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Suicidio asistido

La medicina moderna ha logrado prolongar la vida de manera notable. Sin embargo, esto puede significar a veces prolongar el sufrimiento de las personas. En la actualidad, un adulto mentalmente competente, al que se le ha diagnosticado una enfermedad terminal y una expectativa de vida de menos de seis meses, puede pedirle a un médico que le recete el suicidio asistido en varios estados de la Unión Americana.

Los defensores del suicidio asistido ven el asunto en términos de autonomía y de muerte con dignidad.

Los críticos que se oponen a esta idea invocan una violación fundamental del Juramento Hipocrático y notan que los países donde ya se ha legislado a favor de este procedimiento han experimentado un alza constante en la frecuencia de esta práctica. La mera disponibilidad del suicidio asistido por indicación de un médico puede implicar que tanto el paciente como la familia se sientan presionados a elegir esta opción.

Por contraste, el Ejército de Salvación ha estado históricamente a la vanguardia de la orientación espiritual encaminada a la prevención del suicidio. La Escritura establece que la vida humana es sagrada. Esto significa que:

  • No debemos violentar la vida humana, incluida la nuestra.
  • Es Dios quien da la vida y Dios quien decide cuándo termina.
  • Siempre debemos cuidar y, si es posible, curar a las personas; nunca dañarlas ni inducirlas a morir.

En Cristo, la promesa de la vida eterna permite que las personas superen las pruebas y las tribulaciones. Esta “animada confianza” nos empodera al mismo tiempo para luchar contra la muerte y para hacer las paces con nuestra fragilidad humana cuando nuestra hora de pasar a la vida en el cielo sea inminente.

Las opciones expresadas por Moisés pueden ser nuestras: “Te he dado a elegir entre la vida y la muerte… Elige, pues, la vida, para que vivan tú y tus descendientes” (Deuteronomio 30:19).

por Coronel Richard Munn

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