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Lloré

Soy el hijo de mi padre; comparto con él rasgos de su personalidad, en especial la capacidad de permanecer calmado y paciente en medio de la agitación. Y en mi vida, he enfrentado mucho de esto. El tiempo más difícil para mí, sin embargo, ocurrió entre 1997 y 1999.

Sucedió al inicio de mi segundo matrimonio con Julie. Durante mi primer matrimonio tuve una hija, Rebekah. La bebé nació seis semanas prematura y pesó tres libras y quince onzas. Cuando mi primera esposa y yo nos divorciamos no fue un proceso amistoso. Por muchos años no tuve contacto con mi hija. En un punto de la historia, la situación de mi ex esposa con el Estado de Colorado se complicó y eso llevó a que le revocaran sus derechos parentales. Dado que su hijo no era mío, contraté a un abogado que me dijo que no tenía mucha probabilidad de ganar el caso. Sin embargo, si vivía en Colorado había una pequeña posibilidad de ganarlo, pero de otra forma, era imposible. Entonces renuncié a mi trabajo y me mudé allá. Estábamos empezando de cero. Nos tomó unos meses adaptarnos, conseguir trabajo y un lugar para vivir. Pero nos llevó otro año completo cerrar el caso. A través de todo eso me mantuve calmado y sereno. No dejé que mis emociones sacaran lo mejor de mí. Sabía que eso sólo le daría al juez razones y justificaciones para tomar una decisión contraria a mí. No obstante, al final, él falló en contra de los dos, mi ex esposa por abandono y descuido de la niña y en mi caso, ellos no quisieron separar a mi hija de su madre.

Aquel día, luego de salir de la corte, volvimos a casa en el auto. Cuando finalmente estuvimos en la entrada de la casa, me quebranté. Lloré. Mi esposa Julie dio la vuelta al auto y me contuvo mientras lloraba. Ella me confortó y se quedó a mi lado hasta que me sentí con fuerzas suficientes para salir del auto. Por un momento me enojé conmigo mismo por haber perdido el control. Pero una pequeña voz me recordó que Jesús también había llorado. Juan 11:35: “Jesús lloró”, es el versículo más corto de la Biblia. Y aún así habla mucho.

Jesús tenía sus razones para retrasar su regreso al lado de Lázaro. Sabemos que deliberadamente se atrasó para mostrar el poder de Dios. Y aún así, él amaba a Lázaro. Al escuchar de su muerte lo imagino con sus ropas rasgadas y con ceniza sobre su cabeza, como era la costumbre en Israel, al momento de mostrar dolor. Realmente creo que fue así como sucedió, ya que el primer comentario luego del versículo 35 fue: “Vean cuánto le amaba”.

Cristo nunca se desvió del plan de Dios. De igual manera,  nunca dejó que eso le impidiera expresar sus emociones. También recuerdo su rabia hacia los prestamistas en el templo o sus frecuentes frustraciones con sus discípulos. Sus emociones fueron una parte de su maquillaje. No sólo su posición como parte de la Deidad, sino también como ser humano. Somos llamados a ser más y más como él, tanto en lo sagrado como en lo humano. Por supuesto que nunca podremos llegar al nivel de Su perfección, pero tenemos que esforzarnos. La Biblia nos dice que “hay un tiempo para todo”, y eso se aplica a nuestras emociones. Dios nos hizo y nuestras emociones son parte de lo que  Él creó.

Aquel día, en ese auto, marcó un punto muy bajo en mi vida, pero Dios no me dejó allí. Aun cuando el tribunal tomó su decisión, pude mantener contacto con Rebekah. Ella y su hermano fueron adoptados por su familia sustituta, una buena pareja cristiana, y su agitación menguó. Cuando cumplió 18 años, ella regresó a vivir conmigo.

Rebekah tiene ahora 27 años y vive al otro lado del país. Algunas de las decisiones que ha tomado en su vida, no las comparto, pero aún así la amo. Hablamos lo suficientemente a menudo para saber que ella también me ama. Ha sido un camino difícil para todos nosotros  y sin duda nos ha marcado. Pero, gloria a Dios, veo Su mano cuando me acerco a ella y ella se acerca a mí.

por Mark Payton

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