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La equidad de género y la imagen de Dios

 

Un día estaba sentado en la capilla de una universidad cristiana escuchando la presentación del erudito salvacionista Roger Green. Mientras hablaba sobre las mujeres en el movimiento de santidad, un joven que estaba a mi lado le envió a otro estudiante el siguiente mensaje de texto: “¿Por qué nos están haciendo escuchar todo esto? Ya eso no es tema de discusión”.

Así que pensé: ¿Puede el liderazgo de las mujeres seguir siendo un problema?

En 1859, Catherine Mumford Booth, cofundadora del Ejército de Salvación, publicó Female Teaching [Mujeres que enseñan], cuyo subtítulo era El derecho de la mujer a predicar el Evangelio. Desde entonces, el Ejército ha elegido a tres Generalas (líderes internacionales).

La Coronela Julie Campbell, defensora nacional del Ejército de Salvación en materia de equidad de género en Australia, argumenta que no debemos medir el progreso basados en publicaciones o en los puestos de liderazgo que ocupan las personas de la tercera edad (revista Others [Otros], octubre 2017). Esas señales tan visibles contrastan con la situación que viven cada día muchísimas mujeres. Ellas merecen dignidad y respeto en todos los niveles, no sólo en nuestros ideales o jerarquías establecidos.

Las visiones apropiadas requieren acciones pertinentes en lo que se refiere a las mujeres y el liderazgo. Consideremos el principio: el libro del Génesis se inicia con el relato de la creación, afirmando cosas profundas acerca de Dios, del proceso, de los productos de la creación y, en particular, de los seres humanos. La Escritura insiste en que tanto hombres como mujeres llevan en sí la imagen de Dios; son por ello de igual valor como personas. Para que la humanidad refleje la imagen de Dios es necesaria la equidad de género.

Abundando más en su argumento, Roger Green recalcó que el Ejército sostiene que las mujeres pueden y deben ser ministras, no a pesar de la Biblia sino debido a ella; sin embargo, la Coronela Janet Munn observa que, aunque las mujeres forman una mayoría significativa de quienes integran el Ejército, siguen ocupado sólo una minoría de los puestos decisivos de liderazgo (Theory and Practice of Gender Equality in The Salvation Army [Teoría y práctica de la equidad de género en el Ejército de Salvación], 2015).

William Booth escribió (en Órdenes y Reglamentos para Oficiales del Estado Mayor, 1886) lo siguiente: “Uno de los principios fundamentales sobre los que se instituye el Ejército es el derecho de las mujeres a participar en igualdad de condiciones con los hombres… Ellas pueden desempeñarse en cualquier puesto de autoridad o de poder en el Ejército, desde el cargo de Oficial local hasta Generala… Las mujeres deben ser tratadas como iguales con los hombres en todas las relaciones intelectuales y sociales” (citado por Scott Simpson en Others, julio de 2017).

Esta última frase de Booth tiene implicaciones prácticas para las personas comunes y corrientes como tú y yo. La mayoría de nosotros jamás tendrá el privilegio de sentarse en el Consejo Supremo del Ejército y elegir a una Generala o designar a una mujer para que sea comandante de una división o un territorio. Sin embargo, todos nos relacionamos cada día con mujeres que son llamadas por Dios a servir en diversas funciones y que merecen ser motivadas. Todos debemos cumplir el papel de afirmar y encarnar la dignidad y el respeto por las mujeres. Todos debemos tomar decisiones en este sentido.

El apóstol Pablo aplaudió el liderazgo espiritual y las labores ministeriales de las mujeres (Filipenses 4:3; Colosenses 4:15; 2 Timoteo 1:5) y Cristo Jesús les confió a ellas la tarea de proclamar el Evangelio y ejemplificar el discipulado (Mateo 28:10; Marcos 12:43; Lucas 7:44–46).

Fui testigo del liderazgo de mi madre en funciones espirituales, hogareñas y profesionales. Aprendí de mis maestras de biología, de ballet y de Biblia, todas ellas competentes y apasionadas, esforzadas y talentosas. He visto a mi esposa liderar personas y ayudarlas a conseguir logros más altos de lo que yo he podido. Estas mujeres que son buenas en lo que hacen, a menudo suelen ser objeto de desconfianza, hostigamiento y resistencia. Que eso no suceda entre nosotros. Que el mundo vea que nadie tiene mayor estima ni una práctica más afirmativa con las mujeres que nosotros los cristianos.

Por Isaiah Allen

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