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Una caminata hacia lo alto

Desde que viví un tiempo en Puerto Rico he sentido una gran pasión por el senderismo. Y desde que desarrollé esa pasión, en todos los lugares en los que he vivido he buscado donde ir a caminar. Pero desde que vivo en el estado de Colorado, este tipo de caminata se ha convertido en un medio de adoración. Las practico para tener al final la oportunidad de sentarme y adorar a Dios por su creación. Ahora que este invierno finalmente nos ha soltado de su garra, estoy ansioso por salir al aire libre y adorar una vez más a Dios a través de la obra de sus manos. Mientras reflexiono sobre eso, se me viene a la memoria un lugar que ocupa un espacio especial en mi corazón: Treman Falls (las Cascadas de Treman) en la ciudad de Ithaca, Nueva York.

Treman Falls es un parque estatal en mi ciudad natal. A lo largo de los años lo he visitado los veranos, sobre todo para nadar. Pero esta vez decidí averiguar qué otro atractivo tenía el parque. Fue durante el verano del aniversario número cincuenta de mis padres, ocasión que celebramos reuniéndonos como familia durante unos días. Uno de esos días, mi padre nos invitó, a varios de mis familiares y a mí, a nadar a ese parque. El agua estaba demasiado fría  para mí, así que partí a hacer lo que pensaba sería una breve caminata. Treman es una quebrada que sube por la montaña a lo largo de unas dos millas. Había dos senderos: el difícil y el aún más difícil. Sin saber lo que me esperaba, tomé el sendero más difícil.

El sendero estaba bien mantenido y, en partes, pavimentado. Así que no había problema alguno en caminar por él. Bueno, salvo que en partes el sendero era muy empinado, además de muy caluroso y húmedo. El primer tramo era un muro de escaleras. Luego de dos minutos, estaba que me desplomaba de cansado. La humedad era tal que tenía la sensación de estar respirando sopa y yo todo empapado en sudor. Para animarme a continuar, me decía una y otra vez: “Sólo diez pasos más”. Media hora más tarde logré transitar la parte más ardua del ascenso.

“Sin saber lo que me esperaba, tomé el sendero más difícil.”
Como el sendero tenía mucha sombra me aproveché de ella y el camino se hizo en general más llano. Ocasionalmente, hacía un alto para tomar fotografías y, en cierto momento, me mojé bien la cara para refrescarme. Con todo, esa parte de la caminata me tomó unas dos horas. De modo que cuando llegué al primer puente del otro lado del arroyo, hice un alto para descansar. Me temblaban las piernas y la humedad era aplastante. Quería continuar, pero pensé que mi padre ya estaría ansioso, esperándome abajo, y yo estaba cansado. Así que decidí darme por vencido y regresar hasta abajo.

Mientras descansaba, una pareja bajó desde lo alto del sendero y se detuvo en el puente.  Me vieron tomar unas fotos, se acercaron y entablamos una conversación. Durante varios minutos hablamos amigablemente de todo tipo de cosas y luego les dije que tenía que regresar  al pie de la quebrada. Me informaron que la cumbre no estaba lejos y que una vez allí me podrían llevar en carro de vuelta hasta abajo. Así pues, debía decidir entre seguir el sendero hasta arriba durante unos minutos, o volver caminando hasta abajo, con las piernas cansadas, por al menos una hora. No fue una decisión difícil. Mientras subíamos hasta la cumbre, me mantuve cerca de ellos. El premio estaba a sólo unos pocos minutos.

La quebrada se elevaba tres o cuatro veces con cada recodo del sendero. Cada nueva elevación tenía  su propio tramo de escaleras por las que había que subir, pero también venían acompañadas de más y más cascadas de agua. Finalmente, en el último recodo del sendero, me encontré con una cascada de agua de cinco pisos de alto. Era hermosa y exigía un último esfuerzo para subir las escaleras hasta un puente de piedras que pasaba por encima de ella. Respiré bien hondo y oré: “Dios me ayude”, y seguí camino arriba. Cuando alcancé la cumbre, me detuve en la mitad del puente y miré a lo lejos. La vista desde ahí me hizo saltar el corazón. Hacia un lado, era la de una gran montaña cubierta de bosque que se extendía hasta lo lejos y que hacía escuchar la atronadora caída de las aguas de la cascada. Hacia el otro, la de un pequeño cañón de roca recubierta de musgo y árboles que se elevaban hacia lo alto. Al mirar ese cañón ahí abajo me hizo pensar en una opulenta catedral gótica que ascendía hacia el cielo. Pero esta era una catedral construida por las manos de Dios y en la que el lugar que yo ocupaba en el puente venía a ser el altar. Su presencia me llenó y me sentí sobrecogido por una sensación de paz con la que todo mi dolor físico y mi extenuación desaparecieron.

Desde ahí, la pareja me llevó en carro de vuelta hasta el pie de la quebrada. Mi padre estaba ahí, muy agitado, pero aliviado al verme. Me estaban esperando para regresar a casa.  Después de un rápido chapuzón en el agua fría para refrescarme, partimos. Ya de camino a casa, recordé los versículos de 2 Corintios 4:16–18: “Por tanto, no nos desanimamos. Al contrario, aunque por fuera nos vamos desgastando, por dentro nos vamos renovando día tras día. Pues los sufrimientos ligeros y efímeros que ahora padecemos producen una gloria eterna que vale muchísimo más que todo sufrimiento. Así que no nos fijamos en lo visible sino en lo invisible, ya que lo que se ve es pasajero, mientras que lo que no se ve es eterno”.

No muy lejos del final de mi caminata había querido darme por vencido, “arrojar la toalla”, como se dice. Pero cuando me disponía a dar la vuelta, Dios me recordó la meta que me había puesto y me ofreció lo que necesitaba para alcanzarla. Cuando por fin lo hice, me llenó de sus bendiciones.

Siempre habrá obstáculos que superar en nuestras vidas. Pero como dijo alguna vez el famoso evangelista George Muller: “Puedes estar seguro de que si caminas con Él, pones tu mirada en Él y esperas que Él te ayude, nunca te decepcionará”.

por Mark Payton

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