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Redimido en Newark

RedeemedinNewark_insDurante su niñez en Howell, New Jersey, alguien le dijo al Cadete Joseph Cantrell que, como hijo de padres divorciados —ambos en segundas nupcias—, él era producto de una blasfemia y, por lo tanto, era irredimible a los ojos de Dios.

“Cargué con eso en mi conciencia por años, pensando que la sangre de Cristo no era para mí”, recuerda. “Y por ello pensé que si ese era el caso, iba a vivir como me diera la gana”.

Cantrell vivió dificultades y contrariedades, en su juventud, que reforzaron esa creencia errónea. Tras graduarse de la escuela secundaria, probó por primera vez las drogas y el alcohol. Una novia que tenía le reveló que había abortado al hijo de ambos.

“Esa noche probé la cocaína por primera vez”, cuenta Cantrell. “Necesitaba ocultar el dolor. Yo quería ser papa y sentí que se me había despojado de esa oportunidad”. A partir de entonces, empecé a consumir drogas más fuertes.

La ilusión de cambiar de vida siguiendo una carrera en la Fuerza Aérea se vino abajo cuando un resbalón en el hielo lo dejó con dos hernias vertebrales. Incapaz de continuar en la Fuerza Aérea y necesitado de alivio para los dolores de su lesión, desarrolló una adicción a los analgésicos.

“A través de un doctor que conocía, empecé a usar analgésicos en grandes cantidades. Las recetas médicas que utilizaba eran legítimas, de modo que pude obtener todas las pastillas que deseaba. Ingería dosis de ese medicamento más apropiadas para un hombre de la tercera edad con dificultades para caminar que para un joven de 25 años que se recuperaba de una lesión en la espalda”.

Cantrell empezó a vender los medicamentos que le sobraban. Usaba el dinero para adquirir heroína, que era más barata y le hacía alcanzar una sensación de bienestar mucho más intensa e inmediata que las pastillas. Sufría sobredosis tanto en público como a solas, perdiendo el conocimiento y muchas veces la memoria durante días, para luego recobrarla sólo a fin de retomar de nuevo esos mismos hábitos compulsivos.

“La adicción es un síntoma de un dolor interior mucho mayor”, dice Cantrell. “Cada día revivía el divorcio de mis padres, la oportunidad perdida de iniciar mi propia familia y mi interrumpida carrera en la Fuerza Aérea. Todo lo destruido que podía parecer por fuera no era nada comparado con lo mal que me sentía por dentro. Te das cuenta que te encuentras en un muy mal paso en tu vida cuando al abrir los ojos por la mañana lo primero que piensas es: ‘¿De nuevo lo mismo?’ Eso era lo que me sucedía todos los días por la mañana”.

‘No hables, sólo escucha’

Mientras se encontraba solo lavando la ropa en el sótano de la casa de su mejor amigo, la realidad de su situación lo golpeó. Se puso de rodillas e hizo algo que no había hecho en años: le habló a Dios.

“No le iba a prometer nada, pero empecé a decirle todo lo que me había sucedido a lo largo de mi vida, como si nunca antes hubiese sabido nada de mí. Concluí diciéndole: ‘No sé si te preocupas por mí. Ni siquiera estoy seguro de que seas real. Pero necesito que te aparezcas ahora, porque cuando termine de hablarte, habré terminado mi vida’. Me sentí muy bien por haberme animado al fin a expresarme ante Él. Pero cuando me incorporé, no estaba seguro todavía cuál sería mi próximo paso”.

Mientras Cantrell ordenaba su ropa y se aprestaba a salir de la lavandería, sonó su teléfono celular. Era su padrastro. Habían dejado de hablarse. Cantrell reconoce que, de haber sido cualquier otro día, habría ignorado la llamada. Pero ese día, algo le dijo que contestara el teléfono.

“Ahora sé que fue el Espíritu Santo”, dice Cantrell. “Contesté y mi padrastro me dijo: ‘No hables, sólo escucha. Tu madre y yo vamos camino a la iglesia; acabamos de escuchar un anuncio en la radio sobre el Ejército de Salvación y lo que pueden hacer por ti. Tienes que llamarlos’”.

Cantrell al fin llegó al Centro de Rehabilitación para Adultos (ARC) en Newark, New Jersey. Al día siguiente ingresó y dio inicio a su recuperación.

Lucha por tu recuperación

En la actualidad, Cantrell es graduado del programa del ARC de Newark. Ahora ha optado por Newark como su ciudad de adopción, con la convicción de que Howell ya no es para él.

“Siempre me alegra visitar a mis familiares y amigos, pero ya no puedo vivir ahí. Conozco a demasiadas personas y también demasiados lugares malos”.

Cantrell afirma, irónicamente, que hay muchas personas de ese mismo tipo en Newark. Pero él también tiene al Ejército de Salvación, su grupo de apoyo, y cuenta con el amor de Jesús.

“El primer paso que di hacia mi recuperación fue el someter mi vida a Cristo. Ese es el primer paso para cualquier problema en la vida, trátese de adicción o de cualquier otro problema. Reconocer que no depende de ti y darle el control a Dios. Haz eso y serás libre. Las palabras que más escucho repetir a los adictos en proceso de recuperación justo antes de que vuelvan a retomar la adicción son: ‘Yo logré esto por mí mismo’. Es su ego el que habla cuando dicen eso”.

Cuando Cantrell les habla a los beneficiarios, conoce el dolor de su adicción. “Trato de mostrarles una disposición acogedora y cariñosa, igual a la que me mostraron a mí cuando llegué por primera vez”, comenta. “Un ‘hola’, un ‘gracias por estar aquí’, o un buen apretón de manos sirven mucho para hacerle apreciar a alguien su inconmensurable valor como persona”.

Al mismo tiempo, dice la verdad, recordándoles que el camino hacia la recuperación y la superación de la adicción empieza sobre el sólido cimiento que es Jesucristo.

“Les pido que recuerden el empeño con que recurrían a las drogas y buscaban las maneras de obtenerlas. Lo que necesitan hacer es poner ahora todo su empeño y todo su vigor en recurrir a su recuperación y en buscar al Señor”, explica Cantrell.

A los ojos de Dios

Cantrell está estudiando actualmente en la Escuela de Entrenamiento para Oficiales (CFOT, por sus siglas en inglés) con miras a convertirse en oficial del Ejército de Salvación. “Incluso cuando por vez primera sentí el llamado al oficialato, pensé: ‘¿De verdad, Señor? Tú sabes las cosas que he hecho, ¿no es cierto?’ Pero he visto a personas con las que solía toparme en las calles. . . morir en esas mismas calles. Sé perfectamente bien que yo mismo pude haber muerto junto a ellos. Es sólo a través de la gracia de Dios que hoy estoy aquí. Él es nuestra fortaleza, nuestro escudo, y conoce nuestro valor”.

Joseph Cantrell necesitó años para aprender que nadie es irredimible a los ojos de Dios. “Cuando abro los ojos por la mañana, ya no siento miedo por el día que comienza. Abro los ojos y veo los dones y las misericordias de Dios. Me despierto listo para servir”.

por Hugo Bravo

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