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Música para nuestros oídos

La Navidad para los cristianos es el evento más anticipado por la familia en todo el año. Cuando nuestros hijos eran pequeños manteníamos la costumbre norteamericana de esperar hasta la mañana del 25 de diciembre para abrir los regalos. Por supuesto, los hijos estaban ansiosos de hacerlo, de manera que tempranito recibíamos una llamada a la puerta de nuestro dormitorio  preguntando: “¿Podemos levantarnos ya?”. La casa se llenaba de los gritos entusiasmados al abrir cada regalo. Para nosotros eso era “música para nuestros oídos”. Con el pasar de los años uno por uno salió de casa dejándonos a nosotros, o solos o a veces con la visita de uno o dos de ellos. Como tuvimos el privilegio de haber sido llamados por Dios para servir la mayoría de nuestros años de servicio activo como Oficiales en otros países, a veces muy lejanos, varios años los pasamos solos en la Navidad. Tratando de suavizar la soledad, solíamos invitar a amigos a pasar la Navidad con nosotros. Sin embargo, cada año algo sucedía que para nosotros era sumamente importante. Uno por uno, nuestros hijos nos llamaban por teléfono, lo que era “música para nuestros oídos”.

Dios nos ha bendecido con cinco hijos que, cada uno, tienen un ministerio. La mayor de edad, Linda, es Oficiala salvacionista en el Territorio Sur de Estados Unidos. El segundo, Mark, junto con su esposa está muy activo en la Iglesia Metodista cerca de su casa. Debi, con dos hijas, es enfermera y ministra a sus pacientes en el hospital. Karen, con su esposo y su familia, son salvacionistas muy activos en un Cuerpo  en los suburbios de Chicago. La menor Viki, también es activa en el mismo Cuerpo pero hasta el año pasado cumplió cinco años como maestra en una escuela para hijos de misioneros en Alemania. Nosotros vivimos en el noreste de los Estados Unidos y cerca de nuestro hijo Mark, y la otra parte de la familia vive a una distancia considerable. A veces alcanzamos a reunirnos con uno o dos de ellos pero nunca con todos.  Sin embargo, continúan las llamadas telefónicas, lo que una vez más es “música para nuestros oídos”. En el Evangelio de San Lucas 2:13–14 leemos: “Y repentinamente apareció con el ángel una multitud de las huestes celestiales, que alababan a Dios y decían: ¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres”! Eso era “música para los oídos de los pastores” en medio de las tinieblas nocturnas. Más adelante la Escritura dice que “volvieron los pastores glorificando y alabando a Dios por todas las cosas que habían oído”.

En una ocasión alguien preguntó a la Tte. Coronela Gladys de Rader, madre de cinco hijos que estaban sirviendo a Dios en distintos países (África, India, Sri Lanka y Corea) si  estaría más contenta si los hijos no estuvieran tan lejos. Ella respondió: “Prefiero que estén sirviendo a Dios tan lejos de nosotros que vivan a la vuelta de la esquina en el servicio a Satanás”. Con ese sentimiento estamos de acuerdo. Lejos o cercanos, los nuestros, traen “música a nuestros oídos”.

En esta Navidad, prestemos atención a los ángeles que Dios pone a nuestro lado para compartir el mensaje de las “Buenas Nuevas”. Puede ser que esta sea la “música” que necesitemos oír en el mundo que está en tinieblas espirituales.

por Coronel Frank Payton

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