver. “Dios me dio esta familia”, les dijo a las autoridades, “por lo que opto por quedarme con ellos”.

Por fortuna, un año después de que rechazara embarcarse en su vuelo hacia la libertad, se le concedió el permiso a toda nuestra familia para que viajara. Dejamos la isla de un día para otro, sin decirle “adiós” al resto de nuestros parientes ni informarles siquiera que nos íbamos. Eso fue muy doloroso para mí, pero más tarde me enteré de que teníamos tías y tíos por el lado de la familia de mi padre que estaban directamente conectados con el régimen de Castro. El miedo al “comunista de la casa de al lado” era algo muy real en Cuba. Otros miembros de la familia podrían haber delatado a esos parientes por lo que estaban haciendo por nosotros.

La llegada a los Estados Unidos

En febrero de 1962 llegamos a Rochester, Nueva York. En el aeropuerto había integrantes del Ejército de Salvación que recibían con abrigos a los viajeros que llegaban en los vuelos de la Libertad. Mis padres querían que nosotros recibiésemos una educación salvacionista. A pesar de que ninguno de nosotros sabía inglés, comenzamos a asistir a los servicios en el Cuerpo de Rochester. Los oficiales directivos estaban al tanto de que mis padres habían sido oficiales del Ejército en Cuba. Pero para ser oficiales en los Estados Unidos, tendrían que retomar su entrenamiento como cadetes. Una vez más le dieron prioridad a la familia y declinaron aprovechar la oportunidad.

El fuego que ardía en su interior por retomar el ministerio seguía vivo cuando el Capitán Ralph Leidy y su esposa Mary llegaron a Rochester. Los Leidy valoraron el amor de mi familia por el Ejército y, como mis padres, sentían un gran cariño por la comunidad hispanohablante, que había crecido mucho durante esos años.

El ministerio de la Avanzada

En 1965, con la ayuda y apoyo del Cuerpo de Rochester, mis padres, en calidad de soldados voluntarios, inauguraron la Avanzada Hispánica de Rochester, un ministerio en una tienda que daba a la calle en un vecindario hispano. Celebrábamos reuniones de santidad, estudios bíblicos, programas de arte y ofrecíamos ayuda y orientación a los nuevos inmigrantes.

Yo participaba activamente en la Avanzada. Recuerdo las celebraciones de Navidad y que nos quedábamos hasta tarde con mi madre envolviendo regalos para los niños de las familias a las que servíamos. Y recuerdo también que todo lo que aprendía en las clases de pandereta en inglés en el Cuerpo, luego se lo enseñaba a los niños menores en la Avanzada. A mis once años de edad, tenía mi propio grupo de pandereteros.

El ministerio de la Avanzada era un verdadero regalo para mis padres. Les encantaba dedicar el tiempo que tenían a servir como voluntarios; era su manera de mantener vivo el ministerio que tanto había significado para ellos en Cuba.

Cuando el Ejército decidió que un graduado reciente del Colegio de Entrenamiento para Oficiales se encargara de administrar la Avanzada, la transición resultó un poco difícil para mis padres. Al poco tiempo de eso, dejaron el Cuerpo y la Avanzada de Rochester. A pesar de ello, en sus corazones, siguieron siendo salvacionistas leales y asistieron a los Cuerpos de Ámsterdam y Schenectady hasta el final de sus vidas. El Ejército realizó los servicios fúnebres de ambos.

Un poco de tiempo para los demás

 Después de la muerte de mi madre, mi papá dedicó gran parte de su tiempo a trabajar como voluntario, no sólo en el Cuerpo, sino en cualquier iglesia que necesitara ayuda. Le encantaba llevar en carro a las personas que no tenían uno. En las palabras que expresé en su servicio fúnebre, le hice una pregunta a los presentes: “¿Cuántos de ustedes conocían a Don Nico porque alguna vez los llevó en carro al trabajo, a la iglesia o a hacer diligencias?” Todos los presentes levantaron la mano.

La lección más importante que aprendí de mis padres es que siempre se puede hacer mucho por la gente, incluso con muy poco dinero. A veces creemos que, a menos que firmemos cheques por altos montos de dinero, no podemos ayudar a las personas más necesitadas. Olvidamos el hecho de que dedicar un poco de nuestro tiempo a los demás puede ser más valioso que el dinero. Si hay alguna necesidad, busca la manera en que puedas satisfacerla y no dejes que la falta de fondos, la inexperiencia o incluso la barrera del idioma te lo impidan.

Entrevista realizada por Hugo Bravo

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