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Rumbo a Estados Unidos

A pesar de la incertidumbre, los desafíos y los riesgos, la mayoría de los inmigrantes dirían que vale la pena venir a los Estados Unidos. Las personas que buscan una mejor vida para sí mismos y para sus hijos se aferran con entusiasmo a esta tierra de oportunidades.

Dwayne, Fan Chiao, Miguel y otros refugiados allegados al Cuerpo de Tonawanda, Nueva York, dan a conocer sus exclusivas historias de esperanza. Hoy están unidos por un mismo hilo: su fe en Dios y en el Ejército de Salvación.

Hace más de 100 años, William Booth, Fundador del Ejército, ayudó a personas como estas que estaban necesitadas —a quienes llamaba el “décimo sumergido” de Londres— enviando a los más pobres de entre los pobres a países desarrollados a buscar mejores oportunidades.

Hoy podemos tratar de imaginar cuál habría sido la opinión de Booth sobre los controversiales problemas relacionados con la inmigración que están siendo debatidos con tanta intensidad en Estados Unidos. Lo que está claro es que la misión del Ejército de Salvación de ayudar a las personas marginadas de nuestra sociedad sigue incluyendo a todos por igual, sin excepción y sin discriminación.

Dwayne McFarlane es soldado del Cuerpo de Saratoga Springs, Nueva York, y Especialista E-4 del Ejército de Reserva de EE.UU.

Una oportunidad para servir

En 2012, con una visa en la mano y 19 años de edad, emigré desde Montego Bay, Jamaica, a Greenwich, Nueva York.

Desde que tenía 14 años, sabía que mi familia, que es salvacionista, vendría a los Estados Unidos. Tenía la esperanza de culminar mi último año de escuela secundaria en este país. Sin embargo, permanecí en Jamaica en ese tiempo, esperando que el proceso inmigratorio avanzara; entretanto veía cómo mis compañeros presentaban sus exámenes de ingreso a la universidad, los aprobaban y salían adelante con sus vidas.

Mi sueño americano era servir en el ejército de los Estados Unidos. Pero con mis 147 kilogramos de peso, el reclutador me dijo que debía rebajar mucho para, al menos, ser considerado. En 2013, mi familia se trasladó a Glen Falls, Nueva York, por lo que dejé a un lado mi sueño.

Pensamos asistir al Cuerpo más cercano a nuestro hogar en Glen Falls. Pero cuando visitamos el servicio dominical en Saratoga Springs, notamos que la congregación del Cuerpo necesitaba más personas. Pese a que quedaba a 30 minutos de nuestra casa, el Cuerpo de Saratoga Springs se convirtió en nuestra iglesia.

En 2014, tras abandonar toda idea de ingresar al ejército estadounidense, acompañé a mi hermana menor Stephanie a un centro de reclutamiento. Ella se alistó tal como yo había intentado hacerlo. Los reclutadores entonces se dirigieron a mí y me preguntaron de manera muy informal: “¿Y por qué no te unes tú también?” Cuando les hablé de mi problema con el peso, se brindaron para volver a pesarme.

Me sorprendió enterarme de que, tras dos años de haber sido rechazado, perdí el peso que me impidió enrolarme. Stephanie y yo acudimos a la Estación de Procesamiento de Ingreso Militar (MEPS, por sus siglas en inglés) donde los reclutas se someten a exámenes médicos para ver si están físicamente saludables para servir. Aprobé todos los exámenes. Cuando un reclutador me preguntó: “¿Qué quieres hacer ahora?”, le dije: “Quiero iniciar los trámites de ingreso”.

Stephanie y yo nos alistamos juntos en el ejército de Estados Unidos. Poder servir a mi nuevo país me abrió la posibilidad de conseguir la ciudadanía permanente y me brindó una oportunidad que jamás habría tenido en Jamaica.

Listo para trabajar

Tanto en el servicio militar como en el salvacionista, he tenido el privilegio de ayudar a otras personas que son inmigrantes. Hasta hoy, mi reclutador del ejército estadounidense me llama cuando está tratando de ayudar a enrolarse a alguien nacido en otro país. Como no está seguro de cuáles son los procedimientos inmigratorios, me alegra poder ayudarle. En el Cuerpo de Saratoga Springs hay personas de países como Turquía y Ucrania que buscan asistencia para sus familias. Además, necesitan ayuda en tareas que para muchos de nosotros son normales, como conseguir una licencia de conducir. Entiendo su lucha y su deseo de vivir mejor. Cuando yo era un inmigrante de 20 años, sin automóvil, sin trabajo y sin ciudadanía, lo único que tenía era mi fe en Dios. Oraba al Señor pidiéndole que me guiara a una vida mejor, y lo hizo.

