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Los rompemaldiciones

Osvaldo e Iliana Rivera

Durante años, el abuso de sustancias adictivas deterioró las vidas de Iliana y Osvaldo “Ozzie” Rivera. Ahora, como soldados del Ejército de Salvación, conversan sobre cómo se conocieron y la obra que realizan para ayudar a romper la maldición generacional de la adicción.

Iliana Rivera: En la década de 1950, cuando mi familia llegó de Puerto Rico, mis padres se hicieron adictos a la heroína. Más tarde se divorciaron y yo dividía mi tiempo entre mi madre, que vivía en Brooklyn, Nueva York, y mi padre, que residía en Worcester, Massachusetts. Por mi parte, también consumía drogas fuertes y quedé embarazada de mi primera hija a los 15 años. Tuve tres hijos más después, dos de los cuales son gemelos. Vivimos a todo lo largo de la Costa Este mudándonos de un estado a otro: Massachusetts, Florida, Nueva Jersey y Brooklyn, Nueva York. Mis hijos se habían vuelto difíciles. Afectados por mi adicción a las drogas, comenzaron a sufrir problemas conductuales y mentales. El hecho de mudarnos de un lugar a otro tan seguido me hizo imposible la tarea de proveerles el hogar estable que necesitaban desesperadamente.

Osvaldo Rivera: Yo me crié en una plantación de azúcar en Caguas, Puerto Rico. Era el mayor de 16 hijos. Mi madre me tuvo cuando todavía cursaba la escuela secundaria. A los 15 años, ya consumía drogas y alcohol. Al cumplir los 23, mis dos hermanos menores y yo ya éramos drogadictos. Fuimos enviados a Worcester, Massachusetts, a vivir con unos parientes. Por desdicha, esa experiencia no duró mucho. Al poco tiempo, la familia nos echó y quedamos en la calle. A pesar de que seguía usando drogas, me parecía que mi adicción no era tan descontrolada como la de mis hermanos. Aunque pensaba que los podía ayudar, la verdad era que yo mismo necesitaba ayuda. El alcohol le quitó la vida a uno de mis hermanos y el otro murió por su adicción a la heroína, a los 18 años.

Iliana: Mi madre y mi hermana se encargaron de mí. Mis hijos se fueron a vivir con ellas y no me permitieron reunirme con ellos hasta que estuviera recuperada. El deseo de volverlos a tener me hizo entrar al programa de rehabilitación y finalizarlo. Mi padre y su esposa me ayudaron luego a ingresar a otro programa en el que permitieron que mis hijos vivieran conmigo mientras continuaba el proceso de recuperación. En esa época, mi hija mayor —de 15 años—, quedó embarazada, como me sucedió a su misma edad. Cuando su bebé cumplió tres meses de edad, los dos se mudaron conmigo y mis otros hijos. Cuatro de ellos y un nieto vivieron conmigo en un programa de recuperación. Para ese entonces, yo ya había cumplido 32 años.

Osvaldo: En 1978, yo vivía en las calles de Massachusetts. Mi adicción alcanzó el punto en que ni siquiera era capaz de sobrevivir a la indigencia. De 1978 a 1992 —15 años— estuve en las calles o en la cárcel. En 1994, el tribunal de justicia me forzó a ingresar a un programa de rehabilitación y puedo decir que logré completarlo. Fue en esa época que conocí a Iliana a través de su familia, que vivía en Worcester. Era el momento justo para que llegásemos el uno a la vida del otro; ya estábamos lo suficientemente sanos como para apreciar lo que nos podíamos ofrecer mutuamente.

Iliana: Tras abstenerme de consumir drogas durante un año, trabajé como voluntaria en una clínica de recuperación. Eso hizo que quisiera emprender una carrera en que pudiera ayudar a las personas que luchaban contra sus adicciones, como pasó conmigo. Regresé a la escuela y me gradué de secundaria. Ozzie también volvió a la escuela. Decidimos estudiar juntos, apoyándonos uno al otro, mientras nuestra relación crecía.

