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Puerto Rico, un año después de la tempestad

El mes de septiembre del año pasado, el huracán María dejó al Estado Libre Asociado de Puerto Rico y a 3 millones de sus ciudadanos sin energía eléctrica, con escasez de suministros y daños permanentes en sus residencias, infraestructuras y cultivos agrícolas. El huracán de categoría 5, que causó casi 100 mil millones de dólares en daños, trajo consigo vientos de entre 175 y 200 millas por hora, 20 pulgadas de lluvia, constituyéndose en la peor tormenta que azotó a esta isla del Caribe en un siglo. El gobierno puertorriqueño anunció en agosto que 1.427 personas murieron a causa del huracán. La Mayora Yolanda Rodríguez, líder de la División de Puerto Rico e Islas Vírgenes, con sede en San Juan, recuerda: “Tras el paso del huracán, no sabíamos si nuestros oficiales estaban vivos. No teníamos manera de comunicarnos con ellos. No había comunicación”.

Los habitantes de Puerto Rico han perdido hogares, trabajos, pertenencias y hasta sus seres queridos a causa de la tempestad, pero su fe en Dios los ha ayudado a triunfar.


San Juan

Los mayores Eric y Yolanda Rodríguez, líderes de la División de Puerto Rico e Islas Vírgenes desde 2016, han vivido el paso de cinco huracanes. Pero el huracán María, que azotó la isla en septiembre pasado, fue el peor.

“Nada se compara con María”, dice el Mayor Eric. “Estar en medio de esa tempestad fue una de las cosas más aterradoras que jamás he vivido”.

Los Rodríguez pasaron la tormenta en su casa y se asombraron, cuando pudieron salir, al constatar los daños.

“Fue devastador”, dice Eric. “Pasamos por áreas en las que parecía haber caído una bomba atómica. Pequeños riachuelos se habían transformado en enormes ríos”.

La Mayora Yolanda dice que ella y Eric condujeron para visitar a los oficiales del Ejército de Salvación.

Eric y Yolanda tardaron semanas en visitar a algunos de los oficiales; pasó todo un mes antes que supieran que el oficial de St. Croix se encontraba bien.

Algunas instalaciones del Ejército de Salvación sufrieron daños. El edificio en Humacao, ubicado al oriente de la isla, quedó destruido; los oficiales de St. Thomas perdieron su casa.

“Seguimos enfrentando problemas con muchas de nuestras propiedades en toda la isla”, dijo Eric. “Poco a poco hemos estado progresando. Deseo que podamos hacer las cosas más rápido”.

Yolanda dice que la recuperación ha sido “lenta” y que tardaron meses en recibir algo de ayuda federal.

“Las cosas han sido desafiantes”, explica. “Tenemos muchas personas que aún no tienen viviendas. Muchos todavía no cuentan con energía eléctrica”.

Al interior de la isla, en la zona montañosa, miles de personas siguen sin energía eléctrica, incluidos algunos parientes de Eric.

“Muchas personas todavía sufren y están pasando por una situación tremendamente difícil”, cuenta Eric.

“Hoy se habla de Puerto Rico antes de María y Puerto Rico después de María”, comenta Yolanda. “La gente reconoce que el Ejército ha hecho un trabajo fantástico. La misión del Ejército se ha cumplido muy bien, no hay duda al respecto.

“Seguimos ayudando a la gente. La verdad es que, si no tienes electricidad, necesitas alimentos y productos que no requieran refrigeración. También necesitas agua y hay algunos lugares donde no la hay. Se trata de una situación que ha sido y sigue siendo muy difícil”.

Eric dice que el huracán María, con todo lo catastrófico que fue, brindó una “gran oportunidad para servir”.

“Yo diría que el Ejército de Salvación hoy es más reconocido que en el pasado”, dice. “La gente sabe que nos preocupamos por ellos y que estamos aquí para ofrecerles apoyo”.

Muchas casas perdieron sus techos. Una vez que estos sean reemplazados, el Ejército de Salvación ayudará con el resto. El Ejército ha destinado 7 millones de dólares para la compra, durante los próximos tres años, de electrodomésticos y muebles.

