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Más que básquetbol

El básquetbol siempre ha sido importante para Isaiah Salafia. Este deporte no sólo lo ayudó a obtener una beca de cuatro años en la Universidad de Yale, sino que además lo conectó con el Ejército de Salvación, donde lidera la iniciativa Sendero de Esperanza (en inglés, Pathway of Hope o POH).

La historia de Salafia comenzó en Cromwell, Connecticut, donde su abuelo, Jake, es un entrenador de básquetbol que ha sido incorporado al Salón de la Fama tras ganar siete campeonatos a nivel estatal; el gimnasio de la Escuela Secundaria de Cromwell lleva el nombre de Jake Salafia.

Por eso mismo, Isaiah  creció escuchando hablar de los grandes logros de su padre, Steve, y de su tío Joe en el básquetbol. Sin embargo, cuando le llegó el turno a él, pudo convertir más puntos y fue titular de más equipos estelares del estado (conocidos en inglés como “All-State”) que su padre o su tío. Además, fue nominado a “Jugador Destacado a Nivel Nacional” (lo que se conoce en EE.UU. con la expresión “All-American”) y ganó un campeonato estatal.

“Tengo más records que todos ellos”, dice Isaiah con una sonrisa. “No dejo de refregarles eso en la cara cada vez que se presenta la oportunidad.

“Fue difícil estar a la altura de las expectativas por mantener en alto el nombre y la tradición de la familia, pero sin duda que esa experiencia contribuyó a que me convirtiera en un individuo maduro más rápidamente”.

La madre de Salafia, Trish, era profesora de inglés y su padre era bombero en Middletown, Connecticut. “Mis padres se aseguraron de que yo me mantuviese bien enfocado. O estaba en el gimnasio practicando básquetbol o tenía un libro en las manos. Tanto mi madre como mi padre me inculcaron el imperativo de buscar un equilibrio entre el deporte y el estudio”, explica.

Esa combinación de cultivo del deporte y del intelecto hizo posible la llegada de Salafia a la Universidad de Yale, donde encestó la primera pelota que lanzó en la escuela superior, un lanzamiento de 3 puntos en el estadio Mohegan Sun Arena.

Sin embargo, ese lanzamiento no fue una señal de lo que sucedería después. En la jugada siguiente, Salafia corrió para alcanzar una pelota perdida, se deslizó por el piso contra otro jugador y sufrió un fuerte golpe en la cabeza.

A medida que avanzaba la temporada de su segundo año de estudio, el tiempo que dedicaba al básquetbol fue disminuyendo.

“No establecí ningún récord en la universidad en lo que al básquetbol se refiere, pero hice muy buenas amistades y conocí a magníficas personas”, cuenta Salafia.

“Todos los que son aceptados a nivel de la primera división son jugadores excepcionales. Algo que fue difícil para mí entender en ese momento es el hecho de que todos nosotros tenemos nuestras identidades. Para mí, mi identidad, con mi formación y mi familia, era la de un jugador de básquetbol”.

Objetivos más altos

Salafia afirma que su experiencia en Yale le enseñó que él es mucho más que un jugador de básquetbol, es alguien que quería destacarse en el mundo.

“Ahí estaba yo, en una de las universidades más prestigiosas del mundo”, cuenta Salafia. “Sobre mis hombros obviamente tengo una cabeza. También soy intelectual y deseo ejercer una influencia positiva en la sociedad. El hecho de cobrar conciencia de que no tengo una identidad unidimensional fue tremendamente importante para mí”.

Con todo, fue el básquetbol lo que ayudó a Salafia a encontrar su primer trabajo fuera de la universidad.

Un verano, mientras se hallaba trabajando en un campamento de básquetbol en la Universidad Wesleyana en Middletown, Connecticut, Salafia entrenó y fue mentor del hijo de Brenda Downing, directora de servicios sociales del Ejército de Salvación en Nueva Inglaterra Sur.

Downing le preguntó a Salafia cuáles eran sus planes después de terminar sus estudios. Había obtenido un grado de bachillerato en psicología, pero vio que las posibilidades de conseguir un trabajo en ese campo específico eran muy limitadas puesto que no contaba con una maestría o un doctorado.

“Así que le dije que quería ejercer un impacto en el mundo de inmediato”, recuerda Salafia.

El año era 2014 y el Ejército de Salvación todavía estaba ayudando a las familias a recuperarse del Huracán Sandy, que había golpeado la Costa Este un año y medio antes. Downing instó a Salafia a postular a un puesto de asistente administrativo.

“Eso me dio la oportunidad que necesitaba y me mostró el profundo impacto que era capaz de tener en individuos y familias con solo sentarme y simplemente escuchar a cada una de esas personas”, dice Salafia.

En 2016, Salafia fue nombrado coordinador regional de la División de Nueva Inglaterra Sur de la iniciativa Sendero de Esperanza del Ejército de Salvación. En febrero de este año, se convirtió en coordinador de ese programa para todo el Territorio Este.

“Pasar de gerente en casos de desastres a coordinador regional para Sendero de Esperanza me permitió ejercer una mayor influencia en las políticas y procedimientos”, explica. “Y este paso que ahora doy es algo muy parecido.

“Aun cuando no estoy trabajando con las familias en el campo de batalla, lo que obviamente es algo muy gratificante, me pareció que podría ejercer un mayor impacto aplicando la perspectiva y la experiencia que he podido acumular trabajando en un puesto administrativo”.

Un nuevo desafío

Salafia, de 26 años, tendrá ahora la oportunidad de ejercer todos los días un impacto en los demás como coordinador de Sendero de Esperanza. Esta iniciativa está diseñada para ayudar a que las personas que han vuelto a optar por ayuda de emergencia puedan ir esta vez más allá de su situación de crisis y superar las barreras que las mantienen en la pobreza.

