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¡Soy inocente!

SoyinocenteUnion City, New Jersey

“Qué mal podría haber hecho una jovencita de 15 años, habiendo nacido en un hogar bien tradicional, en una pequeña aldea y cuidada por cinco hermanos? A esa edad me confronté con esta pregunta cuando alguien me habló de Cristo por primera vez. En primer lugar, ¿qué tenía que ver yo con los pecados cometidos por otra persona? Si Dios de verdad existía, no podía hacerme pagar a mí, una jovencita inocente por los pecados de otros.

Al final tuve que confrontarme a mí misma con la pregunta más importante: ¿Tenía paz con Dios? ¿Había pedido perdón a Dios? Sin duda, al principio pensé que tendría la seguridad para rechazar la invitación para aceptar a Cristo; pensé que mi argumento de nunca haber hecho nada malo sería suficiente para disuadir a quien demandara de mí una respuesta. Pero cuando el Espíritu Santo tomó el control de mi vida, las preguntas dejaron de venir de aquel extraño y sentía como si se originaban en mi interior, me di cuenta que aquella conversación no terminaría bien, que al final sería retada a considerar preguntas que a mi tierna edad nunca las había pensado.

Increíblemente, después de tantos años, a menudo hago memoria del día que acepté a Cristo. En esos tiempos mis amigas y yo conversábamos de historias acerca de espíritus y personajes místicos y, como  siempre hacía lo bueno, no tenía nada que temer. No dudaba por un segundo de que yo era buena; simplemente no había hecho nada malo a mi parecer.

Recuerdo la alegría que me dio después de haber aceptado a Cristo; fue como saber  por primera vez y con convicción que no había nada entre Dios y yo. No había conflicto, había paz entre nosotros porque había aceptado a su Hijo Jesucristo como mi Salvador personal. Ya Dios no escondía su rostro de mí porque ahora no me miraba más mis manchas; ahora me miraba cubierta con la sangre de su Hijo y me veía perfecta. Ya no importaba que solo tuviera 15 años, había llegado a comprender que era tan culpable como Adán porque había nacido con una naturaleza pecadora y necesitaba esa salvación que ahora me hacía sentir tomada de la mano de Dios.

La vida sin Dios es una vida vacía y llena de inseguridad. Si has sentido que no tienes necesidad de Cristo, es posible que ahora sí sientas que quieres a Cristo en tu vida; hoy lo quieres también en ti, quieres emprender un camino de aquí en adelante tomada(o) de la mano del Maestro. ¡Solamente hay que pedirle que entre en tu corazón!

por Teniente M Marta Romero

 

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