“Hay otras organizaciones que han estado ayudando a reconstruir las casas”, afirma Rodríguez. “Nuestro plan consiste en ayudarlos a amoblar sus hogares.

“Hemos tenido la oportunidad de alentar, motivar y dar una mano, especialmente a aquellos que han perdido toda esperanza. Estamos llevando esperanza a las personas y mostrándoles que sigue habiendo quienes se preocupan por ellos”.

Los Rodríguez dicen que el Ejército de Salvación es reconocido como una fuente de esperanza y ayuda en la isla. La gente se acerca a Yolanda en la calle para expresarle su agradecimiento.

“Se echan a llorar y me abrazan”, dice. “Les decimos: ‘Hicimos lo que es nuestro deber’. Nuestros oficiales han hecho un trabajo maravilloso, trabajando desde el día siguiente del paso del huracán”.

En los días y semanas posteriores, Eric y Yolanda predicaron sermones de aliento y esperanza enfocados en la misericordia y la protección de Dios.

“Puedo afirmar que, incluso en medio de esas enormes dificultades, maduramos como cristianos”, cuenta Yolanda. “Lo único que tienes es tu confianza en el Señor. Hemos visto Sus misericordias, Su compasión y Su bondad para con nosotros. Él nos ha provisto todo lo que hemos necesitado.

“Ahora somos un pueblo diferente. Entendemos, verdaderamente, el poder del Señor en un sentido real. Sentimos el poder de las oraciones de los que oran por nosotros”.

Eric concuerda y añade: “Incluso en medio de la tempestad, Él estaba cuidándonos. Dios ha sido fiel, de eso no hay duda”.

 

Alexa Rentas e Israel Cintrón han criado a sus hijos Lixandra, Xavier y Jackeline para que amen y confíen en el Señor, especialmente en tiempos en que su fe podría ser probada.

“Si le das gracias al Señor en tus días de abundancia, harás lo mismo en tus días de escasez”, solía reflexionar Alexa.

Esta lección permaneció con la familia durante el paso del huracán María mientras huían de su hogar en Santurce, Puerto Rico, para refugiarse en un motel. Tres días más tarde, la familia se estaba quedando sin suministros y alimentos.

“Llegamos al motel con casi 30 dólares en el bolsillo. Debido a los apagones eléctricos, ninguno de los negocios aceptaba tarjetas de crédito. Eso fue algo que muchos no esperábamos, incluidos nosotros”, recuerda Israel.

Su casa en Santurce quedó destruida e Israel quedó sin trabajo; el balneario donde trabajaba, El Conquistador, cerró sus puertas. Varios de sus parientes los invitaron a quedarse en sus casas, pero en espacios reducidos, por lo que sólo los niños pudieron alojarse con ellos. Durante varios días, Alexa e Israel durmieron en su auto y se duchaban en los vestuarios públicos junto a la playa. Cuando la familia se vio necesitada de comida, visitaron por primera vez el Cuerpo del Ejército de Salvación en San Juan, con la esperanza de que al menos sus hijos pudiesen comer algo.

Al momento de sentarse a comer, Israel y Alexa notaron que había varias personas haciendo fila en nombre de otros que estaban demasiado débiles para permanecer de pie por largo rato. Las familias compartían sus porciones de comida con otras familias. Voluntarios y oficiales del Ejército hacían su trabajo con sus rostros sonrientes, incluso cuando la gente que hacía fila se ponía a discutir. Los voluntarios del Cuerpo entendían que todos estaban hambrientos y que se sentían frustrados e inseguros en cuanto a lo que el futuro les depararía.

Israel sintió un profundo agradecimiento por estar entre aquellos que recibían ayuda. Así que se volvió hacia Alexa y le dijo que también quería trabajar allí como voluntario. Su hija Lixandra le dijo a su padre: “Si tú vas a ayudar, yo también”.

