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La sexualidad humana

Somos seres sexuales.

La sexualidad, creada por Dios, es un instinto humano bueno, hermoso y poderoso. Aunque también es frágil. El apetito sexual es parte de lo que significa ser humano y, como cualquier apetito, puede subyugarnos. Además, su desenfreno causa daños.

Las excesivas expresiones de una sexualidad desinhibida caracterizan nuestro escenario humano y abarcan desde la lujuria más elemental hasta la pedofilia más perversa. Las Escrituras abordan estas conductas humanas. Me atrevo a decir que muchos de nosotros tenemos cierto elemento sexual negativo como parte de nuestra vida.

¿Qué puede contrarrestar nuestra propensión a esas conductas sexuales? El autocontrol. Francamente, esto sólo es posible mediante la gracia divina. El mero esfuerzo humano es invariablemente débil.

Los límites entre la castidad y la monogamia son instituidos y sancionados por Dios para ayudar a fortalecer nuestro dominio propio y para preservar la frágil belleza de la sexualidad humana. Una vez que se implementan, esos límites crean el ambiente ideal, vigoroso y más satisfactorio para una sexualidad saludable.

Las conductas que dañan nuestra frágil sexualidad suelen redundar en traiciones, enfermedades, embarazos no deseados y violencia.

Cuando esos límites protectores están bien establecidos, los daños suelen disminuir o desaparecer.

La relación que protege la belleza y la fragilidad de la sexualidad humana es el matrimonio, una institución de la creación que es parte esencial de nuestra historia original. Es dentro de esta relación fundacional que la intimidad sexual puede expresarse.

Es probable que este cuadro completo se considere idealista y poco real; sin embargo, es la historia vigente a lo largo del tiempo. Ello refleja el corazón de un Dios que rebosa de amor y que es insuperable.

por Coronel Richard Munn

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