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“Tenemos mucho que enseñarles”

Timothy Simmons recuerda la primera vez que cometió una falta en básquetbol por maldecir en un partido.

“Estaba jugando en un torneo organizado por un pastor que no toleraba ese tipo de lenguaje”, cuenta Simmons.

En la actualidad, en su calidad de entrenador del equipo de básquetbol los Santos de Schenectady del Ejército de Salvación, Simmons lleva consigo la lección que aprendió tras cometer esa falta. Por eso alienta a sus jugadores a llenar sus mentes y sus labios con palabras decentes y positivas.

“Cuando les muestras el aspecto ético a los jugadores en un partido, ellos respetan el juego, respetan a sus oponentes y la actividad se transforma en un ministerio. Esos jugadores han sido llamados a servir a los propósitos de Él”, explica Simmons.

Su niñez en Harlem

Años antes de que Simmons realizara su primera práctica de básquetbol en el Cuerpo Schenectady de Nueva York, era un muchacho criado en East Harlem, que iba a los espectáculos musicales de fin de semana en el Teatro Apollo y que era fanático de los clubes deportivos de Nueva York.

“Toda esa época en la que crecí fue maravillosa. Había una muy buena interacción comunitaria en la ciudad que no se veía en muchos otros lugares”, dice Simmons. Su rostro se ilumina al hablar de los encuentros que tuvo como niño con todo tipo de celebridades. Por ejemplo, el gran Earl “The Pearl” Monroe, de los Knicks de Nueva York, visitó su escuela y les dirigió unas palabras. El actor Tony Randall, antes de encarnar al personaje de Félix Unger en el programa televisivo “La pareja dispareja” (en inglés, “The Odd Couple”) fue maestro sustituto de Simmons en su clase de segundo grado de primaria.

“Me sentí muy triste cuando dejó de ser nuestro maestro. Más tarde nos enteramos de que el señor Randall se había ido a Hollywood”.

Cuando a Simmons, que en su niñez había sido un talentoso cellista, se le asignó la tarea de componer una pieza musical sobre su equipo favorito, escogió a los Mets de Nueva York.

“La primera vez que interpreté esa pieza musical, Tom Seaver, Cleon Jones y Tommie Agee [jugadores de los Mets] estaban sentados en la audiencia”, cuenta Simmons con deleite.

Harlem también tenía sus peligros. Las personas que padecían de adicciones a las drogas o a los juegos de azar, o que se beneficiaban de esas prácticas ilícitas, a menudo eran detenidas y enviadas a la cárcel o aun peor. “Cada vez que llegaba a casa y veía bloqueada la cuadra completa de mi barrio, sabía que algo malo había ocurrido”, dice Simmons. Por suerte, cuenta, tenía padres muy cariñosos que lo instaban a mantenerse alejado de ese tipo de vida. Benjamin Simmons inculcó en sus seis hijos un profundo respeto por los demás.

Red ministerial

“Yo era el niño al que siempre descartaban en los equipos a los que trataba de incorporarme”, recuerda Simmons. “Pero así y todo me encantaba el básquetbol. El haber jugado en partidos a nivel local y en los torneos organizados por las iglesias fue lo que me llevó a Cristo”.

Cuando George Stevens, su pastor y entrenador, le sugirió la posibilidad de convertirse en entrenador, Simmons empezó a asistir a los partidos en el Madison Square Garden para estudiar de cerca la metodología de los entrenadores. Les prestaba más atención a ellos que a los jugadores.

En 1984, Simmons viajó junto con Stevens a Flint, Michigan, para organizar varios torneos comunitarios de básquetbol. Los líderes de esos torneos solían enfocar cada uno de los partidos que se jugaban en esas competiciones a los fines del ministerio. Esa experiencia le hizo recordar a Simmons los torneos en que había participado en su juventud.

“Nos aseguramos de que cada jugador escuchara la Palabra de Dios antes de entrar a la cancha”, explica Simmons. “Los niños que aman el ministerio deportivo se convierten en adultos que aman el ministerio deportivo”.

De esa manera se creó una red de entrenadores de básquetbol y de jugadores de diversas iglesias, escuelas secundarias y hasta de universidades. Varios chicos de esos ministerios deportivos en los programas de básquetbol que Simmons y sus colegas dirigían, y a los que les impartían su mentoría, llegaron más tarde a jugar para instituciones de educación superior como la Universidad de Syracuse, la Universidad de Duke y la Universidad de Maryland. Algunos estudiantes como Draymond Green, de Michigan, que habían participado en los torneos en la ciudad de Flint, llegaron unos años después a jugar en la Asociación Nacional de Baloncesto.

“Cuando a uno de nosotros se le presentaba la oportunidad de ser entrenador en la Academia Cristiana de Manhattan, pensábamos: ‘¡Lo mejor que nos podía ocurrir!’’ Pero nos asegurábamos de seguir participando en los programas sabatinos con los niños”, explica Simmons.

