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La recuperación de un abogado

ALawyersRecovery_smJavier Miranda, un abogado que reside en Puerto Rico, celebra dos cumpleaños. Uno el 28 de julio, el día en que nació, y el otro el 29 de septiembre de 2009, cuando llegó al Centro de Rehabilitación para Adultos (ARC) en San Juan. A esas alturas, ya llevaba 26 años trabajando como abogado y había sido drogadicto por casi el doble de tiempo.

“Yo era el tipo de adicto más destructivo que hay”, recuerda Miranda. “El tipo que tenía dinero en su bolsillo. El adicto pobre suele buscar ayuda mucho antes que el rico. Yo era un abogado exitoso, tenía muchos clientes y vivía un estilo de vida muy cómodo. Y lo hice todo mientras luchaba contra una terrible adicción a las drogas. Muchos de mis clientes eran comerciantes a los que les compraba esas drogas. Y ellos me pagaban con el dinero que ganaban vendiendo drogas”.

Cuando la adicción finalmente se apoderó por completo de Javier, la firma en la que trabajaba lo suspendió, lo que lo llevaría a perder su licencia de abogado. Él recuerda que a partir del año 2004 vivió el peor período de su vida.

“Yo tenía una casa, pero sin agua corriente, sin electricidad, sin comida. Mi casa era literalmente una enorme cáscara. Sólo me bañaba cuando llovía o cuando un vecino tenía la bondad de dejarme usar la manguera de su jardín.

“Si me hubieses hecho escuchar la mejor canción de 2006, o me hubieses leído los titulares más importantes de 2005, habrían sido algo completamente nuevo para mí. La drogadicción me llevó a abstraerme del mundo al extremo de que no podía levantarme de mi cama a menos que las drogas, o los medios para obtenerlas, estuviesen a mi alcance”, explica Miranda.

‘Yo quería vivir’

Javier recuerda la persona que por primera vez le habló del ARC. Humberto Domenech, un soldado del Ejército de Salvación que había pasado por dificultades similares, intentó convencer a Javier de que diera los primeros pasos hacia la recuperación, tal como él lo había hecho en su momento.

“Me resistí a hacerlo durante mucho tiempo. E incluso cuando al fin lo hice, Humberto siguió trayéndome comida y visitándome para asegurarse de que me encontrase bien. Él nunca me dio por perdido”.

Javier muy pronto se dio cuenta de que su vida llegaría a su fin si no hacía algo a la brevedad. La próxima vez que mis amigos me vean, pensó para sí mismo, será cuando me entierren en mi tumba.

“Llamé a Humberto y le dije que estaba dispuesto a darle al Ejército una oportunidad. Él rompió en llanto. Me dijo que eran las mejores noticias que jamás había recibido”.

Javier llegó al ARC con nada más que una camiseta blanca, uno pantalones que le quedaban demasiado cortos y unas sandalias. Medía 1 metro 80, pero sólo pesaba 57 kilos, 5 de los cuales eran peso en agua retenida debido a una infección pancreática que sufría por esas fechas. Se detuvo para descansar un total de cuatro veces antes de que terminara de subir los 61 peldaños de las escaleras del ARC.

“Me acuerdo de dos cosas que me fueron dichas ese día. La primera fue un comentario de uno de los beneficiarios, que me miró y me dijo: ‘Amigo mío, en dos semanas vas a estar muerto’”.

El otro comentario fue de la Mayora Iris Díaz, directora de programa y servicios residenciales del ARC. Ella le dijo a Javier palabras que no había escuchado en mucho tiempo: “Javier, confío en ti”.

“La verdad, pensé que no estaba en sus cabales al creer que podía confiar en mí”, confiesa Javier. “Me resultaba impensable que alguien fuese a depositar su confianza en mí. Vine al Ejército sólo para sobrevivir y evitar morir. Pero conforme pasaban las semanas, sucedió un milagro. Acepté a Cristo como mi Salvador. Leí y estudié la Biblia. Y me di cuenta de que había una mejor manera de estar que como yo había estado durante tanto tiempo.

“Y ahora no quería sólo sobrevivir. Ahora de verdad quería volver a vivir.”

‘El poder de Dios’

En la actualidad, Miranda lleva seis años completamente sobrio. Con su salud milagrosamente intacta, habla de jugar básquetbol con sus amigos todos los miércoles y de derrotar a muchachos que tienen la mitad de su edad. Divide su tiempo desempeñándose en calidad de adherente al Ejército de Salvación, como consejero de admisiones en el ARC de San Juan y, como abogado tras haber tomado los cursos necesarios para recuperar su licencia.

