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Un Vagabundo conoce a Cristo

“Es fantástico cuando le entregas tu vida a Cristo, dejas de depender de tu propia voluntad y decides depender de la voluntad de Dios”, dice Stanley Jackson, consejero de personas adictas a las drogas y al alcohol durante los últimos 22 años en el Centro de Rehabilitación para Adultos (ARC, por sus siglas en inglés) del Ejército de Salvación en Wilkes-Barre, Pensilvania.

Drifter_smCual cantante talentoso, Jackson ha pasado muchos fines de semana —durante los últimos 19 años— cantando barítono como integrante de la última versión de The Drifters (Los Vagabundos), el famoso grupo conocido por éxitos como “Up on the Roof”, “Under the Boardwalk” y “This Magic Moment”.

“He cantado con muchos de los integrantes originales del grupo, incluyendo a Charles Thomas y Elsbeary Hobbs”, cuenta. “Lo que hacemos es continuar el legado de los Drifters”.

La oficina de Jackson está adornada con fotos de la época en que integró otro grupo llamado “The Intrigues” (Las Intrigas).

Si bien solía comenzar sus días cada mañana pensando en una vida enfocada en el crimen, la perspectiva que Jackson tiene hoy en día es completamente diferente.

“Cada día me levanto por la mañana pensando en ayudar a otra persona”, dice. “Ese es mi objetivo. Trátese de un abrazo, una conversación o una taza de café, hago algo por otra persona. Ese es mi objetivo día tras día”.

Cuando expone su dramático testimonio, Jackson tiende a soltar números: 25 rehabilitados, 15 desintoxicados y 10 años en una cárcel estatal.

“He recibido disparos y cuchillazos, y he sobrevivido a cinco sobredosis”, confiesa Jackson. “He dormido en edificios abandonados y he comido lo que había dentro de los basureros. Tanto mi madre como mi padre fueron drogadictos y alcohólicos. Recibí mi primer tratamiento de desintoxicación al nacer, pues nací adicto a la heroína”.

Esos son algunos de los números malos de Jackson. Por el lado bueno: “Llevo 24 años sobrio”, dice Jackson, que tiene ahora 63 años.

Stanley, que nació en Harlem, Nueva York, es hijo único; y abandonó la escuela mientras cursaba octavo grado.

“Mi abuela fue quien me crió, pero pasé la mitad de mi vida en las calles con los borrachos, los proxenetas, los estafadores y las prostitutas”, dice. “Asistí en mi juventud a la iglesia, pero perdí el camino a medida que me fui haciendo mayor”.

Una vida sin control

Lo que siguió fue el terrible desvarío de una vida entregada al crimen y a las drogas. Stanley dice que se inyectaba heroína en su brazo prácticamente cada día de su vida a lo largo de 25 años y que necesitaba dinero para costear su hábito.

“Me dediqué a robar automóviles y a vender droga”, recuerda Stanley. “Solía vestir la misma ropa durante cuatro o cinco meses sin lavarla ni cambiarme. Yo no tenía problemas con eso. Me sentía cómodo con el caos y el drama. No veía problemas con el hecho de seguir siendo la persona desenfrenada que era”.

Su vida de violencia lo tocó en lo personal una vez cuando participó en el asalto a mano armada a un supermercado. Su función consistía en acorralar a los clientes en una sala trasera usando una escopeta recortada calibre 12, pero se llevó una gran sorpresa.

“Sin que me diera cuenta, mi abuela era uno de los clientes que se encontraban en el supermercado y esa fue la última vez que la vi antes de que ella muriera”, relata Stanley. “Ella no murió a causa de lo que yo hice, pero en ese entonces seguía llevando esa vida descontrolada y esa fue la última imagen que ella vio de mí”.

Stanley y su pandilla se salieron con la suya ese día del robo.

Un corazón encarcelado

“Pero terminé en la cárcel —aquí—”, dice Jackson, apuntando emocionado a su corazón. “Sentía mucha culpa, vergüenza y otras sensaciones dolorosas en mi cabeza”.

Al fin, Jackson fue recluido en la cárcel estatal, donde cumplió varias condenas, cada una de tres años más o menos, antes de cumplir la última de ellas, la cual se extendió por siete años.

“Estaba acostumbrado a la prisión, de modo que ir a la cárcel y asistir al programa de rehabilitación era algo con lo que no tenía ningún problema”, reflexiona. “Yo sabía cómo actuar dentro de una institución. Pero no sabía cómo hacerlo fuera de ella”.

El sistema penal finalmente dejó en libertad a Jackson, pero no le ayudó a cambiar lo caótico de su vida.

“Retomé mi adicción a las drogas”, prosigue. “No lograba mantener relaciones estables con ninguna mujer y vivía constantemente en la calle”.

Hasta que un buen día dejé de sentirme drogado.

Jackson explica: “Compras droga y te la inyectas, pero no te sientes drogado”. “Bebes pero no te emborrachas. Ya no lograba sentirme drogado. Y pensé que algo estaba mal”.

Su “momento mágico”

Exhausto por fin de su vida en las calles y de su estilo de vida destructivo, Jackson escuchó hablar del Centro de Rehabilitación para Adultos (ARC) del Ejército de Salvación en Brooklyn, Nueva York.