Los Santos de Schenectady

Por desdicha, a pesar de que la red de entrenadores se formó con gran éxito, Simmons se vio enfrentado a todo tipo de desafíos en su vida privada. Tras su segundo divorcio, se encontró residiendo en misiones de rescate en el norte del Estado de Nueva York. Fue allí donde comenzó a asistir al Ejército de Salvación. Desde su niñez atesoraba muy buenos recuerdos del Ejército. “El pastor de mi iglesia solía llevarnos a otras congregaciones a escuchar los sermones en diversas sesiones de compañerismo cristiano. Esa fue la primera vez que visité un Cuerpo en el centro de Manhattan”, recuerda Simmons.

En una actividad de compañerismo masculino en White Plains, Simmons se halló junto a Clarence Gaines, hijo del entrenador de básquetbol universitario Clarence Gaines y a jugadores de los Giants de Nueva York. Uno de los jugadores predicó un sermón sobre el hacha perdida según se relata en 2 Reyes 6:1-7. En ese relato bíblico, a uno de los miembros de la comunidad, que estaban construyendo un albergue en el que iban a vivir, se le zafó de las manos un hacha, que cayó y se hundió en el río. Un milagro hizo salir el hacha a flote y les permitió recuperarla.

Cuando Simmons regresó a Schenectady, se sentó a conversar con el Mayor Mike Himes. Fue la primera vez que tuvieron una conversación de verdad. Himes mencionó un grupo de niños del Ejército que deseaban aprender a jugar básquetbol.

A la semana siguiente, el entrenador Simmons realizó su primera práctica de básquetbol en el Ejército de Salvación con sus “cinco jugadores originales”: Anton, Kenny, Peter, Matt y Alexis. “Cada miércoles, dedicábamos 45 minutos a practicar técnica y ejercicios básicos”, cuenta Simmons.

Conforme fue aumentado el número de chicos que querían aprender a jugar y según aumentaban los días y las horas en que se realizaban las prácticas, aumentó también la necesidad de contar con más entrenadores experimentados. Simmons se comunicó con su red de entrenadores. “Vengan a nuestra iglesia”, les dijo. “Estamos haciendo cosas grandes con estos muchachos talentosos”.

Una de las cosas que hacían era promover a los Santos de Schenectady del Ejército de Salvación a través de Facebook. Paula Alexander, la novia de Simmons, transmitía los partidos en vivo, y organizaba torneos con grupos cristianos locales a través de los medios sociales.

“Desarrollamos un sistema de jugadores y entrenadores que estaban tan interesados en conformar un ministerio como en potenciar el talento deportivo de los jugadores”, explica Simmons.

Hace poco, los Santos recibieron una invitación para jugar en el famoso Parque Rucker de Harlem, donde leyendas del básquetbol como Wilt Chamberlain y Kareem Abdul-Jabbar participaban en su niñez en diversos torneos. “Es Dios que me ha hecho volver a mis raíces”, afirma Simmons lleno de orgullo. “Voy a llevar a mi equipo a jugar al lugar donde yo me crié”.

Abrimos puertas

Simmons cree que el tiempo que pasa compartiendo con los demás es bueno para el alma, pero los efectos que eso tiene en las otras personas es aun más poderoso.

“Podemos orar por cada uno de estos chicos, pero ¿quién los va a guiar por el camino que los lleve al éxito si nadie dedica un poco de su tiempo para compartir con ellos? Muchos de ellos provienen de hogares monoparentales. No tienen la bendición que yo tuve. Pero lo que sí tenemos son buenas personas que se sienten felices de dar de su tiempo para asesorarlos y abrirles las puertas”.

“Este es un deporte en el que todos pueden crecer”, reflexiona Simmons. “Y cuando lo combinamos con el ministerio, los jugadores aprender el verdadero significado del versículo de  Filipenses 4:13, que dice: Todo lo puedo en Cristo que me fortalece”.

El entrenador Simmons reconoce que algunos jugadores pueden perder interés en el básquetbol a medida que se van haciendo mayores o, como en su caso, no logran integrarse al equipo de su escuela secundaria o de la universidad a la que asisten.

“Pero eso está bien”, dice. “¡Tenemos mucho que enseñarles además de básquetbol!”

Por Hugo Bravo

 

Junto con todos aquellos mencionados en el artículo, el entrenador Timothy Simmons desea agradecer a las siguientes personas y equipos de básquetbol:

Al entrenador John Staley, hijo.
Al Mayor Mike y Cathy Himes (Oficiales Directivos, Ejército de Salvación de Schenectady, Nueva York)
Al Capitán y jugador Troy Dickerson (#11) de los Santos del Ejército de Salvación de Schenectady
Al Tte. Michael Harrington (Ejército de Salvación de Utica, Nueva York)
Al pastor Kenneth R. Bell

Al personal de básquetbol juvenil anterior y al actual:

Al entrenador Dustin Fitch
A los entrenadores Vincent Jones y familia
Al entrenador Jemel Lucas
A la entrenadora Nicole Martin
A la entrenadora Bri
Al señor Paul

 A los entrenadores empresariales:

Pierre Choute
Marc Stay
Mike y Cheryl Smithson

 A Tasha Harris (del equipo de básquetbol femenino de la Universidad de Syracuse)
A Deborah “DO” Stevens (del equipo de básquetbol femenino de la Universidad de Cornell)

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