SAconnects en Español

Testimonio Personal

Mi nombre es Olga Lucía, nací en Cali, Colombia, el 19 de julio. Tengo 3 hermanos y crecí en un hogar católico con mis padres; crecí amando a Dios y asistía todos los domingos a la iglesia, de acuerdo a las costumbres católicas. Estudié primaria y parte de mi secundaria en Colombia. Mi padre, que ya había emigrado a los Estados Unidos, decidió relocalizarnos con el propósito de darnos una mejor oportunidad. Llegamos a la ciudad de Nueva York, donde pude continuar con mis estudios de secundaria hasta graduarme.

A la edad de 20 años tomé la decisión de casarme como lo indica la religión católica. En el transcurso del matrimonio concebimos dos hijas: Vanessa y Yessenia. Por desdicha, mi matrimonio se disolvió llevándonos al divorcio. Como consecuencia me alejé más de Dios. En esa etapa de mi vida me dejé llevar por la angustia, la desesperación y la ansiedad; me sentía perdida. Sin embargo, lo que no entendía era cómo el inmenso e incondicional amor de Dios me cubría. Sentía la necesidad de acercarme a Él, pero no hallaba la forma correcta de hacerlo. Fue mi madre la que me ayudó a encontrar refugio y comunicación con Dios por medio de la oración. En ese tiempo sabía quién era Dios, pero nunca me preocupé por tener una relación directa con Él. Durante este tiempo de indecisiones, tuve la fortuna de conocer a Alex, que ahora es mi esposo y quien me brindó estabilidad emocional. Así que comencé a ver la vida desde otra perspectiva. Pasado un tiempo, decidimos mudarnos a Florida donde empezamos a establecer una nueva vida. Dios nos dio la bendición de tener un hijo: Kevin. Continuamos educando a nuestros hijos de acuerdo a nuestras convicciones; pero aún estábamos alejados de Dios.

Al cabo del tiempo me reencontré con mi mejor amigo de la secundaria. Él me comentó que su vida había cambiado desde que había aceptado a Jesús.

Su nuevo testimonio era tan fuerte y arraigado a la Palabra de Dios que quería que nosotros también conociéramos a Jesús.

Un día, fue a nuestra casa y hablamos de su vida y su relación con Dios, entonces me presentó a Jesús por medio de su testimonio y su transformación. Yo me negaba a creer, ya que debido a mis creencias asumía que nadie podría tener una relación tan cercana con Dios.

Un tiempo después, sentí la necesidad de experimentar esa relación directa con Dios; fue cuando a mi madre le diagnosticaron una enfermedad grave. Allí comencé a meditar en lo que mi amigo me había dicho y cómo la gracia de Dios estaba a nuestro alcance. Dios comenzó a mostrarme su revelación poderosa por medio de sus obras milagrosas con mi familia. Fue entonces cuando mi necesidad de acercarme a Él aumentó. Decidí visitar la iglesia de mi amigo y, desde que entré a ese lugar, el Señor empezó a hablar a mi vida por medio del predicador. Este disertaba sobre Romanos 10:9-10, que dice “que si confesares con tu boca que Jesús es el Señor y creyeres en tu corazón que Dios le levantó de los muertos serás salvo”. Nunca había entendido de esa forma tan clara lo que Dios me decía puesto que no había confesado a Cristo como mi Salvador. Entonces lo confesé. Decidí aceptarle y entregarle mi vida, como dice en el pasaje de Juan 1:12: “Mas a todos los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio potestad de ser hechos hijos de Dios”. Ahí me di cuenta de que el Señor me ha bendecido grandemente y ahora, en Cristo, soy una nueva criatura y testifico a gran voz lo que Él hizo por mí. Dejé de vivir con ansiedad, miedo, angustia y soledad; y en estos momentos puedo decir que vivo con gozo, alegría y con confianza, ya que puedo confiar en el Señor. Por eso decidí dedicarme totalmente a Él, a llevar su palabra de consuelo a la gente y, lo más importante, a contestar su llamado al servicio y la salvación.

