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Servir a dos Ejércitos

ServiradosEjercitosClifford “Ron” Lancaster, que alcanzó el rango de Especialista Grado 4 en el Ejército de Estados Unidos, llevaba diez largos meses sirviendo como soldado en Vietnam. Pero abrigaba grandes esperanzas para su futuro luego de enterarse de que regresaría a su país para desempeñarse como instructor en el manejo de cañones de 175 mm en Fort Sill, Oklahoma.

Sin embargo, sólo unos pocos días antes del 4 de febrero de 1968 todo cambió. Fue durante la ofensiva del Têt. Iniciada el día feriado vietnamita del Têt, sería una de las campañas militares más grandes de toda la Guerra de Vietnam. Lancaster y su unidad del ejército estadounidense se encontraban en el tristemente célebre “Rockpile”, una saliente de roca de unos 250 metros cerca de lo que en ese momento era una zona desmilitarizada. Su unidad se encontraba brindando apoyo a los infantes de marina cuando un proyectil de 105 mm impactó sus piernas.

“Estábamos bajo fuego enemigo. Y nos estaban superando”, recuerda Lancaster. “Yo recibí un impacto directo de un proyectil de 105 mm. Este alcanzó mi pierna derecha y luego mi pierna izquierda para terminar enterrándose en la arena, sin haber estallado.

“Como todos sabían que el proyectil seguía ‘vivo’, nadie se me acercó. Pero en ningún momento perdí la conciencia. Siempre llevaba vendas conmigo en mi chaqueta de vuelo. Me apliqué mis propios torniquetes y me arrastré como pude hasta alejarme del lugar donde había sido herido.

Nombramiento divino

Lancaster, que previamente había llamado por radio para pedir un helicóptero de evacuación médica que pasara a recoger a otros soldados heridos, pronto se encontró en ese mismo helicóptero siendo llevado a un hospital ubicado a 160 kilómetros al sur, en Da Nang.

“Los médicos estaban bastante seguros de que perdería mi pierna derecha”, dice Lancaster. “La izquierda también estaba bastante dañada. Luego de trece meses en el hospital, la pierna izquierda se sanó, pero perdí la derecha de la rodilla para abajo”.

Lancaster fue trasladado más tarde a un hospital en Zama, Japón, donde su encuentro con el Ejército de Salvación cambiaría su vida para siempre. Él recuerda que varias organizaciones se acercaron para saludar a los soldados, pero sólo una de ellas le brindó ayuda de verdad.

“Esta pequeña señorita del Ejército de Salvación vino a verme y me preguntó si había algo que ella pudiese hacer por mí”, cuenta Lancaster. “Yo le dije: ‘La verdad es que no tengo dinero conmigo. Lo único que tengo son mis placas de identificación’. A lo que ella respondió: ‘No estamos recaudando dinero. Dígame, ¿hay algo que podamos hacer por usted?’ Me acuerdo del sombrero que llevaba puesto. Era como ningún otro”.

Un llamado telefónico a casa

Lancaster preguntó si sería posible llamar por teléfono a Dolly, su esposa. La mujer, que era de Estados Unidos, contestó sin vacilar: “Por supuesto que sí”.

“Ella hizo posible que llamara a mi esposa, que le contara que estaba herido y que estaría de vuelta en casa dentro de unos cuatro o cinco días”, relata Lancaster.

Lancaster sabía que iba a perder su pierna, pero en esa primera llamada evitó darle a Dolly tal noticia. Cuando la mujer del Ejército de Salvación regresó al día siguiente, Lancaster le preguntó si sería posible llamar de nuevo a Dolly para contarle todo.

Cuando la mujer regresó al tercer día, Lancaster llamó a Dolly y a su madre.

“Ese teléfono tenía un cable muy largo y estaba sobre un carro. Ella lo llevaba de un lugar a otro”, recuerda Lancaster. “Ella hacía rodar el carro de una cama a otra y ayudaba a todos los que podía. Era una señorita muy tierna y el hecho de que hubiese venido a verme tres días seguidos era algo que realmente se agradecía”.

Mostrarse agradecido

Lancaster recibió dos Corazones de Púrpura en reconocimiento por sus heridas de guerra y pasó los siguientes trece meses en una serie de hospitales en los Estados Unidos.

“Mientras estaba en el hospital, trataba de pensar en la manera de mostrar mi agradecimiento por lo que el Ejército de Salvación había hecho por mí”, recuerda.

Así que contactó al Ejército de Salvación en Beacon, New York, donde residía.

“Les dije: ‘No puedo caminar, no puedo estar de pie por mucho rato, pero de la cintura para arriba estoy bien’. Me preguntaron si era bueno para las matemáticas”, cuenta. “Fue así que comencé a contar la recaudación obtenida a través de las campañas de la Olla Roja”.

Durante los siguientes veinticinco años, Lancaster se presentó periódicamente a la oficina, por la tarde y por la noche, para contar el dinero. Cuando se percató de que los aportes habían aumentado de manera considerable, tuvo que pedirle a Dolly y a otros parientes que le ayudaran a contar los montos recaudados.

“Después de contar la recaudación de la Olla Roja por veinticinco años, llegó el momento de dejar que otra persona se hiciese cargo de ello”, dice.

‘El equipo Lancaster’

Lancaster ha sido miembro de la junta asesora por veinticinco años. Dolly, su esposa por cincuenta y tres años, ha servido muchas veces junto a él. El Mayor James C. Kisser hijo, oficial directivo en Beacon, dice que Lancaster sirve como “historiador no oficial” de la junta asesora y que le ha presentado a muchos líderes cívicos y empresariales.