Muy pronto, los niños buscaban maneras de servir junto a su padre. Abrían las cajas, servían la comida y limpiaban las mesas. Alexa, que se recuperaba de una lesión, ayudaba hablando con las familias que llegaban en busca de servicios útiles.

“La mejor manera de mostrar que amas a Dios es mostrar que amas a los demás”, explica Alexa.

Hoy, la familia vive en un nuevo apartamento. Israel halló un trabajo más cerca de casa, lo que le permite a la familia dedicar más tiempo al Cuerpo de San Juan y a ayudar a los demás.

“Aun cuando nos estamos preparando para la siguiente temporada de huracanes y guardando alimento en recipientes fáciles de mover, sabemos que no hay manera de evitar un fenómeno como María”, reflexiona Alexa. “La vida está hecha de altibajos y de momentos felices. Pero Dios no nos olvida ni nos abandona en ninguno de esos momentos”.

Israel cree que la unidad y la humanidad que acogió y le dio alimento a la familia en el Cuerpo de San Juan es algo que Puerto Rico necesita actualmente.

“Una de las historias más conmovedoras que escuché al conversar con los sobrevivientes fue que cuando aquellos que vivían en apartamentos salieron afuera tras el paso de la tempestad, se sentaron en los techos y en los balcones de sus edificios y conocieron a sus vecinos por primera vez”, cuenta Israel. “La gente se sintió más unida que nunca, a pesar de que por años ni siquiera supieron los nombres de los demás”.

Arecibo

Cuando Glenda Torres supo que el huracán María estaba a punto de azotar la isla, reunió todos los archivos importantes que pudo hallar y se fue con sus dos hijas, Nairobi y Krista, a quedarse en la casa de una amiga. Ella oró pidiendo que su casa siguiese en pie cuando regresara al día siguiente.

“Al doblar de la calle, pude ver que mi casa seguía en pie, pero el techo fue arrancado por las ráfagas del huracán”, recuerda Glenda. “Mis hijas y yo lloramos mucho en ese terrible momento”.

La Tenienta Xiomara Berberena, oficiala directiva del Cuerpo de Arecibo del Ejército de Salvación, fue un gran apoyo para la familia. “Recuerdo que abracé a Glenda y le dije que contaran con nosotros”, dijo Berberena. “¿Qué le dices a alguien que ha perdido su casa de un día para otro? Le recuerdas que puede confiar en Dios; Él hallaría la manera de darles fuerza y de levantarlas”.

En el Cuerpo de Arecibo, al que Glenda y sus hijas asisten, se ofrecieron de voluntarias para ayudar a la gente que también se vio afectada por la tempestad.

“No queríamos gastar tiempo pensando en todo lo que habíamos perdido. Al contrario, queríamos ayudar a quienes habían perdido aun más que nosotros”, explica Glenda.

A Berberena la conmovió la manera en que las hijas de Glenda se preocupaban por participar activamente en los esfuerzos del Cuerpo para servir a la comunidad. Un día después del paso del huracán, ayudaron a su madre a distribuir comida.

“Mientras Krista empacaba y desempacaba cajas, Nairobi les hablaba a las personas que venían en busca de ayuda. Entretanto, anotaba su información personal para que pudiesen seguir recibiendo recursos en adelante. Verlas servir con sonrisas en sus rostros fue maravilloso”, dice Berberena.

“A pesar de que las chicas habían sufrido sus propias pérdidas, querían bendecir a los demás”.

Glenda abriga la esperanza de hacer las reparaciones que su casa necesita. Incluso con ayuda financiera proveniente de la Agencia Federal de Administración de Emergencias (FEMA, por sus siglas en inglés), la restauración ha resultado muy costosa. Ella quiere que la casa vuelva a ser habitable; de modo que otros miembros de su familia puedan recibir su ayuda si necesitan un lugar donde vivir.

“Después de la tormenta, he visto al pueblo puertorriqueño extenderle la mano a los demás como nunca antes. Siempre nos hemos apoyado unos a otros. Pero ahora, lo veo más; incluso a un año de María”, dice Glenda. “Física y espiritualmente, nuestra isla quedó devastada. Pero poco a poco, por la gracia de Dios, nos estamos volviendo a levantar”.

