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Testimonio personal

Testimonios de Sarai Olmedo-García y Patricia Mejías

Sarai Olmedo-García

Mi nombre es Sarai Olmedo-García y este es el testimonio de cómo Jesús me salvó de una vida triste y vacía. En mi adolescencia, siempre quise agradar a mi madre con mi comportamiento y mis logros académicos. Siempre tuve éxito en la escuela y ocupé por mucho tiempo la lista de los mejores estudiantes. Eso me llenaba de orgullo y cierta altivez, pero era algo pasajero y no me sentía satisfecha en mi corazón. En apariencia todo estaba bien, pero en el fondo de mi alma me invadía la tristeza y un vacío enorme. A la edad de 16 años llegué a entender que algo hacía falta en mi vida, pero no sabía cómo podría llenar ese vacío. También tenía problemas familiares y, aunque no era la causante de ellos, me entristecían mucho. Un día, después de tantas contrariedades, mi madre decidió que debíamos ir a la iglesia para solucionar nuestros inconvenientes. Yo había sido una adolescente obediente a mi madre y no me costó ir a la iglesia; primero fui por agradarla y obedecerla a ella, pero poco tiempo después tuve una experiencia que cambió mi vida completamente.

Empecé a asistir a la iglesia del Ejército de Salvación, donde me recibieron con mucho amor. Después de un par de meses de estar asistiendo a los servicios, comprendí que el vacío que había en mi corazón solo lo podía llenar Cristo, y que no importaba lo mucho o poco que había logrado superficialmente, Él no solo podía llenar mi corazón y mi alma, sino que también quería darme la felicidad que me hacía falta.

Ahora tengo una vida muy distinta desde que acepté a Cristo como mi Salvador. Mi sonrisa proviene de lo más profundo de mi corazón. Cristo ha llenado el vacío que había en mi ser; y donde ayer había mucha tristeza, ahora puedo encontrar la felicidad y la esperanza que Dios me da cada día. El versículo con el que me he identificado desde que acepté a Cristo como mi Salvador es Salmos 30:11 (RVC), el cual dice: “Tú cambias mis lágrimas en danza; me quitas la tristeza y me rodeas de alegría”. ¡Cristo cambió mi vida por completo! Ahora vivo llena de su plenitud. Es muy fácil caer en el vacío de este mundo lleno de odio y apariencias, pero tengo muy buenas noticias, Cristo te ama y quiere que disfrutes de la llenura y el gozo que solo Él puede dar. Cuando recibimos a Cristo en nuestro corazón, Él hace un cambio extraordinario en nuestras vidas. Así como regeneró mi corazón roto, puede restaurar el tuyo y cambiar tu tristeza en alegría.

—Sarai Olmedo-García

Patricia Mejías

Nací con una parálisis facial, por lo que parte de mi cara permanece adormecida. Cuando mi madre estaba de parto sufrió algunas complicaciones al darme a luz. Los médicos, para salvarnos a las dos, tuvieron que sacarme con “fórceps”, instrumento con el que agarran la cabeza del niño para extraerlo con rapidez. En mi caso, eso fue lo que causó mi parálisis facial. A causa de ello estoy así hasta hoy.

Las personas con esta condición casi siempre sufren de otros problemas. Pueden padecer hasta de parálisis en la mitad de su cuerpo. Sin embargo, a mí solo me afectó el rostro, por lo que tengo problemas para pronunciar algunas palabras.

Cuando era niña y comencé a asistir a la escuela, los niños se burlaban mucho de mí. Me decían cosas muy crueles e hirientes. Pasé gran parte de mi infancia llorando. Por eso no me gustaba ir a la escuela. Fueron tiempos muy difíciles para mí. Sin embargo, gracias a Dios recibí la ayuda de mis padres y mis hermanos con mucho amor y esfuerzo.

Al descubrir que me veía distinta, desarrollé muchos complejos desde pequeña. Fue una ardua batalla para mí, me sentía fea. Me cuestionaba por qué era diferente. Nunca llegué a culpar a Dios, pero le preguntaba por qué me había pasado eso a mí. Aunque me sentía atraída por el sexo opuesto, vivía apartada, en mi propio mundo. Pensaba que nadie me iba a mirar ni a prestarme atención. Yo era como un patito feo. Llegué a desear la muerte. Entonces conocí al Señor y todo comenzó a cambiar. Pasé mucho tiempo confundida sin entender las cosas, frustrada, sola, triste. Pero el Señor siempre actúa en el tiempo adecuado y pude comprender que Él me amaba, que yo era su hija y que estaba en este mundo con un propósito. Luego me encontré con una persona que me dijo con mucha insistencia: “Patricia, tienes que aprender a aceptarte y a amarte como Dios nos ama. Él nos hizo para su gloria. Cuando entiendas eso, todo cambiará en tu vida”. Y así fue, al fin lo comprendí.

En la sociedad en que vivimos, tener un rostro lindo y ser delgada es muy importante; por eso, comenzamos a pensar que nadie nos va a aceptar tal como somos. Pero la belleza física, un día, ha de terminar. Por tanto, es importante que aprendamos a aceptar y amar a las personas que Dios hizo y como las hizo. Al fin y al cabo, Dios nos hizo para su gloria.

—Patricia Mejías

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