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Las hijas de Dios


En medio de la vibrante música rock y titilantes luces estroboscópicas en un club de striptease de New Hampshire, varias bailarinas exóticas actúan sobre el escenario.

La clientela del club son hombres, pero esta noche hay dos mujeres entre la audiencia, vestidas con ropa normal, que se encuentran allí por algo más importante que el espectáculo. Una de ellas es la Capitana Deborah Coolidge, oficiala y pastora del Ejército de Salvación.

“Nos sentamos y fingimos que conversamos, pero lo que realmente hacemos es orar para que el Espíritu Santo invada todo ese lugar”, explica Coolidge. “Nadie se podría dar cuenta de que es eso lo que estamos haciendo, pues mantenemos los ojos bien abiertos y nos miramos una a la otra entretanto”.

Hace más de tres años, Coolidge y una amiga cristiana de una iglesia empezaron a desarrollar su ministerio de enlace comunitario acudiendo a ese club de striptease en las cercanías de Portsmouth, New Hampshire. Coolidge acude a ese lugar para mostrar el amor de Cristo por las bailarinas, pero es también su manera de luchar contra la trata de personas o tráfico humano.

Los aprestos para la batalla

“Los traficantes de personas van a esos clubes para traficar mujeres”, dice. “Estamos conscientes de ello”.

Dos semanas antes de cada visita, Coolidge y su compañera de oración se preparan para la batalla espiritual que tienen por delante.

“Nos estacionamos al otro lado de la calle en que se encuentra el club y no hacemos otra cosa que orar”, cuenta Coolidge. “Oramos por las chicas y por este ministerio de evangelismo”.

El último martes de cada mes, ingresan al club y se sientan como lo haría cualquier cliente, salvo que ellas van para orar.

“La noche en que vamos, entonamos cantos de adoración en el auto y oramos”, dice Coolidge. “Estacionamos a cierta distancia del club y dedicamos un buen rato a orar por eso en específico antes de ingresar al club”.

Vamos encubiertas

Las dos mujeres oran porque las bailarinas sean “convencidas por el amor”. Oran también para que los clientes se percaten de que la diversión que buscan es “degradante” para las mujeres.

Coolidge no usa su uniforme salvacionista cuando va al club.

“No se trata del Ejército de Salvación”, explica. “Se trata de esas chicas. Sólo queremos que sepan que son amadas y que contamos con recursos, en caso de que necesiten ayuda. Muchas de ellas son madres solteras”.

Coolidge afirma que el ministerio femenino del Cuerpo ayuda a proveerles regalos a las bailarinas, incluyendo exfoliantes de azúcar hechos en casa, esmalte para las uñas, golosinas y rosas. Ella también les regala carteras que traen un Nuevo Testamento, protector labial y una libreta de papel con un bolígrafo.

Ofrenda de amor

En el club, los regalos se colocan sobre una mesa como gesto de cariño a las 40 bailarinas.

“Siempre traemos regalos para las chicas”, dice. “Cada una de ellas viene y agarra uno. La administradora del club sabe quiénes somos y a qué nos dedicamos. Ella anima a las chicas a que se nos acerquen y conversen con nosotras.

“Ellas piensan que los regalos cuestan dinero. Les decimos que son donados con amor y que queremos ayudarlas”.

Coolidge, que es soltera, dice que ella y su compañera guerrera de oración muchas veces reciben “miradas raras” por parte de las bailarinas y de los clientes. Se preguntan qué hacen las dos mujeres en el club.

“Sienten curiosidad”, indica Coolidge. “Parecen saber de dónde venimos, pues nos llaman las ‘señoras de la iglesia’. Vemos muchas caras nuevas. Parece que cada mes llegan chicas que nunca antes nos han visto”.

Construimos relaciones

“Esas chicas han sido explotadas toda su vida. Por eso sospechan de todos y se sienten inseguras. A algunas les ha tomado años llegar a confiar en nosotras. Muchas recibirán su regalo, nos agradecerán nuestra presencia y nos darán un abrazo. Pero, aparte de eso y debido a la gran desconfianza que sienten, no se animan a compartir mucho con nosotras”.

Puesto que algunas se sienten cómodas confiando en Coolidge, sus vidas están cambiando.

Coolidge se hizo amiga de una bailarina que ahora permite que sus hijos asistan al Cuerpo en otro pueblo del estado de New Hampshire. El Ejército de Salvación, incluso, ayudó a esa mujer a matricularse y a asistir a una escuela de cocina.

“Le hicimos entender que ella contaba con un sistema de apoyo que la ayudaría a hacer realidad sus sueños”, cuenta Coolidge. “El sistema está disponible, si ella lo desea. Queríamos que supiera eso”.

Mostramos amor

Otra bailarina estaba angustiada porque su hijo de 16 años huyó de casa y no sabía nada de él en las últimas tres semanas. Bañada en lágrimas, se acercó a Coolidge y a su amiga cristiana. Coolidge, que se cuida de no imponer su fe a los demás, le preguntó: “¿Te gustaría que oremos?”

Coolidge recuerda: “Ella cayó de rodillas y dijo: ‘¡Por favor, sí, háganlo!’”