Fajardo

Dado que sobrevivió a la tempestad, la casa de Magdalena Rodríguez se convirtió en una parada alterna para estacionar los camiones de los Servicios de Emergencia y Desastres (EDS, por sus siglas en inglés) cuando el Cuerpo local no era lo suficientemente grande para alojar a todos los que se necesitaba. Ella y su esposo Germán, ambos soldados del Cuerpo de Fajardo, mantenían los camiones limpios y los conducían hasta el Cuerpo cada mañana. Germán era la única persona en el Cuerpo (además de los oficiales) con licencia para operar esos vehículos.

“Tras el paso del huracán, el Cuerpo quedó completamente devastado. Las paredes cedieron, las puertas se rompieron y la tienda quedó inundada”, cuenta Magdalena. “Tuvimos que esperar un poco de tiempo antes de ponernos a limpiar la tienda y recibir los suministros para distribuirlos a los necesitados. Pero una vez que comenzamos el trabajo, pusimos todo de nuestra parte y lo hicimos en nombre de Dios”.

Ella recuerda el regocijo que sintió al poder entregar suministros y provisiones a las familias que los necesitaban. “Las grandes tiendas estaban limitando lo que las personas podían comprar. No sólo comida, sino cosas como pañales también. Las familias acudían a nosotros cuando necesitaban más de lo que las tiendas les podían ofrecer”.

Sin embargo, mientras la familia Rodríguez trabajaba, les sobrevino una tragedia inesperada. Germán, que sufría de Lupus y de una enfermedad crónica en los riñones, contrajo una infección de una fuente de agua contaminada que había quedado en la isla tras el paso de la tormenta.

“Su función renal bajó de 40 a 27 por ciento”, cuenta Magdalena. “Yo sabía que no sólo se estaba sintiendo mal, aun cuando se esforzaba por trabajar. Cuando empezó a quedarse en casa los domingos, fue cuando me percaté de lo serio de su condición. A él le encantaba estar en la iglesia”.

La víspera de Navidad en 2017, a sólo meses del paso del huracán María, Germán Rodríguez falleció. Fue uno de los muchos puertorriqueños que perdieron la vida tras el paso del huracán María.

Antes de caer en coma, Germán le pidió a su esposa que le contara lo último que sabía del Cuerpo. Quería saber si los oficiales estaban recibiendo la ayuda que requerían. “Germán permaneció al servicio del Señor en todo momento mientras estuvo despierto y consciente”, informó Magdalena. “Confío en que sigue al servicio del Señor, aun en este momento”.

El primero de enero, mientras ella y su hijo Ángel visitaban a Christian, su hijo mayor, en Texas, Magdalena pensó en comenzar una nueva vida en los Estados Unidos, lejos de Puerto Rico, como tantos lo habían hecho después de la tempestad. Pero mientras ella oraba y leía su Biblia, sintió la presencia de Dios más fuerte que nunca. Aquello le hizo reflexionar que el corazón de su familia todavía estaba en Puerto Rico y que, incluso bajo las circunstancias más dolorosas, Dios permanecería siempre a su lado.

Magdalena piensa volver a Puerto Rico y seguir en el Cuerpo de Fajardo. Continuará el trabajo de Germán, que había dedicado su vida al Señor y a su familia.

“Todavía queda mucho trabajo por hacer. Pero yo sé que con Dios podré superar esto y que Puerto Rico también lo hará”.

Ponce

Wilfredo Colón Medina y Rachel M. Arroyo Muñoz se sentían confiados en que su casa en Juana Díaz, Puerto Rico, sobreviviría la noche en que pasó María. Ya había sobrevivido a varias temporadas de huracanes en el pasado.

