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Sufrimiento, un milagro y una nueva misión

Lo primero que Beverly L. Franklin dice de su hijo Michael es que conocía muy bien la diferencia entre el bien y el mal. Ella recuerda que él creció y se convirtió en sargento de las fuerzas armadas de E.E.U.U. (US Army) y veterano de la guerra de Irak dos veces, como una persona de gran moral. “Cuando niño, si Michael hacía algo malo me entregaba sus juguetes, sin yo pedírselos. ¿Cómo penalizar a un niño que primero se castigaba a sí mismo?


Beverly, que asiste al Cuerpo del Ejército de Salvación en Newport, Rhode Island, ha sido salvacionista desde que tenía12 años. Ella dice que su fe en Dios la ayudó a lidiar con la tragedia del 26 de septiembre de 2010. Ese fue el día que el sargento Michael Timothy Franklin disparó y mató a su esposa, Jessie Ann, y luego se suicidó tras sufrir un episodio de trastorno de estrés postraumático (TEPT). En el segundo piso de la casa de la pareja, situada en la base militar de Fort Hood, en Texas, dormían sus dos hijos.

Las muertes de Michael y Jessie Ann fueron reportadas en las noticias nacionales. Franklin, fue la vigésima víctima de suicidio de Fort Hood ese año y la sexta en apenas tres días. Todas las víctimas eran veteranos desplegados en Afganistán e Irak múltiples veces. Fue hasta después de la muerte de Michael que la base militar hizo un mayor esfuerzo para examinar a cada soldado debido a síntomas de TEPT.

“Después de la muerte de Michael tuve que aferrarme a Dios, y lo hice con tal intensidad que le dejé marcas”, explica Beverly. “Sabía que sin Él no sobreviviría”.

Los ojos del sufrimiento

Michael se graduó de Salve Regina University aspirando convertirse en maestro. Sin embargo, como no pudo encontrar un puesto docente a tiempo completo se enroló en el ejército de Estados Unidos en 2005. Tenía la opción de asimilarse como oficial puesto que era graduado universitario, pero decidió no hacerlo. “Explicó que quería ganarse ese honor, no que se lo entregaran por lo que había hecho en el pasado”, afirmó Beverly. “Cuando Michael se unió a la infantería, sabía que cualquiera que se enrolara en ese momento correría peligro. Sabía que el país estaba en guerra”.

En 2008, en Irak, Michael sobrevivió a un ataque con un dispositivo explosivo improvisado (IED). En los tres meses posteriores al ataque, murieron quince soldados en batalla. En los otros cuatro meses, trece más fallecieron. Michael regresó a casa en Rhode Island con 28 tropas menos que cuando comenzó. Beverly notó el cambio en su hijo enseguida.

“Sus ojos expresaban un dolor que me detuvo y me hizo pensar. Una madre siempre conoce lo que ocurre”, recuerda Beverly. “Pude observar que algo lo había marcado; cuando le pregunté, entre lágrimas, dijo que había visto y hecho cosas de las cuales no podía hablar”.

Beverly también notó que la personalidad de Michael cambió. La familia solía visitar las playas de Rhode Island. “Pero ahora dice que no quiere que sus pies toquen arena nunca más”, recuerda Beverly. Dondequiera que iba, se sentaba cerca de la salida. Quería irse de cualquier evento que tuviera fuegos artificiales. Incluso el sonido de una silla arañando el piso lo irritaba.

“Cuando una puerta se cerraba de un porrazo, Michael inmediatamente golpeaba el suelo”, dijo Beverly. “Jessie tenía que calmarlo y recordarle dónde estaba. Con el pasar del tiempo pudimos notar que volvió a la normalidad. Pero en esos minutos, en su mente, estaba en el extranjero en medio de la guerra”.

Señales de advertencias

En abril de 2010, después de su segundo periodo de servicio en Irak, Michael llamó a su madre desde Fort Hood, donde vivía con Jessie y sus dos hijos, Mikayla y Byron. Michael le dijo que la amaba y que siempre la recordaba. “Esa llamada me dio escalofrío”, dijo Beverly. “Llamé a cuanto oficial pude hasta que localicé al capellán de Fort Hood, que luego llamó a las autoridades”.

