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Puertas Abiertas

Un programa de alcance para víctimas

PuertasAbiertas_mainEl programa Puertas Abiertas del Ejército de Salvación en el cuerpo de San Juan, Puerto Rico, ofrece consejería profesional y dirección para víctimas de crímenes, abuso y trauma.

“El programa Puertas Abiertas confirma el propósito del Ejército de Salvación, que es ayudar a la gente sin discriminación”, dice el Dr. Luis A. Francis, psicólogo clínico que ha trabajado con el Ejército de Salvación por 25 años.

El programa comenzó cuando Teresita Pacheco y Marjorie Yambo, trabajadoras sociales del departamento de Servicios Sociales del Ejército de Salvación en San Juan, se dieron cuenta de que muchas de las personas que buscaban ayuda en el Ejército eran víctimas de robo.  Pacheco (que con el tiempo se convertiría en oficial del Ejército de Salvación) y Yambo propusieron que el Ejército desarrollara un programa de consejería para esas víctimas. En 1990, aprobaron la idea y fue financiada por medio de la ley de víctimas de crímenes de 1994 (VOCA, por sus siglas en inglés). A través de los años, víctimas de diversos crímenes, tales como los secuestros con autos, el abuso sexual y hasta delitos no violentos como el fraude o el robo de identidad, se han tratado por medio del programa Puertas Abiertas.

Edna Quiros, coordinadora de Puertas Abiertas, dice: “Por muchos años el Dr. Francis y yo hemos trabajado directamente con criminales. Pero cuando llegamos al Ejército de Salvación dedicamos nuestras carreras a trabajar con víctimas”. Ella es la primera persona que recibe los nombres de las víctimas de la policía, el Departamento de Justicia, las universidades y otras organizaciones sin fines de lucro.

Como coordinadora, Quiros aprueba los casos que requieren consejería y se los envía a Fabiola Pérez, que se encarga del alcance comunitario para el programa Puertas Abiertas. Pérez, que estudió psicología forense, se comunica con las víctimas y también se reúne con los representantes del gobierno local, de viviendas públicas, así como también con los medios de comunicación para promover el programa y encontrar lugares donde se necesite más el servicio.

“Todo lo que hacemos aquí, en Puertas Abiertas, sigue el protocolo de una visita al psicólogo.  Requerimos documentos firmados que confirmen que el cliente es aceptado en el programa. Si el trabajo es con un menor, se requiere el permiso de un adulto. También ofrecemos consejería en grupo para las familias. Nuestros servicios son gratis”, dice Pérez.

El Dr. Francis estima que un día cualquiera, el equipo del programa Puertas Abiertas —que cuenta con consejeros que van desde pasantes hasta psicólogos con doctorados—, tiene alrededor de 500 casos abiertos.

El tratamiento de las víctimas

Los casos son diversos, a veces son violentos y, a menudo, trágicos: Una mujer, mientras se duchaba, fue apuñalada múltiples veces y mutilada por su novio celoso; una niña de dos años accidentalmente le disparó a su padre con su propio revólver y, en otro caso, un joven de 18 años encontró el cuerpo sin vida de su madre en una bolsa de basura, en las afueras de su casa.

Muchas de las personas que buscan ayuda sufren de Trastorno de Estrés Postraumático (TEPT) y depresión clínica a consecuencia de los traumas.

Según explica el Dr. Francis: “Su estado mental puede ser similar al de un veterano cuando regresa de la guerra”. Cuando una persona sufre de TEPT tratamos de atenderla cuanto antes.

Dice Quiros: “Un pequeño evento o suceso puede provocar una reacción terrible y dolorosa para la víctima. Los doctores no siempre pueden encontrar la causa. Si la persona no puede dormir o está ansiosa, los médicos solo le ofrecerán medicamentos. No tratan el trauma”.

El proceso de consejería comienza cuando la víctima cuenta el suceso con precisión y con todos los detalles que pueda. Luego los consejeros de Puertas Abiertas se enfocan en asegurarse de que la víctima no se culpe por lo ocurrido ni piense que debía haber sido más valiente o haber tenido más cuidado.

Las víctimas, semanas o meses después del incidente, pueden tener fuertes y repetidas pesadillas. Con frecuencia reviven o exageran el episodio. El Dr. Francis le brindó consejería a un hombre mayor que varias veces fue víctima de robo con un revólver. En su último incidente, el agresor le dijo que no lo mirara o le dispararía.

“Cansado de que le robaran, el hombre miró fijamente a la cara del agresor desafiándolo. El delincuente apretó el gatillo, pero el revólver se atascó. Por lo que le pegó con el arma y lo dejó herido, pero vivo. Días después el hombre comenzó a tener pesadillas con el suceso pero, en el sueño, el revólver sí disparaba y lo mataba”, dice el Dr. Francis.

Tal temor puede ocurrir cuando no hay daño físico o es leve. En otro caso, una madre que estaba sola esperando el autobús, tuvo que usar su cartera para defenderse de un joven que empuñaba un cuchillo. El joven se asustó y escapó mientras los testigos apaudían a la valiente madre.

“Ella tuvo pesadillas en las que la apuñalaban a muerte”, explica el Dr. Francis. “Y aun más doloroso es que, en los sueños, ve a sus niños llorando por ella. Con el tiempo tuvimos que hospitalizarla con depresión. Aunque no sufrió daños, y hasta fue una heroína, aún sufría debido al temor de lo que pudo haber ocurrido.

