¡Buenas Noticias!

Nunca es demasiado tarde

OrtizDavidCuerpo de Brooklyn Bay Ridge, New York

Odiseo es mi “amigo de toda la vida”. Ese héroe homérico y yo tenemos varias cosas en común: él estaba casado y era padre de un hijo. Yo también. Él era habilidoso, ingenioso y astuto como una serpiente cuando había que serlo. En lo que a esto último se refiere invoco mi derecho a guardar silencio, pero también es cierto que compartimos la tendencia a elegir el camino más largo para llegar a casa. Odiseo pasó 10 años lejos de su familia peleando en la Guerra de Troya y otros tantos en su viaje de regreso a casa.

Como alguien que ha llegado tarde a cenar a casa miles de veces (aunque nunca por tanto tiempo como una década), sé muy bien lo que se siente. En mi caso se trató de los años en que trabajaba de día y estudiaba de noche para completar mi grado universitario, un “viaje” que empecé a los 21, abandoné a los 23, reanudé a los 34 y finalmente completé a los 39.

Qué duda cabe: tengo un don para los atrasos. No aprendí a anudarme los zapatos hasta que tenía 6 o 7 años. A los 11 todavía me esforzaba por aprender a leer un reloj analógico. No supe andar en bicicleta hasta que cumplí los 12. No aprendí a manejar un carro hasta que tenía 23 cumplidos y,  por cierto, no conseguí una licencia de conducir hasta que llegué a los 30. Si muchos cristianos suelen casarse y convertirse en padres a los veintitantos, yo me casé a los 31 y me convertí en papá a los 32. También obtuve mi diploma de equivalencia de la escuela secundaria a los 32 (comencé a asistir a la universidad esa primera vez sin haber obtenido aún ese diploma; no me preguntes por qué). Comencé a practicar artes marciales a los 46 y hace poco llegué a ser cinturón negro en Tae Kwon Do, a los 54.

Incluso hoy, cuando ya he entrado en la temprana edad madura, sigo preguntándome qué es lo que quiero ser cuando crezca. Y me aferro al sueño de llegar a ser dueño de mi propia casa. ¿Cuál podría ser el sentido, si es que lo pudiese tener, de una vida entera de atrasos y rezagos? ¿Qué valor podría haber en toda una larga vida de vacilaciones y tropiezos, de fracasos seguidos de renovadas intentonas?

Cuando a mis 24 años llegué a creer en Cristo como mi Salvador personal, apenas entendía lo que estaba haciendo. Y luego pasé años esforzándome por comprender las cosas que el Señor y sus ministros me habían enseñado. Ahora, luego de 30 años como cristiano, los últimos de ellos como miembro de una iglesia del Ejército de Salvación, por fin comienzo a entender que Dios es un cariñoso defensor de los rezagados y de los descartados. Él es el Salvador y el Redentor de los perdedores y los temerosos, como aquellos:

  • que no cumplen un sencillo mandamiento, y con ello lo echan todo a perder para sí mismos y para su posteridad
  • que vagan sin rumbo, sin saber hacia dónde van, pero buscando la promesa de una familia y una ciudad propias
  • que mienten y hacen trampa para obtener una ventaja y luego se ven forzados a huir debido a las consecuencias de esos actos
  • que tartamudean cuando hablan
  • que tienen miedo de liderar, luchar y responder al llamado, y que siguen pidiendo más señales
  • que ceden ante el terror, caen en la depresión y se quedan sentados rumiando bajo un árbol
  • que se jactan de que estarán al lado del Señor y luego no lo hacen
  • que se sumen en la duda, negándose a creer a menos que puedan ver y tocar
  • que creen cumplir  la obra de Dios y luego son arrojados de su caballo y se dan cuenta de que habían estado equivocados todo el tiempo

¿Puedes identificar a esos “perdedores y temerosos” de la Biblia? (Al final de este artículo se mencionan en orden sus nombres.)

El Señor nunca me ha rechazado porque tardo demasiado en “caer en cuenta”, cuando se trata de aprender y hacer las cosas más sencillas. He descubierto que Él está dispuesto a llamarme su amigo y su hijo. Y el Señor Jesús me ha enseñado que a pesar de que no soy demasiado rápido ni impresiono a nadie; a pesar de que puedo quedarme sin habla y paralizado cuando estoy bajo presión; a pesar de que a veces soy apresurado y otras veces vacilante; a pesar de que postergo las cosas que debo hacer; a pesar de que a menudo pierdo el tren y no logro llegar a casa hasta tarde, muy tarde en la noche, mi Padre celestial está despierto, velando por mí y esperando hasta que yo finalmente logre llegar.

Y sé además que Él ha dejado la luz encendida para mí.

(“Perdedores” y “temerosos” bíblicos: El rey Saúl, Abraham, Jacob, Moisés, Gedeón, Elías y los apóstoles Pedro, Tomás y Pablo.)

por Soldado David S. Ortiz

Previous post

Edificador extraordinario

Next post

Jesús me cambió