Encontraron a Michael en el baño con una pistola apuntando a su cabeza. La policía militar le quitó el arma y le ordenó visitar a los consejeros y a los médicos del ejército. Cuando le preguntaron si pensaba que ese era un episodio de TEPT, dijo que no, contó Beverly.

“Después de un corto tiempo”, dijo  Beverly, “le entregaron de nuevo su pistola. Nadie consideró que el incidente era una advertencia de que quizás ya no debía portarla. Cuando volvió a casa, en agosto, me dijo que iba a regresar a Irak. Habían pasado cinco meses desde aquel terrible episodio. Cuando lo supe, comencé a llorar”.

Tres semanas después, el 26 de septiembre, poco antes de medianoche, Michael sufrió su último episodio crítico.

“Después llamó a alguien de confianza y le dijo, gritando, que Jessie estaba muerta y que seguramente había sido él porque tenía la pistola en la mano, pero no podía recordar nada. No pudo soportar lo que había hecho. No pudo enfrentar la vida”, contó Beverly, que había leído la transcripción de la llamada telefónica.

Los vecinos escucharon los disparos y llamaron a la policía. Encontraron a Michael y a Jessie Ann muertos en su casa de Fort Hood.

Preguntas sin respuestas

Beverly no recuerda cómo pudo abordar el avión a Texas con el oficial encargado de las bajas, del ejército estadounidense, para llevar el cuerpo de su hijo a casa. Pero sí recuerda lo que ocurrió cuando llegó a Texas.

“Había pedido comunicarme con el Cuerpo del Ejército de Salvación más cercano a Fort Hood. Cuando aterricé, un Oficial Directivo me estaba esperando”, dijo Beverly. “También recuerdo que leí un periódico que decía que Michael era el sexto soldado en suicidarse en tres días”.

“Tenía muchas preguntas y nada tenía lógica. ¿Por qué tuvo que morir mi hijo para que Fort Hood cerrara y comenzara a investigar a todo el mundo? ¿Por qué no hicieron nada después que murió la primera persona? ¿Por qué tenían que experimentar eso? Si le pasó a un hombre como el Sargento Franklin ¿le podría pasar a cualquiera?”

Conocieron a la original

El oficial encargado de las bajas le dijo que los soldados de Michael en la base querían expresarles sus condolencias. Cuando Beverly entró al salón, se quedaron sin aliento.

“Dios mío, es el sargento. Es igualita al sargento”, dijo un soldado con lágrimas en los ojos. Los otros estuvieron de acuerdo.

“No, el sargento se parece a mí, yo soy la original”. Beverly cambió la atmósfera y les ofreció a los soldados un momento muy necesario de cordialidad. Luego uno de ellos preguntó con tristeza: “¿Qué vamos a hacer sin el sargento?” Beverly respondió: “Haciendo lo mismo que él les enseñó a ustedes”.

Beverly contó que recibió mucho apoyo de los soldados. Le contaron historias del liderazgo de Michael y las muchas veces que les había salvado la vida en combate. Todos concordaron que conocerla era como tener al Sargento Franklin de vuelta, aunque fuera por solo unos minutos.

Después que Beverly salió del salón, un soldado se le acercó. “No estaría aquí a no ser por el sargento”, dijo llorando. “Nunca lo olvidaré”. Beverly lo abrazó y le dio las gracias por sus amables palabras.

Más que cenizas

El día después que llegaron los restos de Michael a casa, Beverly tuvo que identificarlo oficialmente. “Casi me caigo cuando vi su cuerpo, pero me repetía a mí misma: Soy fuerte, porque soy una madre del ejército”, contó.

En el velorio, acompañada de los Oficiales del Ejército de Salvación de Filadelfia, Connecticut y Rhode Island, Beverly luchó por mantener la compostura. Cuatro días después del funeral, el oficial encargado de las bajas le entregó su “shadowbox” (que es una caja especial con sus pertenencias). Incluía sus medallas y la bandera que pusieron encima de su ataúd. También recibió un recordatorio estilo militar grabado y personalizado que incluía sus cenizas, igual que una urna. Al recibirla se desplomó llorando y abrazó el cajón con ternura.

