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La parábola del tesoro escondido

“El reino de los cielos es como un tesoro escondido en un campo. Cuando un hombre lo descubrió, lo volvió a esconder, y lleno de alegría fue y vendió todo lo que tenía y compró ese campo” (Mateo 13:44).

Lalut¡Quién no ha soñado con un tesoro! Un tesoro de verdad, de aquellos que aparecen en las historias de piratas y que vienen en cofres que al ser abiertos le muestran al feliz descubridor un menú de joyas, oro, plata y piedras preciosas cuyo valor es tan inmenso que nadie se atreve a imaginar.

La parábola que ahora estudiamos nos habla de un hombre que encontró un tesoro. La Biblia no nos informa qué clase de hombre era, sólo nos dice que encontró un tesoro mientras caminaba por el campo. ¿Un campesino tal vez?

Sólo podemos imaginarnos qué significa para una persona, que está obligada a mantener a su familia con un salario de trabajador de la tierra, expuesto a los antojos del clima y la amenaza de una mala cosecha, encontrarse con un tesoro. Sus problemas estaban resueltos, la compra de zapatos para los niños dejaba de ser una tragedia, su mujer no tendría que esperar por sus anteojos y nunca más vivirían hacinados en un cuarto. La renta… bueno, ahora no habría renta. Tenían que acostumbrarse a vivir en una casa propia. Es sorprendente lo que un tesoro puede aportar a la economía de una familia. Debemos dejar claro que nadie puede experimentar un hallazgo de esta naturaleza y seguir viviendo de la manera acostumbrada.

La parábola nos informa que el hombre  se sentía tan gozoso con su descubrimiento que cuando supo que podía perderlo, porque el terreno estaba a nombre de otra persona, fue y vendió todo lo que tenía y lo compró.

¿Qué nos quiere enseñar la parábola del tesoro escondido?

Es extraño, pero el tema principal de esta parábola no es el dinero; es la fe. La falta de fe para ser más claro. La Biblia dice que todos hemos encontrado un tesoro, ¡un verdadero tesoro! Uno de aquellos que cambian la vida trayendo perdón, paz y amor a nuestros corazones manchados y cansados.

Ahora tenemos paz. Pertenecemos al grupo de aquellos que “aun estando nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con Cristo” (Efesios 2:5). Hoy en día vivimos en armonía con nuestro Padre celestial y podemos ir a Él con todos nuestros problemas. No es que seamos perfectos o mejores que nadie pero extendiéndonos a lo que está delante, decimos con Pablo: “prosigo a la meta, al premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús” (Filipenses 3:14).

La Biblia se esmera en dejar claro que este es un tesoro de infinito valor y debemos considerarlo como tal. Pablo sentía esto mismo cuando dijo: “pero cuantas cosas eran para mí ganancia, las he estimado como pérdida por amor de Cristo” (Filipenses 3:7).

El punto de esta parábola es que si hemos encontrado el Tesoro, debemos aprender a vivir de la manera que vive el dueño de un tesoro. Qué torpe sería el hombre de nuestra historia, si continuara viviendo hacinado, si no le comprara zapatos a sus hijos ni anteojos a su mujer. Hacerse dueño de este Tesoro y permanecer en él es el asunto más importante en nuestra agenda. El Señor lo llamó “la única cosa necesaria” y enseñó que puedes ganarte el mundo entero pero si no tienes ese Tesoro, tu vida ha sido un fracaso. Alguien que se encuentra con un Dios que le ofrece el perdón de sus pecados y le entrega un futuro limpio y claros propósitos, preparados especialmente para él, se ha encontrado con un tesoro de incalculable valor.

Este tesoro se encuentra por fe, a diferencia del hombre de la parábola que tomó las monedas de oro en sus manos y puso sus ojos en las joyas y la plata. Nosotros conseguimos todo esto por fe. “Fe es la certeza de lo que se espera, la convicción de lo que no se ve” (Hebreos 11:1). Sin fe nadie verá a Dios, porque sin fe no puedes conseguir el tesoro. Para conseguir fe “debemos doblar las rodillas ante el Padre de nuestro Señor Jesucristo… para que os dé, conforme a las riquezas de su gloria…  para que habite Cristo por la fe en vuestros corazones… y puedas  conocer el amor de Cristo, que excede a todo conocimiento, para que seáis llenos de toda la plenitud de Dios” (Efesios 3:14–19).

por Enrique Lalut

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