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¡Tome la palabra!

Es la frase que dio a luz al Ejército de Salvación. “¿Hay alguien que quiera tomar la palabra?”, dijo el líder de la reunión en la calle, a la salida de la taberna del Blind Beggar, en el extremo oriental de Londres, conocido como el East End. Ese día veraniego del año 1865, un joven y espigado Reverendo William Booth se brindó para hablar y cautivó a los presentes, el resto es historia. La invitación sigue siendo una parte muy apreciada de las reuniones del Ejército en todo el mundo: una oferta para que alguien “tome la palabra”.

Por cierto, no es otra cosa que una de las expresiones más puras del espíritu de la Reforma: la intuición, exhortación y autoridad divinas no son prerrogativa exclusivas del clero. De ninguna manera. Tanto así, que el momento que se dedica a los testimonios suele ser la parte más memorable de una reunión.

El avivamiento de Asbury College empezó como una reunión espontánea de testimonio estudiantil debido a que el orador invitado se había quedado atrapado en la nieve.

El salmista nos exhorta memorablemente, anticipando nuestras muchas reuniones de testimonio: “Que lo digan los redimidos del Señor”. Pablo insta en el mismo espíritu al tímido Timoteo: “No te avergüences de dar testimonio de nuestro Señor”.

Booth constató que los testimonios espontáneos expresados en los tonos, lenguaje y coloquialismos de la calle podían ser una poderosa herramienta de comunicación. Con su acostumbrada seriedad, el autor Samuel Logan Brengle ve en el improvisado testimonio público, que forma parte del camino hacia la santificación, uno de los pasos que sellan esa experiencia.

Incluso en la actualidad, a muchos jóvenes de 14 años,  tímidos y nerviosos, al momento de ser enrolados como soldados del Ejército de Salvación, se les pide que tomen la palabra y ofrezcan un testimonio público.

¡Vaya que sí! Así es como se forma un ejército.

¿Le gustaría “tomar la palabra”?

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