—Tenienta Olga Lucía Vargas

Mi nombre es Alexander Vargas, nací en Bogotá, Colombia, el 12 de febrero de 1973, actualmente tengo 46 años de edad. Mi niñez la compartí con mis padres, mi educación religiosa fue basada en el catolicismo, tengo dos hermanas: una mayor que yo y una menor. Mis padres se separaron cuando yo estaba en mi adolescencia. A la edad de 17 años tuve la fortuna de llegar a los Estados Unidos. Al llegar a Nueva York, pude conservar y practicar mis tradiciones católicas ya que mi esposa también provenía de un hogar basado en la religión católica. Durante esa etapa asistíamos en familia a la misa cada domingo, pero en realidad no teníamos una relación con Dios. Después mi esposa y yo tomamos la decisión de mudarnos para el estado de Florida, buscando un cambio de vida. Tuve la oportunidad de comenzar una nueva carrera y mi vida cambió, estaba llena de responsabilidades, por lo que mi dedicación era exclusivamente al trabajo. Puse mi trabajo por encima de cualquier evento o situación personal.

Para mi concepto, yo estaba desempeñando un buen papel como padre, esposo y amigo. En esa etapa fue cuando un amigo de mi esposa se acercó a mí y me hizo la siguiente pregunta: “Alex, ¿eres feliz?” Le respondí con arrogancia: “Mira a tu alrededor, tengo todo lo que necesito”. Entonces me dijo: “Yo creo que estás olvidándote de algo muy importante en tu vida”. Eso, a mi modo de ver, era solamente un acto de envidia por parte de él, pero ese amigo lo que hizo fue invitarme a una reunión cristiana en la iglesia a la que asistía. Una vez más le dije que no tenía el tiempo y que, en realidad, no me interesaba ir. Él siguió insistiéndome hasta que un día se me agotaron las excusas y asistí. Al llegar allí me sentí fuera de lugar, sin embargo, tuve una experiencia única en la que me sentía más cerca de Dios al ver a tanta gente que estaba feliz de estar allí. En el transcurso de la reunión comencé a sentirme aceptado por lo que en realidad yo era, y no por lo que poseía. Al salir de aquella reunión mi perspectiva comenzó a cambiar, y le pedí a mi amigo que me hablara más de Jesús. Después de habernos reunido algunas veces más, tanto en privado como después de las reuniones dominicales, decidí abrir la Biblia y me encontré con el siguiente pasaje en 1 Samuel 17:45: “Entonces dijo David al filisteo: Tú vienes a mí con espada y lanza y jabalina; mas yo vengo a ti en el nombre de Jehová de los ejércitos, el Dios de los escuadrones de Israel, a quien tú has provocado”. Me identifiqué mucho con el relato porque yo había creado un gigante en mi vida y solo rindiéndome al Señor podría vencerlo. Allí decidí entregarle mi vida a Jesús y dejar que solo Él me mostrara cuál sería el camino a seguir, según su divino plan. Al aceptar a Cristo como mi único Salvador, comencé a experimentar un cambio absoluto. Empecé a valorar más a la gente que me rodeaba y mis preocupaciones por el trabajo desaparecieron. Mientras que, por otro lado, pensaba que no tenía lo suficiente para poder ayudar, Dios comenzó a trabajar en mí. Así que empecé a leer más la Palabra de Dios para poder establecer esa relación que anteriormente me negaba a tener. Además, la presencia del Señor comenzó a ser más fuerte en mi vida y pude dejar mi trabajo sin ningún problema, con el fin de seguir con su plan. Hubo días en los que me enclaustraba en un ambiente de frustración y tristeza, lo expresaba en mi ser y en mi forma de actuar, pero el poder de Dios es tan fuerte e incondicional que me ayudó mucho. Entonces me refugié en la oración con el Señor y mi relación comenzó a fortalecerse. Aunque en mi mente seguían algunas de mis preocupaciones, el Señor me señalaba caminos más claros, más sólidos y llenos de felicidad. Hoy en día puedo decir que tengo una gran relación con el Señor y que solo Él me ha enseñado a ser realmente feliz. Hoy quiero compartir al Señor con los que me rodean y expresarles la felicidad que se adquiere cuando simplemente abres tu corazón y le entregas tu vida a Él.

—Teniente Alex Vargas

Previous post

La crisis de los refugiados

Next post

Viaje Misionero a Honduras