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Sanemos a ambas partes

Todo el tiempo que fui víctima de tráfico humano utilicé el apodo de “Ghost” (es decir, “Fantasma”). Lo que hacía era desaparecer. Nunca permanecía en un lugar ni hacía una misma cosa por mucho tiempo.

Puesto que crecí sintiéndome rechazada por los pequeños de mi propia edad, busqué una conexión con los demás a través de la drogadicción y el sexo. Esas conexiones se transformaron con el tiempo en relaciones peligrosas con hombres mayores. Yo pensaba que si les daba esa parte de mí, me amarían y me aceptarían. Nunca me percaté de que lo que hacía era acercarme a personas que estaban tan rotas y destrozadas por dentro como yo.

En los 17 años que trabajé como prostituta, fui golpeada, quemada y amenazada por hombres que prometían cortarme la cara para que todos supieran que yo les “pertenecía” a ellos y que nadie iba a volver a quererme el resto de mi vida. Lo que hacía entonces era huir —desaparecer como un fantasma—para luego hallarme de regreso y atrapada en ese estilo de vida una vez más.

Cuando me quitaron a mis hijos, quedé destruida. Les rogué a los hombres que administraban mi vida que me mataran, incitándolos a que apretaran el gatillo cada vez que me apuntaban a la cara con sus pistolas. Pero eso hacía que ellos quisieran seguir estando conmigo.

Abrí una Biblia por primera vez estando en la cárcel. Aprendí que Dios es mucho más grande que todo lo que me ha sucedido en la vida, y más poderoso que cualquiera de las personas que me han hecho daño.

Hoy, trabajo con chicas que quieren dejar la calle y administro hogares de acogida en los que las recibimos. Trabajo en conjunto con iglesias y ministerios que intentan ayudar a las mujeres que se encuentran en mi posición. Si alguien de una iglesia hubiese venido adonde yo estaba y hubiese orado conmigo, me pregunto cuán diferente habrían sido todos esos años de mi vida.

Acomodo familiar

La prostitución y el tráfico humano no son lo que muestra la televisión. Nadie se despierta un día y decide que eso es lo que quiere ser. Todo comienza con pequeños favores que una necesita, como puede ser un plato de comida para tus hijos o el pago del arriendo de tu apartamento. Son años y años en que poco a poco le vas cediendo a otra persona el control de tu vida.

El proxeneta, el narcotraficante y la prostituta se retroalimentan de esa sensación de “acomodo familiar”. ¿Por qué se entregan a un tipo de comportamiento que hace tanto daño a tantas vidas? Porque para ellos es algo que les es familiar. Se sienten cómodos en ese estilo de vida. No les puede ir mal porque es algo que ya han venido haciendo desde hace mucho tiempo.

Rodearme de “clientes” me era fácil. Yo manipulaba mi propia mente para convencerme de que eso era algo normal. La idea de abandonar esa vida me llenaba de temor y desencadenaba todo tipo de emociones angustiosas. Lo que sucedía una y otra vez es que deseaba volver a esa vida, puesto que era algo con lo que estaba familiarizada.

Sin embargo, como todas las cosas que he hecho en mi vida, he podido mejorar como persona desde el momento en que me alejo de mi rutina. Mi propia mente era mi peor adversario. Tardé años en llorar por lo que estaba haciendo. Había estado completamente anestesiada, convencida de que lo único que iba a ser el resto de mi vida era prostituta. Pero yo sabía que mis hijos me amaban y que me habían perdonado. También sabía que Dios me amaba y que me había perdonado. Por tanto, pensé: ¿Por qué no perdonarme a mí misma?

Cómo acabar con el control

La lucha por ponerle fin al tráfico humano no es contra carne y sangre, sino contra la mentalidad del control. Ese control que le permite a un hombre forzar a una mujer a rebajar sus estándares morales. Y se manifiesta de diversas maneras, como puede ser la de un proxeneta que obliga a una víctima a vender su cuerpo en las calles, o la de un marido que fuerza a su mujer a tener relaciones con él cuando ella no lo desea. En ambas situaciones, la clave es el control.

Hasta las personas que nunca han participado en tráfico humano pueden ayudar a curar esa disposición mental a controlar a otras personas. La frase: “Es más fácil criar niños fuertes que reparar hombres destrozados por dentro” nunca ha sido más verdadera que cuando le enseñas a un niño a respetar a las niñas. Si un hombre le habla a su hijo acerca del respeto debido a  su madre y el niño ve que su propio padre la trata como a su igual, ese hijo con toda probabilidad tenderá a respetar a las mujeres que conozca a medida que se va haciendo adulto.

Yo crecí sin conocer lo que es el amor por parte de un hombre; pensaba que la manera en que el proxeneta les hablaba a sus mujeres era como se suponía que debía hacerse.

El imperativo de perdonar

Mis hijos y yo oramos a Dios por las personas que nos han hecho daño. Son tantas las mujeres con las que trabajo que están enojadas con sus proxenetas y sus traficantes, que ese sentimiento las destruye por dentro. Intento decirles que hubo alguien en la vida de esa persona, alguien a quien quería, que le dio a entender que ese tipo de comportamiento aberrante era aceptable. Ellos no podían controlar lo que les sucedía, de modo que crecieron tratando de controlar a los demás.

Por lo general, hay gente que busca rescatar a las mujeres, puesto que hay maneras de identificar a una víctima. Pero cuando observas más a fondo y descubres que el interior del traficante también está destrozado, lo que haces es romper la cadena. Es así como logras ponerle fin al tráfico humano: buscas, sanas y perdonas a ambas partes.

por Kasie Robbins

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