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La parábola del sembrador

Segunda parte:Lalut

Y ahora la buena tierra

Gran parte de la semilla que nuestro sembrador esparció sobre el terreno no logró germinar. El camino resultó muy duro, las piedras impidieron que los retoños se convirtieran en plantas y los espinos acapararon el espacio.

No necesitamos ser agricultores para comprender que un terreno sin piedras, que posee la humedad necesaria y donde los espinos están ausentes, es el lugar ideal para sembrar semilla; es un lugar perfecto. Demasiado. No cuadra con la realidad que estamos acostumbrados a encontrar en las páginas de la Biblia.

Si leemos esta parábola de una forma casual, podríamos confundirnos y pensar erróneamente que ella nos enseña que no podemos comenzar a dar frutos hasta que no estemos libres de toda imperfección interior. Esto me corta el acceso a esta parábola. ¿Quién de nosotros puede considerarse un cristiano sin “durezas”, sin “piedrecillas” y sin “espinos”? ¿Quién de nosotros no tiene que confesar junto con Pablo, que existen ocasiones en las que el “bien que queremos no lo hacemos y el mal que no queremos, eso hacemos”? (Romanos 7). Nadie entre nosotros puede convertirse en “buen terreno” por sus propias fuerzas. No tenemos la capacidad ni el poder, ni aun el deseo de llegar a hacerlo.

“Un sembrador salió a sembrar. Mientras iba esparciendo la semilla, una parte cayó junto al camino, y llegaron los pájaros y se la comieron. Otra parte cayó en terreno pedregoso, sin mucha tierra. Esa semilla brotó pronto pero cuando salió el sol, las plantas se marchitaron y se secaron. Otra parte de la semilla cayó entre espinos que la ahogaron. Pero las otras semillas cayeron en buen terreno, en el que se dio una cosecha que rindió treinta, sesenta y hasta cien veces más de lo que se había sembrado. El que tenga oídos, que oiga” (Mateo 13:3–9).
¿Cuál es entonces la actitud que debo tomar para conseguir que la semilla que Dios está sembrando constantemente en mi terreno produzca frutos? Claramente no es mi esfuerzo ni mi “consagración”, ni mi habilidad de actuar como cristiano. Lo único que va a preparar el terreno, “mi terreno” para que él se convierta en un terreno donde habite Su presencia y germine Su semilla es un encuentro con quien narra esta parábola: Jesús.

La gente que se encontraba con Él quedaba deslumbrada por su pureza. Cuando nos encontramos con Él nos damos cuenta de algo muy importante: somos totalmente indignos de que Dios se acerque a nosotros. No tenemos argumento alguno para que nos visite. Quien se encuentra con el Señor aprende a tener confianza plena y fe profunda de que, hagamos lo que hagamos, somos indignos de la bendición de Dios. Pedro, deslumbrado por la pureza que veía en el Señor, decía: “Apártate de mí que soy pecador”. Isaías, el gran Isaías, exclamaba: “¡Señor soy inmundo que vive en pueblo de labios inmundos!” Todos ellos buscaban limpieza interior y sabían que no podían conseguirla por sí mismos; les debía ser otorgada. Se sentían indignos de la presencia de Dios en su seno. ¿En qué consiste entonces un buen terreno? En ver la necesidad de Dios que tenemos todos nosotros y, por lo tanto, albergar y disfrutar la semilla que nos es confiada.

Un terreno preparado es uno que está a la espera de la bendición de Dios porque sabe que sin Su gracia nada puede alcanzar. Cuando nuestra vida espiritual se limita a comportarnos como que estamos libres de todo problema y necesidad, estamos abriendo las puertas al fariseo que vive dentro de cada uno de nosotros. Este es un experto en impresionar a los hombres, pero nunca logra impresionar a Aquel que dijo: “No he venido a buscar justos, sino pecadores” y a continuación se sentó a la mesa a comer con publicanos, rameras y pecadores.

Un terreno preparado es un terreno consciente de su necesidad, que ha aprendido a buscar en la gracia del Señor su bendición. Un terreno preparado es el que dice con Pablo: “No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto; sino que prosigo, por ver si logro asir aquello para lo cual fui también asido por Cristo Jesús” (Filipenses 3:12).

por Enrique Lalut

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