Los inmigrantes vienen a los Estados Unidos para mejorar sus vidas y ser las mejores personas que puedan en su nuevo país. Llegan listos para hacer los trabajos difíciles y trabajar largas horas, trátese de labores manuales al aire libre o defendiendo al país, como hizo mi familia.

Muchas veces, se les da la bienvenida y se les pone a trabajar, pero cuando el trabajo se acaba, alguien encuentra una razón para enviarlos de vuelta al lugar de donde provienen. Eso me parece lo más desgarrador que se le puede hacer a alguien.

A cualquier persona que busque una vida mejor, como fue el caso mío y el de mi familia, le pido que, por favor, no se rinda. Dios se asegurará de que haya un lugar para ti, sea en los Estados Unidos o en cualquier otra parte del mundo. Esfuérzate por lo que quieres ser y sigue siempre a Dios porque Él ya sabe cuáles son tus esperanzas y tus sueños.


Fan Chiao Gina Chen es trabajadora social en el Cuerpo de Newport, Rhode Island, del Ejército de Salvación

La lucha de los que necesitan ayuda

Cuando mi padre trajo a nuestra familia desde Taiwán a Hawái en 1985, lo primero que hizo fue escoger nuestros nuevos nombres “americanos”. Los encontró en una vieja revista. Mi madre se convirtió en Tina, yo en Gina y mi hermano pasó a llamarse Stan (al que hasta hoy le desagrada ese nombre). El cambio de nombre abrió el primer capítulo de nuestra historia, lo cual es típico de la de muchos inmigrantes con nombres inusuales. Sencillamente escogen un nuevo nombre que luzca americano y esperan que sea fácil de deletrear.

A una niña de siete años nacida pobre en Taiwán, Hawái le parecía un paraíso de película. Me pasaba todos los días en la playa. A veces incluso llevaba el traje de baño debajo de mi ropa escolar para ir a bañarme a la playa tan pronto como llegara a casa.

Mientras mi hermano y yo disfrutábamos de nuestra nueva isla, mi padre, que había venido a Estados Unidos gracias a una visa de estudiante, recibía su educación en la Universidad Brigham Young en Hawái. Mi madre trabajaba limpiando en la misma universidad y en el día trabajaba cuidando niños. Muchos de los niños que cuidaba eran hijos e hijas de otros inmigrantes.

La mía era la clásica familia de inmigrantes: padres que dejaron su país de origen para que sus hijos pudiesen tener una vida mejor. Irónicamente, Taiwán cuenta hoy con un servicio público de salud universal y una economía boyante. Es un país muy distinto del que conocí mientras vivimos allí.

En el Cuerpo de Newport, Rhode Island, del Ejército de Salvación, una de mis funciones es supervisar la despensa de alimentos y el comedor. Entretanto, conozco familias que necesitan ayuda para conseguir ropa, pagar sus cuentas y comprar alimentos. Sé lo difíciles que pueden ser esos primeros meses y años en un nuevo país cuando eres inmigrante, especialmente sin llegas sin documentos.

Mi propia experiencia me ayuda a entender la mentalidad de aquellos que buscan ayuda. Cuando alguien que no se parece a nosotros ni habla como nosotros actúa de manera diferente, solemos atribuirle a esa diferencia connotaciones y motivaciones negativas. Pero es importante entender que lo que una persona que se crió en los Estados Unidos consideraría normal, puede resultarle extraño o alienante al de otra cultura y viceversa. Ve más allá de tu normativa cultural y no trates de caer en el arquetipo “nosotros” versus “ellos”.

Recuerda también que los inmigrantes se sienten inseguros con su situación actual y su futuro. No saben si sus hijos tendrán la vida mejor por la que oran o si su propio esfuerzo laboral dará resultados. Estoy segura que mis padres sentían esa incertidumbre todos los días.

Los más necesitados

La odiosa y negativa retórica actual contra los inmigrantes, aun contra los que tienen documentos, ha sido difícil de presenciar. El Cuerpo de Newport acogió refugiados de Puerto Rico tras el paso del Huracán María que devastó a su isla. Estos ciudadanos estadounidenses hablan de la ira y animosidad que les expresaron algunas personas cuando llegaron al continente. Para mí, esa reacción es como una traición a esas personas y a nuestros valores estadounidenses. A veces me pregunto si así pensaba la gente cuando mis padres llegaron aquí, ¿hubieran querido quedarse?