Pero hacia las 8:30 de la mañana siguiente, el agua en el interior de su casa les llegaba hasta las rodillas. Un río se había desbordado, la tubería de un sistema de alcantarillado se había roto por la intensa presión y la lluvia seguía precipitándose. La pareja, junto con su hija Hazel y con Shu, el perro de la familia, tuvieron que abandonar su casa. En ese trajín, Wilfredo se lastimó una pierna.

“La lluvia había bloqueado las calles y caminos a nuestro alrededor. Nos sentíamos atrapados en nuestro vecindario”, cuenta Rachel.

Así que se alojaron en una escuela pública de la localidad, la que los residentes usaban como refugio para las familias que evacuaron sus hogares. Más tarde, esa noche, cuando la tempestad ya había amainado, la policía animó a las familias a regresar a sus hogares, siempre y cuando lo pudieran hacer; la escuela había superado su capacidad para acoger familias y ya no contaba con camas ni alimentos suficientes. Habían calculado que la escuela alojaría unas 200 personas; pero el número alcanzó casi las 400.

La familia había perdido todas sus pertenencias. A excepción de algunos trajes que colgaban en lo alto de un clóset, toda su ropa y sus zapatos estaban completamente empapados. Los muebles, una cama eléctrica y la cocina a gas estaban inservibles. Los tres automóviles también habían quedado inundados.

Con el moho y los hongos que llegaban hasta el techo, pasarían dos semanas antes de que la familia pudiese iniciar el trabajo de limpieza. Una vez que pudieron hacerlo, varios amigos que eran miembros del Ejército de Salvación en Ponce visitaron y ayudaron a Rachel y Wilfredo, cuya pierna herida todavía estaba en proceso de sanarse.

“No teníamos conocimiento alguno de la iglesia, a pesar de que conocíamos a varios salvacionistas. Pero cuando más necesitamos ayuda, fueron ellos los que acudieron a limpiar y trajeron comida directamente desde los centros de distribución de alimento del Ejército”, cuenta Rachel.

Incluso antes del paso del huracán, la familia había estado buscando una iglesia. Cuando visitaron el Cuerpo de Ponce para darles las gracias a todos por su ministerio de ayuda, se sintieron queridos y acogidos como en su hogar. Convertirse en parte del ministerio fue una decisión fácil para ellos.

A pesar de que su casa ahora está equipada con compuertas, nuevos portones y dispositivos de seguridad para impedir —en la medida de lo posible— que se inunde por el paso del próximo huracán, ellos saben que lograr un cien por ciento de protección ante un acontecimiento como el de María, es una quimera. Sin embargo ahora, como soldados del Ejército de Salvación del Cuerpo de Ponce, con su fe en Dios y su fe mutua se han hecho más fuertes que cualquier tempestad futura.

“Cuando vimos lo que le había sucedido a nuestra casa, nos afligimos mucho, pero también vimos eso como una oportunidad para volver a empezar”, dice Wilfredo. “Las posesiones materiales van y vienen. En ningún momento tuve un pensamiento negativo sobre lo que sería nuestra vida a partir de ese momento. Sabíamos que la bondad de Dios, en alguna forma, se haría presente en ese difícil momento. Y nos llegó por parte del Ejército y también del apoyo que nos dábamos uno al otro. Incluso en una situación difícil como esa, Rachel y yo hallamos maneras de afianzar nuestro amor y apoyarnos mutuamente”.

“No nos convertimos en soldados sólo por lo que el Ejército había hecho por nosotros”, explica Wilfredo. “Lo hicimos como una manera de dar testimonio de toda la misión del Ejército. Mientras las otras Iglesias que vimos sólo ayudaban a sus propios miembros, el Cuerpo de Ponce alimentó y extendió su ayuda a todas las personas que estaban necesitadas”.

“Todos los días, con o sin tempestad, el Ejército de Salvación ayuda, sin limitaciones de ningún tipo, a tantas personas y de tantas maneras como puede”, explica Rachel. “Eso es lo que Jesús haría por Su comunidad si estuviese en Puerto Rico en la actualidad”.

Por Hugo Bravo, Linette Luna y Robert Mitchell

Fotografías por Susan Magnano

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