Cuando la bailarina le contó a un cliente lo sucedido, este le dio a Coolidge 60 dólares y le dijo: “Me encanta lo que están haciendo por estas mujeres. Dediquen este dinero a esta tarea”.

El Ejército de Salvación ayudó a otra bailarina necesitada con la calefacción de su casa, alimentos y regalos de Navidad para su hijo.

Además, otra bailarina se ha ausentado del club por más de un mes. Coolidge está animada por la ausencia de esa mujer y espera que esté buscando una nueva vida. “Ella quiere, realmente, dejar este negocio, pero es lo único que conoce. Es lo que le resulta más cómodo”, explica Coolidge.

En el umbral de la puerta

“Espero que la gente comprenda que estas mujeres son hijas de Dios. Yo creo que las personas a veces piensan: ‘Eso es lo que ellas quieren hacer’. Pero la verdad es que, algunas de ellas, lo hacen porque es lo único que saben”.

Coolidge reconoce que el “agobio espiritual” la puede devastar. Muchas veces, después que sale del club, llora.

“Es un lugar oscuro, retorcido y maligno”, afirma.

Coolidge supo por primera vez lo que es el tráfico humano mientras aprendía a establecer el programa “Bridging the Gap” [Cómo reducir la brecha]. Cierto día una mujer, que estaba siendo sometida a la trata de personas, se presentó en la capilla del Cuerpo. Poco más tarde ayudó a la policía a desarticular una banda de tráfico humano en Portsmouth.

“Eso fue realmente lo que me impulsó a investigar más al respecto”, declara Coolidge.

Una puerta abierta

Coolidge asistió a un taller de estrategias de combate contra el tráfico humano, en el que conoció a una mujer de Portsmouth que ahora la acompaña cada vez que va al club. La mujer, que asiste a la iglesia, llamó a la administradora del club para tratar el asunto con ella. Se sintió impresionada cuando la administradora estuvo de acuerdo.

“Queríamos darles a esas chicas la esperanza de poder hacer otra cosa”, declara Coolidge. “Sabíamos que muchas de ellas iban a permanecer en ese negocio, pero las amamos a pesar de ello y oramos para que logren mejorar sus vidas y hagan realidad sus sueños y sus esperanzas”.

En ese tiempo, ya la mujer de Portsmouth tenía una compañera para hacer las visitas, de modo que Coolidge se dedicó a apoyarlas a través de la oración. “Durante seis meses, me quedaba esperando en el auto mientras ellas estaban dentro del club”, recuerda.

Fuerza sobrenatural

“Tratar de rescatar a otras mujeres para ayudarlas ha sido un desafío”, expresa Coolidge. “No es algo que muchas personas hagan sintiéndose cómodas”.

Coolidge explica que si alguien se siente llamado a emprender un ministerio similar, pero duda si tendrá el valor para hacerlo, debiera poner su confianza en Dios.

“No se trata de mí”, dice. “Pese a mi temor y a mi ansiedad, debo confiar en que —si Dios me está llamando a hacer eso—, Él me equipará para que lo pueda realizar. Se trata exclusivamente de Él. Yo sólo soy un instrumento dispuesto. No soy nada especial. Simplemente debo abrir mi corazón para dejar que Él me use.

“He sido llamada para amar a las personas. Sé que tengo que cumplir mis funciones como administradora y realizar todo lo que los oficiales deben hacer, pero jamás voy a querer que esos deberes obstaculicen mi verdadero llamado en esta vida: ser como Jesús”.

Una luchadora de toda la vida

En su primer nombramiento, en Berlin, New Hampshire, Coolidge tuvo que batallar contra los abusivos arrendadores de apartamentos para personas de bajos ingresos. Desde entonces, se ha dedicado a ser la voz de los que no tienen ninguna.

“Lo que siento es una ira que surge dentro de mí cada vez que veo abusos e injusticia”, confiesa. “En cuanto se refiere a la trata de personas, me disgusta el hecho de que ciertas personas se aprovechen de la vulnerabilidad de otras.

“Desde muy niña, luchaba contra la injusticia y los abusos. La imparcialidad era muy importante para mí. Siempre trataba de proteger a los indefensos, a los niños a los que los otros chicos no querían. Me acercaba a ese niño o niña y me hacía su amiga. Yo sé que a Jesús le enoja ver la injusticia y la arbitrariedad. Yo siempre he tenido esa clase de sensibilidad por los demás”.

Todas las cosas son posibles

Coolidge empezó hace poco en un nuevo nombramiento en Malden, Massachusetts, pero espera que su trabajo en Portsmouth tenga un impacto eterno.

Una noche, mientras Coolidge estaba sentada en el asiento trasero de un automóvil en el estacionamiento del club leyendo su Biblia y orando con intensidad, tuvo una visión en la que la torre de una iglesia se elevaba sobre las instalaciones del club.

“El Espíritu Santo me dijo: ‘Deb, esto es un anticipo’. Un día, este lugar cerrará sus puertas y será usado para mi gloria’. Yo me aferro a esa visión. Creo en ello con todo mi corazón”, dice Coolidge.

“No sé si llegue a ver ese día, pero estoy dejando que Dios me use de la manera que estime necesaria para hacer de esa visión una realidad”.

por Robert Mitchell

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