Sí, yo sigo creyendo que Estados Unidos es un país extraordinario, que tiene un potencial ilimitado y que todos podemos contribuir al desarrollo de ese potencial. Mi labor con el Ejército de Salvación en Newport es mi lugar de influencia, desde el que puedo hacer mi parte.

Me convertí en ciudadana en 1995. Y no siento miedo cuando pienso en mi futuro. Ahora ayudo a esas personas que están temerosas. Ellas son las más necesitadas, porque viven en la más completa incertidumbre en cuanto a cuál es su lugar en los Estados Unidos.


La acogida del Ejército a los refugiados

Hace cinco años, el Cuerpo de Tonawanda, Nueva York, del Ejército de Salvación les dio la bienvenida a varios refugiados de la República Democrática del Congo, de Gabón y de otros países africanos afectados por dos décadas de mortales guerras civiles.

Las familias de Meya Kayi, 16, y Joule Mazikou, 15, estaban entre los que abandonaron su ciudad natal de Brazzaville, en el Territorio Brazzaville del Congo del Ejército de Salvación, para trasladarse a vivir a las afueras al norte de Nueva York.

Chazia, la hermana mayor de Meya, es salvacionista. Cuando la familia llegó a Nueva York, Chazia y un grupo de mujeres del Congo visitaron varios Cuerpos del área. Todas hablaban lari, el idioma del Congo, además de francés. Un salvacionista de habla francesa presentó a la familia al Mayor Celestin Nkounkou, oficial directivo del Cuerpo de Tonawanda. El Mayor Nkounkou también había inmigrado desde el Congo años antes de las guerras. Cuando la familia Kayi y otras familias refugiadas del Congo inmigraron a Tonawanda, Nkounkou y el personal de su ministerio les dieron la bienvenida.

El espontáneo acercamiento de Nkounkou a la familia de Joule Mazikou impactó sus vidas. Los Mazikou se criaron en la fe católica, por lo que el padre de Joule quería continuar esa tradición. Sin embargo, cuando el padre de Joule debió ser llevado al hospital para tratarse una grave herida en la mano, un amigo de la familia invitó al Mayor Nkounkou a visitar a los Mazikou. “El Mayor todavía no nos conocía, pero de todas maneras vino a orar por nosotros. Nos sentimos agradecidos por ese gesto”, cuenta Joule.

Cómo superar las barreras

“Los refugiados proceden de países que sufren violencia y muerte cada día”, dice Nkounkou. “Pueden haber pasado meses o años en campamentos. Es probable que sus hijos no hayan recibido la educación apropiada. Y hallarse en un país completamente diferente con reglas, idioma y un ambiente nuevo, puede resultarles un verdadero impacto cultural”.

Nkounkou dice que las barreras idiomáticas pueden impedir que los inmigrantes lleguen a ser lo mejor que pueden. Los niños refugiados, dice, pueden tener dificultades para aprender inglés.

“En el Congo, los chicos de edad escolar estudian francés”, explica Nkounkou. “Ese es un paso importante para aprender inglés. Pero si eres un refugiado muy joven, es probable que no hayas tenido el tipo de educación que se necesita para aprender idiomas nuevos”.

“En Estados Unidos, muchas veces, no basta con tener un buen traductor”, dice Nkounkou. “Es importante entender que, el hecho de que los refugiados encuentren una casa nueva y segura no significa el fin de sus luchas”.

En la actualidad, Tonawanda sigue acogiendo refugiados de otros países africanos como Costa de Marfil y Togo. Estas nuevas familias que llegan a nuestros Cuerpos tienen estatus de residentes legales y, como Meya y Joule, están agradecidas a los Estados Unidos por salvarlas de los campos de refugiados.

Meya expresó su perspectiva sobre el debate en torno a la inmigración. “Cuando escucho que se discrimina en contra de los inmigrantes, que se les amenaza con enviarlos de regreso a sus países y se impulsa la construcción de muros para mantenerlos fuera, me duele en lo más profundo”, expresa. “Deseo que hubiera más ayuda a la persona indocumentada para que arregle su situación. Aunque nuestras circunstancias como inmigrantes o refugiados sean diferentes, todos hemos venido a Estados Unidos buscando una vida mejor”.

El mes de septiembre pasado, Meya y Joule se convirtieron en soldadas del Ejército de Salvación.