Osvaldo: Trabajé en Casa Esperanza, el centro en el que me había rehabilitado. También hice una pasantía en la Universidad de Massachusetts. Iliana trabajaba en los programas femeninos de la ciudad de Boston y asistía a Northeastern University. Los dos trabajábamos y estudiábamos a tiempo completo. Pese a lo ocupados que estábamos, nos dimos uno al otro algo que ninguno de los dos habíamos tenido antes: estabilidad.

Iliana: Ozzie se comportó como un ángel conmigo y mis hijos, que lo amaron de inmediato. Asistimos juntos a terapia acompañados de los hijos de Ozzie. A pesar de todo el trauma de nuestras vidas, nos convertimos en una familia. Cuando al fin conseguí mi título de secundaria, mi padre me regaló un carro muy viejo y muy feo. Yo no sabía nada de autos; jamás había tenido licencia de conducir. Ozzie lo arregló para que yo pudiera manejar a la escuela y al trabajo. Era de color amarillo bastante chillón y tenía un agujero en el tanque de la gasolina. Si le ponía 10 dólares de gasolina, se iban por aquel agujero. Ozzie lo apodó el “Bote Banana”, pero yo estaba orgullosa del carro y de Ozzie.

Osvaldo: Para una de mis clases en la universidad, hice un estudio de caso sobre Iliana. Cuando le presenté mi informe final al profesor, me recomendó que no me casara con esa mujer. “Te va a dar muchos problemas”, me dijo. No me sorprendió escuchar eso, pues es exactamente lo que el padre de Iliana le había advertido a ella sobre mí. Me alegra que ninguno de los dos prestáramos atención a esas advertencias.

Iliana: Los clientes en situación de calle de los centros ambulatorios con los que Ozzie trabajaba fueron quienes lo llevaron a conocer el Cuerpo Hispano Central de Boston, del Ejército de Salvación. Hablaban muy bien del ministerio que realizaban los Mayores Elizur y Mayra Vásquez debido a la gran ayuda que recibían los clientes. Cuando Ozzie visitó el Cuerpo por primera vez en 2013, se enamoró de la congregación.

Osvaldo: Sin embargo, ese año los doctores le diagnosticaron cáncer a Iliana. Ella se estaba recuperando de una importante cirugía cuando el Cuerpo la invitó a un retiro de mujeres en Pensilvania. La Mayora Mayra, que quería conocer a Iliana, dijo que ella no tenía que hacer nada. Es difícil decirle no a una persona tan bondadosa como ella, así que Iliana aceptó la invitación y fue a verla. La Mayora fue la compañera de cuarto de Iliana en el retiro y cuidó de ella todo el tiempo. A partir de ese día, hemos estado dedicados al Cuerpo, donde llegamos a ser soldados. Después de visitar el Cuerpo de Bayamón, en Puerto Rico, vemos ahora que podemos ayudar al Ejército en nuestro país natal. Ayudar a las personas a luchar contra sus adicciones es algo que seguiremos haciendo una vez que pasemos a retiro.

Iliana: Dios nos libró del sufrimiento para que pudiésemos compartir nuestro testimonio con personas que han vivido un dolor similar. Sé que la tarea de criar hijos puede desencadenar una recaída. A fin de alentar a las mujeres a las que aconsejo, les cuento las luchas que viví. Les digo: “Si yo llegué a ser lo que soy hoy a pesar de tener una adicción, cuatro hijos y un nieto, ustedes también pueden hacerlo”.

Osvaldo: En la actualidad, trabajo como orientador en un programa de salud y recuperación para hombres. He visto que el plan de Dios también incluye Su sentido del humor e ironía. Aunque me comprometí a no pisar nunca más el interior de una prisión, ahora regreso a esas cárceles a hablarles a los internos. Iliana también ha regresado al centro de recuperación pero ahora como directora, para ayudar a las mujeres y a las madres que se encuentran en la misma situación que ella vivió en el pasado.

Una vez que tomamos la decisión de tener una vida inspirada por un propósito en nombre de Dios, Él nos guió y nos llevó a conocer a las personas que necesitábamos conocer en el momento perfecto.

Entrevista realizada por Hugo Bravo

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