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Sólo Jesús

Jesusonly_insJonathon Shaffstall se describe a sí mismo como un “flor tardía” en lo que a las drogas se refiere. Criado en un hogar cristiano como hijo de oficiales del Ejército de Salvación, probó un trago de alcohol por primera vez tras irse a cursar sus estudios universitarios a los 18 años.

“En verdad creo que la bebida fue el inicio de todo”, dice. “Esa fue la droga que me llevó a desarrollar mi lamentable adicción”.

Shaffstall dice que consumió otras drogas en la universidad del medio-oeste a la que asistió desde 2004 hasta 2008, pero cayó de veras después de irse a vivir al noreste e iniciar su carrera laboral.

“Pasó de ser un hábito de fines de semana a transformarse en una pasión irresistible”, comenta. “Era mi vida. Eso era lo que soñaba”.

Para adquirir las drogas, Shaffstall manejó una vez desde Massachusetts a la ciudad de Nueva York en medio de un temporal de nieve. El viaje de tres horas de ida le tomó siete horas, pero nada lo detuvo.

“Estaba manejando a 35 millas por hora bajo la tempestad”, recuerda.  “El mío era el único automóvil que había en la carretera y patinaba por doquier, pero iba a la ciudad de Nueva York porque necesitaba conseguir lo que ansiaba. Estaba resuelto a ello. No me importaban ni mi automóvil ni mi seguridad. Estaba desesperado”.

Hallar esperanza

Shaffstall dice que la marihuana era su “droga preferida” junto con “Molly”, una variedad de la droga éxtasis. Más tarde, cayó en la cocaína, los hongos alucinógenos y hasta en los analgésicos.

“Por fortuna, nunca probé la heroína ni nada que se le pareciera”, dice.

Cuando ya no podía costear las drogas, me emborrachaba.

Shaffstall cuenta que solía mentir, robar y hacerles daño a miembros de su familia cuando necesitaba conseguir drogas.

“Sólo me servían para saciar mi adicción, su bienestar me tenía sin cuidado”, recuerda. “Asumía una variedad de malas conductas”.

A instancia de sus padres, Shaffstall se acordó ingresar al Centro de Rehabilitación para Adultos (el ARC) de Scranton, Pensilvania, en abril de 2015. Permaneció allí hasta noviembre de ese mismo año.

“Me di cuenta de que necesitaba retirarme a un programa de rehabilitación intensiva del tipo que ofrece justamente el ARC”, reflexiona. “Para ser sincero, de no haber ingresado al ARC, no creo que estaría aquí hoy día”.

Habiéndose criado en el Ejército de Salvación, le pareció extraño y algo incómodo ingresar al ARC.

“Al principio, me dio vergüenza estar ahí”, dice. “No quería eso”.

Sanar el alma

Su plan era quedarse en ese centro por sólo los primeros 30 días, en que los beneficiarios quedan recluidos al interior del recinto, pero algo pareció cautivarlo.

“Pude notar una mejora real en mi estado al cabo de un mes y decidí que lo mejor sería quedarme en el programa por más tiempo”, cuenta.

Shaffstall dice que le gustó y le convenció la estructura, y la rutina que el centro le impartía, pero sobre todo el cariño que imperaba allí. Y además de eso, se volvió a encender su relación con Dios.

“No había tenido una relación personal con Dios antes de eso”, comenta. “Me crié en la iglesia, sabía todo acerca de Dios, pero verdaderamente no tenía una relación seria y personal con Él. Obviamente, estando ahí, tenía que reconectarme. Para mí la raíz de todo eso es Jesús. Yo puedo hacer todo esto sólo con la ayuda de Jesús”.

Shaffstall dice que completó los 12 cuadernos de ejercicios mientras estuvo en el ARC y que le fueron de gran ayuda. Su madre compartía con él los artículos que se publicaban en la revista SAConnects acerca de otros beneficiarios de los ARC y halló en esas historias una fuente de inspiración.

Evitar los malos hábitos

Shaffstall afirma que el mensaje que tiene para los beneficiarios de los ARC es que se “animen”.