“Sencillamente tomé una decisión”, recuerda Jackson. “Me sentía muy golpeado y cansado. Llegué al punto en que me sentí harto de estar cansado y enfermo. Y no sabía adónde más acudir.

“El Ejército de Salvación me aceptó como era. Recaí cinco veces más. Pero ellos nunca perdieron la fe en mí”.

Jackson pensó que para cortar por lo sano se le hacía necesario dejar Nueva York atrás y optó por trasladarse al ARC de Wilkes-Barre, Pensilvania.

“Me dije: ‘No importa lo que me digan que haga. Si me piden que quite la nieve del techo o lo que sea, no voy a ponerme difícil. Voy a hacer lo que haya que hacer, según la Palabra de Dios’.

”‘Quiero sacar a mi hija del hogar de acogida’. Quería dar un paso al frente y ser el hombre que siempre debí ser, ser el padre que mis hijos necesitaban”.

Y, luego, una noche, poco después de su llegada a Wilkes-Barre, llegó a su punto de inflexión. Mientras cumplía el turno nocturno en la recepción y se encontraba escribiéndoles una carta a sus hijos, dice que el Espíritu Santo le hizo una visita.

“Es difícil explicar lo que ocurre cuando el Espíritu se posa sobre uno. Yo sabía que algo me había sobrevenido. Y era algo bueno porque me llevó a decirme: ‘Ok. Ahora sí. Ha llegado el momento de hacer el trabajo’”.

Una nueva vida en Cristo

Jackson se graduó oficialmente del programa del ARC en Wilkes-Barre.

“No he vuelto a probar alcohol ni drogas desde entonces”, constata. “¡Mi mayor adicción ahora es el tocino y las chuletas de cerdo!”

En la actualidad, Jackson orienta a muchos de los varones que llegan al ARC y se muestra muy franco en su presentación.

“Yo comparto mi experiencia, mi fuerza y mi esperanza con ellos”, cuenta. “Los guío de la mejor manera que puedo. Les ofrezco sugerencias. Trato de mostrarles aquellas cosas que ellos no ven en sí mismos.

”No puedes ayudar a los que no quieren dejarse ayudar. Yo les digo: ‘Si estás dispuesto, te podemos ayudar. Si no lo estás, lo único que puedo hacer es plantar una semilla’. No podemos hacer esto solos. Necesitas a otras personas y necesitas a Cristo. Cada vez que he tratado de ayudarlos por mis propios medios, nunca he logrado buenos resultados. Intenté todos los métodos posibles bajo el sol y nada dio resultado hasta que puse toda mi confianza en Cristo”.

Jackson dice que los hombres a los que orienta están “golpeados, muertos y espiritualmente en bancarrota”, tal como él mismo lo estuvo. Por eso, lo que hace es mostrarles que hay “vida después de la muerte”.

“Cuando te encuentras atrapado en las garras de la adicción, puede que estés físicamente vivo, pero estás espiritual y emocionalmente muerto”, dice Jackson. “Para llegar al punto en que ya no quieres seguir sufriendo ni viviendo la vida de un nómada urbano, tienes que ser traído de vuelta a la vida y desarrollar una relación con Cristo. Él te hace saber que hay vida después de la muerte y eso es algo hermoso”.

“Yo soy un milagro”

Al hacer memoria, Jackson recuerda que solía hacer “oraciones de trinchera” a Dios para conseguir que lo sacara de su último apuro, pero “no había sinceridad alguna” en esas oraciones. Sin embargo, incluso en momentos como esos, presentía que Dios estaba cerca.

“Creo firmemente que cada vez que me caía y luchaba por recuperarme, Dios plantaba una semilla”, sostiene. “Cada vez que me caía, eso me acercaba más a Él, lo que permitía que esas semillas se desarrollaran y florecieran.

”Eso es lo que hacemos aquí en el ARC. Plantamos semillas. A veces necesitan un par de meses o hasta un par de años, pero cuando están listas para echar raíces, Dios está ahí para regarlas. Tengo la convicción de que se plantaron semillas en mi vida a lo largo de toda mi existencia y que cada una de las cosas que hice las hice por una razón”.

Stanley expresó que le da gracias a Dios todos los días por la gracia que ha recibido en su vida.

Aquí “para servir a un propósito”

“Creo que estoy aquí para servir a un propósito”, afirma. “Considerando la manera en que he vivido, a estas alturas yo debiese estar muerto. Pero creo en la gracia y en la misericordia de Dios. Soy uno de los hijos de Dios. Yo soy un milagro.

”Creo que Dios obra a través de las personas y que la razón por la que estoy vivo el día de hoy es para que Él me coloque en una posición desde la cual yo pueda llevar el ministerio de Jesucristo a otras personas”.

Jackson afirma que sigue trabajando todos los días con un patrocinador y continúa en su proceso de recuperación.

“Puesto que sé de dónde vengo, temo regresar a ese lugar de nuevo”, confiesa. “Yo sé lo que sucedería si consumo. Me transformo en una persona peligrosa. Eso me da miedo. Por eso, lo que yo quiero hacer es aferrarme a las bendiciones de Dios”.

Mientras vivía sus días más oscuros, los hijos de Jackson vivieron en un hogar de acogida, pero desde entonces él se ha reconciliado con todos ellos. “Cuando vine a Wilkes-Barre, acepté plena y completamente a Jesucristo”, recalca Jackson.

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