“Ha sido un verdadero placer conocer a Ron Lancaster y trabajar con él en la junta asesora”, dice Kisser. “Su energía es una inspiración; además, su amor y su respeto por el Ejército de Salvación es algo que nos llega muy hondo.

“Ron y su esposa, Dolly, forman en verdad un tremendo equipo humano; es como tener dos miembros de la junta asesora por el precio de uno. Con el correr de los años, han servido en muchas posiciones en relación con la Olla Roja, y en muchas ocasiones se han preocupado de llevar en auto a los puestos y traer de vuelta a sus casas a los trabajadores de la Olla Roja; por cierto, han dedicado infinidad de horas a contar el dinero conseguido durante esas campañas de recaudación”.

La relación de Lancaster con el Ejército de Salvación en realidad se remonta a su niñez. Al mes de haber nacido, en 1942, su padre fue enviado a servir a su país en la Segunda Guerra Mundial. Por esas fechas, su madre vivía en Ellenville, New York. Ella recibió ayuda del Ejército de Salvación tanto allí como, más tarde, en Peekskill, New York, adonde la familia se mudaría.

‘Sigo aquí’

“Se podría decir que llevo al Ejército de Salvación en la sangre”, afirma Lancaster.

Él tiene un interesante acervo religioso. Una de sus abuelas era judía, mientras que la otra era cristiana, perteneciente a la Iglesia Bautista del Sur. Su esposa es católica, pero él mismo se ha sentido atraído al Ejército de Salvación, el cual forma parte del movimiento protestante de santidad.

“Estos últimos veinte años, cada vez que trataba de ir a la iglesia, siempre vine aquí, al Cuerpo de Beacon”, dice Lancaster.

“Y sigo estando aquí; pienso que por eso Dios ha estado conmigo. Los doctores están sorprendidos de que haya seguido estando aquí todo este tiempo”.

En la década de 1970, Lancaster se enteró de que tenía problemas cardíacos cuando se le informó que sus arterias parecían las de un hombre de setenta años, a pesar de que sólo tenía treinta y cuatro. Fue entonces que se le practicó una cirugía coronaria.

“Uno de los doctores me dijo: ‘Debieras poner en orden todas las cosas que son importantes para ti’. Ya me han dicho lo mismo un par de veces”, dice Lancaster. “He sufrido unos cuantos ataques al corazón y me han vuelto a operar para hacerme una segunda cirugía coronaria”.

En la hora

Lancaster ha sufrido de cáncer en la próstata y de un derrame cerebral debido, piensa él, a su exposición al “Agente Naranja” mientras servía en Vietnam. Durante uno de esos episodios, un sacerdote le administró la extremaunción.

Lancaster suele padecer además de intensos dolores debido a la herida que sufrió en su pierna izquierda. Desarrolló bursitis y artritis, pero debido justamente a su lesión, los doctores le han recomendado que no se ponga una prótesis.

“Me dicen que si me duele, que me aguante no más”, declara Lancaster riéndose.

Lancaster es el representante del Ejército de Salvación ante el Hospital VA (Administración de Veteranos de Guerra) de Castle Point, cerca de Beacon. Ahí visita a los veteranos y a los voluntarios.

Ayudar a sus hermanos

“He completado más de 5.000 horas de voluntariado como veterano en la VA”, dice Lancaster. “Estuve haciendo mucho trabajo voluntario con pacientes con daños en la espina dorsal. Me gustaba mucho ayudarlos.

“Con el tiempo, el trabajo se hizo difícil pues todos los pacientes eran de mi edad y empezamos a perder a muchos de ellos. Era como perder a un hermano, así que tuve que dejar de trabajar como voluntario”.

Si bien es cierto que la VA aparece mucho en la prensa actualmente, Lancaster afirma que no ha tenido problemas con la asignación de beneficios. A menudo recurre a doctores que están fuera del sistema de VA porque se dio cuenta de que muchas veces necesitaba ayuda los fines de semana y en situaciones de emergencia.

“La VA ha sido muy buena conmigo”, dice. “No he tenido el más mínimo problema en cuanto a recibir los beneficios. Me dan todo lo que les pido. Simplemente los llamo o voy en persona [a Castle Point] y los camiones están aquí sin falta al día siguiente”.

Todavía con fuerza

Incluso antes de ser llamado a servir en las fuerzas armadas de su país en 1967, Lancaster trabajó para la compañía Con Edison en la Central de Energía de Indian Point, una planta de energía nuclear en Buchanan, New York. Después de salir del ejército, la VA ayudó a Lancaster a seguir sus estudios, lo que le permitió obtener su licencia nuclear. Llegó a completar una carrera de 21 años, en la que se inició trabajando como portero y en la que llegó a ser operador del cuarto de control.

“En mis últimos dos años, abrieron un departamento de compras y me promovieron a agente de compras”, dice Lancaster. “A lo largo de los años había llegado a conocer a muchos de los comerciantes de la región justamente porque fue ahí donde yo crecí”.

En 1984, Lancaster se jubiló y aumentó sus horas de trabajo como voluntario en el Cuerpo de Beacon y en la VA. Actualmente, ayuda en todo lo que puede, pero quedarse de pie por demasiado rato sigue siendo un problema, debido a las secuelas de sus heridas.

Con todo, como buen soldado, sigue aportando con su trabajo y con su contagiosa sonrisa.

“No sé cuánto tiempo más podré seguir ayudando en el Cuerpo y en el Ejército de Salvación, pero sin duda que lo seguiré haciendo todo el tiempo que pueda”, asegura Lancaster.

by Robert Mitchell

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