El trágico suceso pudo haber durado varios minutos, pero la batalla que enfrenta la víctima en su interior dura mucho más”.

El escudo del Ejército

“En el tiempo que hemos pasado en el Cuerpo de San Juan, hemos trabajado con muchos oficiales”, dice Edna Quiros. “Muchos se sorprenden cuando escuchan estos relatos e incidentes. Pero una vez pasa el asombro, discutimos el caso y, si la víctima lo pide, se reúne con el oficial. Los oficiales directivos pueden ofrecer otra clase de guía que no se encuentra en la oficina de un médico ni de un psicólogo”.

Casi nadie se imagina que los mismos que hacen la recolecta de la olla roja en Navidad y que administran las tiendas, realizan este tipo de alcance comunitario”, dice el Dr. Francis. “Aunque los programas como este por lo general duran algunos años, nosotros hemos trabajado casi tres décadas. Aun cuando no contamos con todo el personal necesario y una gran variedad de servicios, el Departamento de Justicia nunca ha dejado de financiar lo que hacemos”.

Pérez recuerda que se reunió con un funcionario del gobierno para hablar acerca del programa Puertas Abiertas. Cuando mencionó que era del Ejército de Salvación, el rostro de la funcionaria resplandeció. Y dijo: “Sé quienes son ustedes y lo que hacen; y sé que lo que ofrecen es un gran servicio para nosotros”.

Pérez señala: “Cuando me presento por teléfono a alguien, siempre le digo que soy del Ejército de Salvación, sea representante de los medios comunicacionales, funcionarios del gobierno o víctimas de crímenes”.

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El recuerdo de lo vivido

Me reuní con tres hermanos que tuvieron un accidente vial en el que falleció su madre. Fue una de las pocas veces que un caso me ha impactado tan fuertemente en lo emocional.

Durante nuestra sesión, la segunda de los tres hermanos, una niña de 11 años que se había negado a hablar en las reuniones anteriores, de repente describió en gráficos detalles cómo se había apagado la vida de su madre en aquellos terribles momentos tras la colisión. “Le hablaba esperando que me respondiera”, recuerda la hija.

Rompió en llanto en mis brazos y la sostuve.

Si bien su hermano mayor dijo que estaba dormido cuando ocurrió el accidente, su hermana dice que en verdad estuvo despierto todo el tiempo, pero había bloqueado el doloroso recuerdo. —Edna Quiros

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Reacción tardía

No importa cuán fuertes seamos, siempre necesitaremos que una mano nos guíe al enfrentar un trauma.

Una vez aconsejé a una joven de 21 años de edad que había sido secuestrada en su automóvil al salir de un centro comercial y se halló en medio de una balacera entre pandillas criminales rivales., Logró escabullirse milagrosamente.

Dos semanas más tarde, parecía haberse recuperado completamente de esa terrible experiencia. Les hablaba a los demás con franqueza acerca de su secuestro y hasta regresó al mismo centro comercial donde sucedió el incidente.

Intenté abordar a la madre de la mujer para expresarle mi preocupación por la recuperación inusualmente rápida de su hija, pero no parecía interesada en lo que le decía. “Mi hija es valiente. Ya dejó atrás ese episodio”, me dijo su madre.

Un mes después, sin embargo, la hija regresó a nuestras oficinas. Nos dijo que, en una fiesta con sus amistades, empezó a sentir escalofríos que le recorrían la espina dorsal de arriba a abajo. Se le soltó el vaso que sostenía en las manos y empezó a llorar desenfrenadamente, terminando acurrucada en el suelo como un ovillo.

Su conciencia había reprimido el dolor y el temor que había sentido durante el secuestro. Fue hospitalizada una semana, tras lo cual comenzó a reunirse conmigo una vez más.

Cuando una persona vive una experiencia traumática como esa, el dolor puede ser reprimido y permanecer en ese estado durante días, incluso semanas. Eso puede ocultarse de tal manera que ni los miembros más cercanos de su propia familia lo notan. —Dr. Luis A. Francis

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La culpa no es de la víctima

Este fue uno de mis primeros casos, pero jamás olvidaré su historia. Esta mujer fue raptada por un grupo de hombres que salían de su complejo habitacional. La metieron en la maletera de su propio automóvil. La llevaron a un edificio abandonado, la agredieron, le devolvieron sólo la mitad de su ropa y se marcharon en el carro. Ella logró al fin dirigirse a una estación de gasolina y pidió ayuda.

Cuando el personal de Puertas Abiertas le ofreció apoyo y orientación psicológica, ella habló sobre todo ese violento episodio. Y reflexionó también sobre lo que debió parecerles su apariencia a las personas que la vieron ese día. En estado de pánico y con sus ropas rasgadas, trató de explicarles lo que le había sucedido. Al regresar a su edificio, el personal de seguridad vaciló en dejarla entrar porque dudaban que viviese ahí.

Es desgarrador pensar que la vergüenza pasa a ser otra emoción que una víctima debe afrontar tras sobrevivir a un asalto  como ese. Es necesario recordarles a esas personas que lo que les sucedió no es su culpa ni tampoco una razón para sentir vergüenza. —Fabiola Pérez

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