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Mi testimonio

Nací en Puerto Rico y a la edad de dos años mis padres emigraron a los Estados Unidos. Éramos 9 hermanos, pero dos de ellos fallecieron; murieron cuando yo era muy joven, uno por drogas y el otro por cáncer. Todavía los extraño mucho.

Salimos de Puerto Rico en busca de mejor suerte. Los altos y bajos de la vida nunca derrotaron a mi madre, lo que permitió a mis cinco hermanas poder salir adelante. Mis hermanos son una historia diferente. Llegamos a Estados Unidos cuando aún había racismo y segregación, los puertorriqueños contra los italianos, los italianos contra los afroamericanos, los judíos contra los irlandeses, etc. Eran los días en que todos los que emigraban llegaban a Ellis Island, Nueva York. Tuvimos que aprender a adaptarnos a vivir en medio del racismo y las drogas.

La década del 70 no era tan mala, pero a raíz de la inflación se hizo muy difícil sobrevivir. El alquiler subió y entonces comencé a vender drogas. Hubo un aumento de la delincuencia en todas partes. En la década de los 80 me hundí más profundamente en el tráfico ilegal, llegando al extremo de unirme a las pandillas de Brooklyn.

Cuando llegaron los años 90 ya nada me importaba, me endurecí, me volví cada vez más insensible, hice sufrir a mi familia, estaba constantemente drogado, andaba de pandilla en pandilla; nombra una pandilla y yo probablemente fui miembro de ella. Había un dicho en Nueva York: si quieres la paz prepárate para la guerra, eso es todo lo que había aprendido hasta ese día. Nunca asistí a la iglesia, aunque mi familia lo hacía. Pero encontré a Dios, o mejor dicho, Él me encontró a mí.

Espero que nunca me abandone, estaría perdido sin Él, porque incluso donde hay sólo dos personas que alaban a Dios, Él siempre está presente.

Estoy muy agradecido al Hogar de Hombres del Ejército de Salvación de San Juan, Puerto Rico, porque a través de su ayuda conozco a mi Salvador personal, Jesús, lo que me hace muy feliz. No hay palabras suficientes para expresar mi gratitud por el trabajo que hacen los Mayores Eric e Iris Díaz, por la oportunidad que me brindaron para recuperarme y llegar a comprender que tengo la capacidad de llevar una vida limpia, sobria y saludablemente relacionada. Ya no puedo usar drogas o lastimar a aquellos que me cuidan.

Tengo un nuevo propósito en la vida. Jesús vive en mí y sé que Dios ha perdonado todos mis pecados. Como el apóstol Pablo, buscaré a Dios por el resto de mis días en esta tierra.

Oro para que Dios bendiga a cualquiera que lea mi testimonio y lo inspire a buscar un cambio en su vida. Él puede cambiar tu vida como trasformó la mía. Todo lo que tienes que hacer es recibirlo y caminar en sus pisadas. Él es la belleza de la vida, de mi vida.

por Nelson Miranda Nieves

 

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