“Por fortuna, hay gracia y esperanza y tú no eres una causa perdida”, afirma. “Puedes tener éxito. Mi sensación personal antes de ingresar al ARC es que jamás iba a tener éxito en nada. Sentía que esta enfermedad se había apoderado de mi voluntad, que ya no tenía remedio y que esta era esencialmente la vida que siempre iba a tener; por lo que no podía hacer nada.

“Pero ciertamente puedes parar y aprender que se trata de un proceso que se va desarrollando día a día. Es un progreso sostenido en el tiempo. En mi caso, a veces era un proceso que ocurría minuto a minuto, incluso segundo a segundo”.

Shaffstall descubrió eso al salir del ARC. Reconoce que se sintió nervioso, pues sabía que de entonces en adelante iba a depender de su propia responsabilidad.

En la actualidad, Shaffstall sigue combatiendo los “detonantes”. Colores, frases que oye, canciones y ciertos aromas siguen evocándole recuerdos de los terribles días de antaño.

“Hasta oír el repiqueteo de las tabletas en los frascos de remedios desata esa ansiedad por consumir droga”, confiesa. “Tengo que huir de todo eso. Tengo que ser muy proactivo y muy cuidadoso. Lucho contra esas tentaciones todos los días. Es un tremendo desafío.

Un entorno de trabajo cristiano

“Agradezco que a estas alturas me hallo sobrio. Ya no contemplo la posibilidad ni de volver a beber ni de consumir drogas, pero no puedo dar garantías de nada. Todo lo que puedo garantizar es que dependo del Señor y que Él me ayuda a pasar por esto”.

Shaffstall dice que ha implementado un sistema de mecanismos que aprendió en el ARC.

“Sigo siendo una obra en construcción”, resume Shaffstall.

“Estoy profundizando mi relación personal con Jesús. Él es la razón por la que hoy estoy sobrio. El Señor tiene todo que ver con la situación en que me encuentro hoy en mi proceso de recuperación. Me siento muy agradecido a Dios por eso”.

Shaffstall, que lleva ya casi dos años completamente sobrio, empezó a trabajar en el Citadel de Montclair, New Jersey, en enero de 2016 y dice que estar rodeado de cristianos le ha servido de mucha ayuda.

Impartir sabiduría

“Oro bastante, pero no es el tipo de oración en que ‘cierras los ojos e inclinas la cabeza’. Durante el día, simplemente hablo con el Señor”.

Shaffstall dice que cada cierto tiempo vuelve a abrir sus viejos cuadernos de ejercicios  del tiempo que pasó en el ARC, pero también ha aprendido a escribir la Biblia palabra por palabra. Un orientador le hizo escribir a mano 31 capítulos del libro de Proverbios, un capítulo para cada día del mes. Ha seguido realizando ese ejercicio y por estas fechas va en el libro de Levítico.

“Eso ha sido algo muy terapéutico y, por cierto, un momento en que me conecto muy de cerca con la Escritura”, dice. “Es simple y llanamente una muy buena herramienta”.

El hecho de compartir su historia también le ha sido de ayuda. El Citadel de Montclair es muy activo en su misión urbana y opera un albergue, un centro de acogida y un programa de alimentación diaria. Shaffstall, que a menudo conduce el furgón de la iglesia para buscar a los niños en los vecindarios , ha compartido su proceso de recuperación con otros que se encuentran luchando contra el abuso de estupefacientes.

“Algunas personas que conocen mi historia me han pedido un par de veces que interactúe con esos individuos y la verdad es que ha sido una gran experiencia poder hacerlo”, cuenta. “Hemos estado participando en ese ministerio urbano y de acercamiento a la comunidad. Me siento bendecido de poder ayudar”.

Lo que depara el futuro

“No hago nada por forzar ese tipo de conversaciones. Si se dan, bienvenidas sean. Creo que he estado mejorando cada día mi habilidad para expresarme en esas instancias”.

En cuanto al futuro, además de continuar con su recuperación, a Shaffstall le encantan el teatro y la música. Él contempla la posibilidad de buscar oportunidades en la ciudad de Nueva York o matricularse para cursar una maestría en teatro.

“Creo que ese es mi talento y me gustaría cultivarlo”, explica.

“Muchas cosas buenas me han pasado en este año de recuperación. Agradezco que estoy vivo y sobrio. Me siento extremadamente bendecido y le doy toda la gloria al Señor”.

por Robert Mitchell

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