Gracias a su experiencia en esta área, Salafia dice que mucha gente podría pensar que las familias pobres carecen de “garra” o motivación para superar sus circunstancias, pero él cree que de lo que realmente carecen es de oportunidades.

“Eso es algo que se me ha inculcado gracias a la buena fortuna que he tenido”, explica. “Me fueron dadas grandes oportunidades. Veo a otras personas que son tanto o más capaces que yo de alcanzar grandes logros, pero nunca se les ha dado una oportunidad hasta ahora. Verlos aprovechar esa oportunidad y medrar gracias a su esfuerzo ha sido algo tremendo para mí. Por lo mismo, es un trabajo muy motivador.

“Quizás no voy a cambiar al mundo. Tal vez sólo llegue a cambiarle la vida a solo una persona, pero quizás baste con eso. Puedo venir aquí al Cuerpo local, sentarme con una familia y marcar una diferencia importante en sus vidas. ¿Por qué no va a ser eso suficiente? A mí me parece que lo es”.

El mundo real

Al poco tiempo de llegar a New Haven para comenzar su primer año de universidad, Salafia aprendió una valiosa lección sobre la pobreza. Conoció un día a una señora que caminaba por la calle con un bastón. Ella le dijo que tenía que cobrar un cheque, pero no quería caminar seis cuadras hasta la empresa Western Union.

El benévolo Salafia cobró el cheque por ella, pero de inmediato se dio cuenta de que se trataba de un cheque falso. Su gesto de ayuda le costó nada menos que 700 dólares.

“Me sentí muy molesto por varios días. Tres semanas después, volví a ver a la señora en la calle, esta vez sin su abrigo”, recuerda. “Me di cuenta de que, si ella podía hacer mejor uso de esos 700 dólares que yo, entonces era mejor que ella los tuviera.

“Al principio sentí algo así como una conmoción cultural, pero resulta que también ha sido iluminador y revelador aprender cuánta necesidad hay en el mundo y la manera en que podemos responder constructivamente muchas veces sin siquiera saberlo”.

Habiendo cursado una licenciatura en Yale, Salafia sabe que podría ganar más dinero en el sector privado, pero eso claramente no es lo que lo motiva.

“Hay cosas que valoro más que la estabilidad económica y una de ellas es influir en la sociedad”, dice Salafia. “Soy suficientemente joven como para creer que podemos hacer una labor genuina que se distinga en nuestra comunidad.

“Solemos pensar que queremos o necesitamos algo. Está en la naturaleza humana desear cosas, pero pienso que si quieres cambiar o deseas ejercer algún impacto en la sociedad, eso es más beneficioso que cualquier cosa material que puedas llegar a tener”.

Entretanto, Salafia dice que los empleadores no sólo están en busca de un grado universitario de calidad, sino también de experiencia. Ellos saben que van a conseguir esto último contratando a alguien que haya formado parte del Ejército de Salvación.

“Esta experiencia en el Ejército de Salvación,  es algo que no tiene precio”, afirma. “No todo en la vida tiene que ver con el dinero; más bien, tiene que ver con la experiencia. Jamás sacrificaría mi propio desarrollo por dinero. Eso es algo que no vale la pena.

“Soy un hombre con pocas necesidades materiales. La verdad es que no necesito mucho para vivir. Necesito un techo bajo el cual pueda dormir. Necesito un buen libro y unas personas que me quieran. Tengo un gran sistema de apoyo en mi familia”.

Salafia dice que aun cuando adora al Señor en el Ejército de Salvación, otro sistema de apoyo y un gran motivador para él es su fe católica. Mientras cursaba en inglés la escuela intermedia, sirvió en el Consejo Parroquial en la iglesia de su localidad.

Lo que lo motiva

“Es ahí donde ubicaría mi deseo de ejercer un impacto positivo en el mundo y de ayudar a la gente”, expresa. “Todo eso me ha sido inculcado a través de mi fe. Mi fe lo es todo. Es mi impulsor más profundo. Es mi fortaleza. Es mi roca.

“Si no tienes el impulsor de la fe, es fácil decir: ‘¿Por qué? ¿Por qué estoy haciendo esto?’ Sin embargo, si tienes fe y sabes que sirve a un propósito —y no sólo a mi propio propósito, sino a uno mucho mayor— entonces ¿cómo va flaquear tu motivación? Es tu responsabilidad actuar. Y mi fe me ha inculcado ese sentido de responsabilidad”.

Salafia afirma que cada día que pasa percibe la evidencia del impacto eterno que está efectuando en los demás. Una mujer que es ayudada a través de Sendero de Esperanza trae a sus hijos al Cuerpo de New Haven.

“Si podemos hacer ese tipo de cosas presentándonos al trabajo cada día, me sentiré feliz  y ansioso de ir a trabajar todos los días, sin excepción”, explica Salafia. “Lo decisivo para mí es que no quiero un trabajo en el que cuando suene la alarma del reloj por la mañana me pregunte: ‘¿Cómo voy a hacer para seguir aguantando esto?’ Yo no tengo ese problema; todo lo contrario. Cuando regreso a la oficina sabiendo que he hecho algo significativo, eso para mí no tiene precio.

“El solo hecho de ver a dos niños que nunca antes han leído ni escuchado recitar la Escritura sentarse a escuchar lecturas de pasajes bíblicos es para mí una tremenda satisfacción”, dice Salafia. “¿Qué mejor tipo de impacto que ese puedes aspirar a aportar en la sociedad?”

Por Robert Mitchell

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