El Teniente Miguel Alban Guerro es oficial directivo asistente en el Cuerpo del Ejército de Salvación en Nashua, New Hampshire.

El camino de Dios para nosotros

Mi sueño americano consiste en tener la oportunidad de hacer la voluntad de Dios en los Estados Unidos.

Desde una temprana edad, acepté a Jesús como mi Salvador. Siendo niño, en Colombia, mi padre abusó de mi madre y de mí. Sin embargo, en 1998, el Señor nos rescató. Mediante Su gracia, nos armamos de valor para dejar a mi padre y nuestro país natal y trasladarnos a Queens, Nueva York. Cinco años más tarde, comenzamos a asistir al Templo de Queens.

Mi madre me crió sola y trabajaba todo el día para proveernos todo. Tenía mucho tiempo y mucha libertad. Por desdicha, eso me llevó a vivir mis años de adolescente inmerso en las drogas y en lo negativo.

Sin embargo, a los 20 años, Dios me ayudó a tomar el control de mi vida. Deseché las conductas que habían envenenado mi alma. Y entonces pude escuchar a Dios que me decía: “Miguel, no te ayudé a dejar las drogas sólo para tu beneficio; tengo un propósito para ti”. Como adolescente, mi idea de perseguir el sueño americano consistía en terminar la escuela, buscar un trabajo y hacerme rico. Ese no era el plan de Dios.

Conforme participaba cada vez más en el Templo de Queens, descubrí un nuevo sueño: servir a Dios como oficial en el Ejército de Salvación. Para seguir este nuevo y futuro camino, asistí a los Seminarios de Candidatos en 2013 y 2014. Jamás pensé que mi condición de inmigrante indocumentado pudiera impedirme seguir el camino de Dios para mí.

Recuerdo que hablé con el Mayor Ángelo Rosamilia acerca de mis planes. Él se emocionó y se ocupó de arreglar todas las citas necesarias para inscribirme en el Colegio de Entrenamiento para Oficiales (CFOT, por sus siglas en inglés) del Ejército de Salvación, sin decirme nada. Cuando le hablé de mi condición de indocumentado, noté la decepción en su rostro. “Pero no se preocupe”, le dije. “Voy a conseguir mis papeles”.

Su rostro se iluminó. “¡Sí! ¡Claro que lo harás!”, me dijo. Él no vio mi condición de indocumentado como algo negativo. Al contrario, vio la seguridad que tenía de que conseguiría mis documentos a tiempo para asistir al CFOT.

Postulé al “programa de acción diferida para los llegados en la infancia (DACA, por sus siglas en inglés)” y recibí mis documentos en abril de 2014. Podía permanecer y trabajar legalmente en los Estados Unidos. Pero había procesado esos documentos demasiado tarde para ingresar al CFOT ese año. Me sentí abatido, pero Dios estaba todavía por desplegar la última parte del plan que tenía para mí.

En junio, el Capitán Giovanni Guerrero, mi mentor, me informó que con mis documentos de DACA, él podía ayudarme a enrolarme en el semestre de otoño del CFOT. Gracias al DACA, pude asistir al entrenamiento y al fin convertirme en pastor.

El Señor tiene el control

No soy político. No veo las cosas ni como demócrata ni como republicano. Al contrario, veo a ambos lados controlados por Dios. Su mano guía a quienquiera que tenga el mando. Lo vi haciendo lo Suyo cuando el Presidente Obama presentó el DACA. El Señor me ha llevado lejos y me ha rescatado una y otra vez. El programa DACA fue otro ejemplo de Su amor y Su compasión. Yo sé que Él seguirá trayendo lo mejor para los inmigrantes, como conmigo; sea a través del Presidente Trump o de cualquiera otra persona en Washington.

La ciudad de Nashua, en New Hampshire, tiene una gran población inmigrante. Muchas personas que viven ahí y son indocumentadas temen pedir ayuda. Yo les digo que busquen al Señor y le pidan Su protección, tal como hice yo. Cuando tuve que renovar por dos años mi postulación al DACA, mis seres queridos sintieron temor por mí. Sabían lo agitado que estaba el ambiente político y temían que yo fuera injustamente cuestionado o peor aun. Por dicha, pude renovar ese documento sin problemas. Como inmigrantes, Dios nos guía y tiene un gran plan para la vida de cada uno de nosotros.

Si te encuentras en un país en el que nunca habías estado y estás buscando una mejor vida, confía en Su plan y siente la seguridad de que Él no te ha olvidado.

Entrevistas realizadas por Hugo Bravo

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