Cuando alguien menciona el nombre de Miranda, los rostros de los oficiales en Puerto Rico irradian alegría. Él se ha convertido en un ejemplo para los demás beneficiarios del ARC. Muchos reconocen en él al abogado que era antes de llegar al Ejército. En su puesto como consejero de admisiones en el ARC, Javier ayuda a los beneficiarios a darle estructura a sus vidas y a seguir los pasos que los llevarán a su recuperación. Él también los alienta a aceptar la ayuda del Señor.

“Ese es el primer paso y les digo: Dalo ya. No mañana, ya. Haz eso y después tómatelo con calma. ¿Quieres un empleo? Dilo a Dios. ¿Quieres tu propio lugar para vivir? Dilo a Dios. ¿Quieres reparar relaciones familiares o de amistad que se han roto? Dilo a Dios. Y todo se cumplirá a su debido tiempo.

“Muchos de los hombres que llegan aquí ya están más adelantados que yo cuando llegué, pues son mucho más jóvenes y tomaron la decisión de mejorarse mucho antes de que yo lo hiciera”, dice Javier. “Les digo que no importa cuán bien piensen que están manejando sus vidas mientras alimentan su adicción: tarde o temprano esa adicción los tomará entre sus garras y les quitará todo lo que tienen. Tú le haces el quite durante años, pero al fin te cansas de hacerle el quite, y es ahí cuando la adicción te toma en sus garras y te finiquita. La adicción nunca se cansa de perseguirte”.

Javier conoce mejor que muchos la lucha que ellos deben enfrentar. Pero también reconoce que la sanidad de cada alma es un proyecto que se realiza en equipo.

“La persona que merece el menor crédito de todos en mi recuperación, y lo digo con total sinceridad, soy yo. Me siento tremendamente agradecido al Ejército de Salvación por haberme ayudado a empezar mi vida de nuevo. El ARC me enseñó que yo no podía seguir tratando la enfermedad de la adicción por mis propios medios. Tenía que abrirme al Señor y aceptar Su ayuda. Cuando despertaba cada mañana, me dedicaba a ser lo que Dios quería que yo fuera, y yo le pedía que me llevara de la mano y me mostrara el camino. Y sigo haciendo eso hasta el día de hoy”.

Javier también ha podido constatar que el poder de Dios es capaz de transformar las vidas de las personas. Él se acuerda de una vez que se topó con un conocido “narco” puertorriqueño con el que había hecho negocios hacía muchos años. Javier lo invitó a uno de los servicios del Cuerpo, lo que posteriormente llevaría a ese hombre a abandonar su vida de traficante.

“Él me dijo: ‘Javier, ya no puedo seguir haciendo esto. Es un peligro para la sociedad. Le estoy haciendo daño a mucha gente’. Hoy día, ese hombre ha dado un vuelco en su vida y ahora se dedica a salvar almas, al punto de que suele traer al ARC a muchos hombres jóvenes y adultos que están necesitados de ayuda. Me suele llamar para preguntarme cómo les está yendo”, cuenta Javier.

“También me pregunta que cuándo vamos a abrir un centro en San Juan dedicado exclusivamente a mujeres adictas. Espero que un día le pueda decir que tenemos uno en funcionamiento. La necesidad que existe por aquello que hace el Ejército de Salvación es cada vez mayor y más urgente cada día. Nuestras hermanas necesitan tanta ayuda como nuestros hermanos”.

‘Los ángeles en mi vida’

“Mi fortaleza y mi voluntad se han resentido muchas, muchas veces. Pero en cada momento de duda, siempre ha estado presente un ángel en mi vida, enviado por el Señor, sonriendo delante de mí, sosteniéndome en mis peores momentos”, dice Javier.

“Mi salud, mi grupo de apoyo, mi recuperación y mi carrera, todo ello ha sido un regalo de Dios”.

Javier ha sido y es él mismo un ángel para muchas personas. Cuando el General André Cox visitó Puerto Rico en 2015, el ARC hizo un fotomontaje de los ministerios y servicios que el Ejército de Salvación ofrece en el área y lo mostró durante un almuerzo celebrado en el Cuerpo de San Juan. Todos los salvacionistas, oficiales y el mismo General lo presenciaron. Cuando el rostro de Javier apareció en la pantalla, la audiencia estalló en aplausos y vítores.

Jacqueline, la novia de Javier, se inclinó contra su costado y le susurró al oído: “Me siento muy orgullosa de ti”.

Javier Miranda sonrió. Él también se sentía orgulloso de sí mismo.

por Hugo Bravo

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