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Los sabios le adoran

¿Conoces la historia de Navidad? Jesús, el Hijo de Dios, se hizo hombre. Las profecías del Antiguo Testamento narraron con detalles el nacimiento del Mesías prometido: Nacería de una virgen y sería llamado Emanuel, que significa Dios con nosotros (Isaías 7:14); nacería en Belén de Judá (Miqueas 5:2). Siendo Rey, nació no en palacio, sino en un pesebre, como parte de una familia pobre. Al nacer, el ángel del Señor anunció a los más humildes de la sociedad, los pastores de la región, las buenas de gran gozo: que había nacido en la ciudad de David el Salvador de la humanidad. Al anuncio del ángel, siguieron alabanzas de huestes celestiales que decían: “¡Gloria a Dios en las alturas, y en la tierra paz, buena voluntad para con los hombres!” (Lucas 2:11-14).

Muchos de los villancicos navideños, narran detalles de la historia de Navidad.   ¿Has cantado “Gloria en las alturas al Hijo de Dios… a Belén a Belén pastores, a Belén a Belén llegaron… noche de paz, noche de amor… entre los astros que esparcen su luz bella anunciando al niñito Jesús; brilla la Estrella de paz, brilla la Estrella de paz… los reyes que llegaron a Belén… de tierras lejanas…? 

¿Quiénes fueron esos reyes? Nos dice Mateo que eran unos magos de oriente.  Eran estudiosos y reconocieron que las profecías sobre el nacimiento del Mesías se estaban cumpliendo. Así que emprendieron camino a Belén guiados por la estrella que los llevó hasta donde estaba el niño.

Al llegar donde estaba Jesús, reconocieron que ese niño era el Rey de los judíos y que era merecedor de adoración. Nos dice Mateo 2:11: “Y al entrar en la casa, vieron al niño con su madre María, y postrándose, lo adoraron; y abriendo sus tesoros le ofrecieron presentes: oro, incienso y mirra”.

El hecho de que esos sabios se postraran es significativo. Postrarse es una posición de rendición. Es un acto de reverencia en señal de respeto y de humillación. Para venir a Jesús, necesitamos reconocer que Él es Dios y debemos rendirnos ante Él. 

Para muchos, la Navidad es sinónimo de regalos. Desafortunadamente, la temporada navideña se ha comercializado a tal punto que, a menudo, se menosprecia la intención de regalar y se exalta la competencia por el “mejor regalo”. Los sabios de oriente ofrecieron no solo lo mejor de lo que tenían, además entendían el propósito de cada uno de sus regalos. ¿Sabes tú por qué regalas?

Los reyes magos le regalaron a Jesús oro, en reconocimiento a la realeza del Hijo de Dios. Además, le ofrecieron incienso y mirra, reconociendo que Jesús era el Sumo Sacerdote que haría el sacrificio perfecto por la humanidad (Hebreos 5). 

En la historia de la Navidad, lo más importante de esos sabios de oriente es que reconocieron quién era Jesús, por lo que lo adoraron. ¿Lo reconoces tú? ¿Te consideras sabio? El principio de la sabiduría es el temor de Dios (Proverbios 1:7). 

Al igual que los reyes magos, regálale a Dios lo mejor de ti. Regocíjate en alabanza por la razón de la Navidad: que el Mesías nacido nos abrió la puerta a Dios. Por eso, al igual que los sabios de oriente, anuncia esta maravillosa verdad a todos los que te rodeen. Cántalo como dice el villancico: “Los reyes que llegaron a Belén, anunciando la llegada del Mesías, y nosotros con alegría la anunciamos hoy también”.

Por: Mayores Janet y Samuel González

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