“Yo les di a mi hijo grande y fuerte, y ellos me entregaron una caja con cenizas”, recuerda Beverly.

Un mes después, cuando el oficial la visitó otra vez para darle seguimiento, Beverly le pidió que abriera la caja de Michael porque quería sacar las cenizas para compartirlas con alguien importante en la vida de Michael. Mientras retiraba las cenizas con cuidado sintió algo sólido.

Eran unas chapas. El oficial quedó estupefacto, dijo que era imposible; el calor debía haberlas derretido o el molino desintegrado.

Sin embargo, las chapas habían sobrevivido la cremación. El nombre y el rango de Michael aún se podían distinguir en el metal. Después de limpiarlas cuidadosamente, Beverly las sostuvo y lloró.

“Al día siguiente, volví a buscar las cenizas y agarré su segunda chapa”, recuerda Beverly. “Dios las sostuvo en su mano diciendo ‘no más’ al fuego. Él permitió que el molino las rozara por la orilla, pero también dijo, ‘no más’”.

“Fue un milagro. Dios sabía el dolor y el sufrimiento en que me encontraba y permitió que recibiera un último regalo de mi hijo”, dijo Beverly. “Podía escuchar la voz de Michael decirme: ‘Estoy bien mamá. Soy de apellido Franklin; esto es para ti’”.

“Cuando yo muera una de las chapas será entregada a su hija y la otra a su hijo.* Estas chapas son un milagro de Dios y nunca debemos enterrar los milagros de Dios”.

Cuando Michael era niño siempre estaba afuera subiéndose en los árboles y los postes. Para encontrarlo Beverly solo tenía que mirar hacia arriba.

“Hoy día, hay una voz que me dice: Mamá, mira hacia abajo”, afirma Beverly. Cuando lo hace ve las chapas colgadas de su cuello. Cuando mira más abajo, hacia el piso, también lo recuerda.

“Encuentro tréboles de cuatro hojas dondequiera que voy, es una señal de que aún está conmigo”, dice Beverly, que ha encontrado tréboles de cinco y hasta siete hojas. Michael era en parte irlandés y muy orgulloso de sus raíces. “Los guardo y le entrego estos ‘tréboles celestiales’ a los soldados y a las familias militares que veo que sufren como yo, para recordarles que Dios está con ellos”.

Los detalles invisibles de la guerra

Beverly recibió entrenamiento para la prevención del suicidio y está legalmente autorizada para hablar a personas que contemplen quitarse la vida. Viaja por el país para reunirse con los veteranos y las familias militares. Siempre lleva consigo las chapas de Michael.

Beverly también lleva siempre una mochila decorada con imágenes de tréboles de cuatro hojas, símbolos militares, y los nombres y fotos de veteranos jóvenes que perdieron sus vidas. A través de su trabajo, el legado de Michael Franklin continúa ayudando a salvar vidas.

“El sistema militar enseña a los chicos a ser soldados, pero no les enseña a dejar eso atrás una vez regresan”, dice la madre con la estrella dorada.** Eso es lo invisible de la guerra, que más personas mueren después de regresar que mientras están en ella. Es la razón, por la que un promedio de 22 veteranos y un soldado o soldada activos se quitan la vida a diario. Para una madre con la estrella dorada todos los días es “Memorial Day”, el día de los caídos en guerra.

Igual que el Sargento Franklin dirigió su tropa en el campo de guerra, “Mamá Bev” se ha convertido en líder por igual. Ella representa un sustento, una fuente de amor y una guía para los soldados que sienten el mismo dolor que vio en los ojos de su hijo años atrás. Ella también consuela familias que han perdido hijos en la guerra, por medio del suicidio o en batalla.

“Cuando hablo a los grupos, siempre les digo: si conocen a algún veterano o familia militar que necesite ayuda, por favor, denles mi número telefónico”, dice Beverly. “Cuando me llaman, esos veterano o familias  se convierten también en mis hijos”.

Por: Hugo Bravo

*En la actualidad, Mikayla y Byron viven con la madre de Jessie Ann en Connecticut.

**Gold Star Mothers es una frase usada para describir a todas las madres que han perdido hijos e hijas en pleno servicio en las fuerzas armadas de Estados Unidos. American Gold Star Mothers es una organización creada en 1928.

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