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Transforma la oración en acción

Antes de que Marcus Cooper asistiera a la iglesia en el Centro Kroc de Filadelfia, la única capilla a la que había ingresado era la del asiento trasero de su carro.

“Le hablé muchas veces a Dios en mi viejo carro”, dice Cooper. “Fue ahí donde leía a diario la Escritura. A veces, siendo ya de noche, oraba hasta dormirme, para luego despertar al día siguiente y terminar de decir mi oración donde la había dejado interrumpida”.

Hace tres años, Cooper estudiaba periodismo en la Universidad de Shippensburg, en Pennsylvania. En ese tiempo y después de clase, solía estar en el recinto con los amigos.

En 2013, Cooper se graduó de la universidad y regresó a su hogar en Filadelfia. Aunque el que un graduado universitario viva con su padre o su madre es algo común en la economía social de nuestros días, Cooper aprendió muy rápidamente que sus valores y su visión de las cosas chocaban frontalmente con las de su madre.

“Mi madre y yo teníamos maneras diferentes de ver la vida. Ambos tratábamos de comprobarle al otro la validez de su propio punto de vista. Cuando dos egos chocan entre sí, el resultado nunca es bueno. Un día, ella simple y llanamente me echó de casa”.

Sin trabajo y sin acceso a sus amigos en Shippensburg ni a parientes cercanos en su comunidad que estuviesen dispuestos a alojarlo, Cooper empezó poco después a dormir en el asiento trasero de su auto.

“Cada mañana, la primera pregunta que me hacía era: ¿Por qué? ¿Por qué me está pasando esto a mí? Solía razonar así: Esto es lo que les sucede a las personas cuando son mayores o cuando se cierra la compañía en la que trabajan o cuando esta cae en bancarrota, no a un graduado de poco más de 20 años de edad.

El vínculo familiar

La congoja y la autocompasión no lo llevaron muy lejos, explica Cooper. Por su propio bien y el de sus hijas, se vio forzado a confrontar su dura realidad.

Mientras asistía a la universidad, Cooper se convirtió en padre de dos hijas, Marziyah y Caseean. Cada una tenía una madre diferente. Él y Marziyah, la mayor de las dos, pasaron juntos en la calle muchas noches, pues su madre se encontraba enfrentando sus propias dificultades. De vez en cuando, Cooper se quedaba con Marziyah en los albergues familiares. Pero una vez que Marziyah empezó a quedarse con su madre, los albergues le negaron el acceso a Cooper.

Cooper empezó a pasar más y más tiempo en el Centro Comunitario Ray & Joan Kroc del Ejército de Salvación en Filadelfia. En el Centro Kroc, podía hacer ejercicio físico, ducharse y usar las computadoras para buscar trabajo. Al fin pudo traer a sus hijas a estar con él. Cooper, Marziyah y Caseean ansiaban participar en las muchas actividades que el centro les ofrecía.

“Esos programas para niños servían a un propósito mucho mayor para mi familia”, dice Cooper. “Cuando nos deslizábamos por el tobogán de agua, tomábamos clases de defensa personal o jugábamos básquetbol, Marziyah y Caseean podían dejar de ver lo difícil que era mi situación. La lucha era mía, no de ellas. En el Centro Kroc, ya no éramos una familia que vivía en un carro. Éramos una padre y sus dos hijas, fortaleciendo nuestro vínculo como familia y pasándola bien”.

Respuesta a una oración

La Capilla del Centro Kroc fue un recurso no menos valioso para él que cualquier otro de los que el Ejército ofrecía, comenta Cooper. Entraba a la capilla cuando sus puertas se abrían y se quedaba todo el tiempo que estaba permitido.

“El Señor, mi fe y mis hijas son los únicos que me quedan”, solía orar.”Por favor, haz que la vida de nosotros tres pueda mejorar”.

Las oraciones de Cooper fueron contestadas gracias a la bondad de los amigos que había conocido en el gimnasio del Centro Kroc. “Ellos sabían que a mí me encantaba hacer ejercicio y que trataba de comer sano y ayudar a los demás a enfocarse en su salud física”.

“Uno de los empleados me dijo: ‘¿Quieres encargarte de los programas de condicionamiento físico? Estás en muy buena forma para ser un indigente’”.

Aun cuando Cooper reaccionó riéndose, la oferta era en serio. Aunque se trataba sólo de un puesto voluntario, lo aceptó. Dado que el Centro Kroc proveía meriendas saludables a los programas, en forma de sándwiches y fruta, a Cooper se le permitía que se llevara una porción a casa para su familia.

Por intermediación del Centro Kroc y del Programa Ministerial Familia Bondadosa, Cooper pudo acceder a albergues que  le permitían pernoctar a él con o sin sus hijas. También se consiguió un trabajo como estibador en las dársenas de Filadelfia. Las horas eran limitadas, de modo que Cooper buscó y se consiguió un segundo trabajo como conductor de Uber. A pesar de que su propio carro no cumplía los requisitos que exigía esa compañía, Cooper no tenía deudas y su situación crediticia era buena. Vendió su carro viejo como manera de empezar a pagar uno mejor que sí cumpliese los requisitos. Y mantuvo ambos trabajos.

En el pasado, el hecho de que Cooper pasara largas horas dentro de su carro había sido para él una señal de infortunio. Ahora, era una señal de éxito que le auguraba un mejor futuro a su familia.

La cruz de Jesucristo y la nuestra

“Cuando mi familia ya no quería saber nada de mí y cuando las madres de mis hijas ya no me querían en sus vidas, todo lo que me quedaba era mi confianza en que Dios me ayudaría a sobrellevar la situación”, dice Cooper. “Él había hecho eso por su Hijo Jesucristo y haría lo mismo por cualquiera de Sus hijos”.

“Cuando estaba en lo más bajo de mi vida, pensé: ¿Es así como se sintió Jesús cuando cargó la cruz hasta el lugar donde iba a morir, abandonado por Sus amigos y Sus discípulos? Es nuestra fe lo que nos ayuda a pasar los momentos más difíciles de nuestras vidas, cuando debemos cargar nuestra propia cruz. Tanto así, que le doy gracias a Él por cada una de las cruces que he tenido que cargar en mi vida. Ellas han hecho de mí el hombre que soy en la actualidad”.

Cooper también se siente agradecido al Centro Kroc de Filadelfia por haber estado a disposición de él y de sus hijas. Cooper recomienda sus servicios a personas que se encuentran en situaciones similares a la suya. Él sabe que Dios lo ayudó desde el momento en que decidió transformar sus oraciones en acción.

En la actualidad, Cooper ha estado fortaleciendo sus relaciones familiares, trabajando con miras a comprar una casa tras dos años de empleo sostenido y no ha dejado de asistir al Centro Kroc de manera periódica.

“La fe sin el trabajo duro no es fe, sino un cliché”, recalca Cooper. “Es bueno estar enojado, sentirse destruido y hasta llorar desconsoladamente. Pero nunca te des por vencido. Haz de tu último llanto el primer paso que des para salir adelante en la vida. Dios jamás te abandonará, pero tienes que esforzarte hasta el momento en que lo escuches a Él responder tu oración”.

por Hugo Bravo

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