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JJ y Yo

Antes de convertirnos en oficiales, mi esposa Sue y yo tuvimos a nuestro hijo James John, a quien apodamos JJ.

Recuerdo cuando estábamos en el Campamento Ladore en Pensilvania. Estábamos en una sesión de orientación para cadetes cuando, al ser llevado fuera del salón, nuestro bebé de 3 años rompió en llanto. Los trabajadores del campamento lo llevaron al sector sur del campamento. Hasta el día de hoy puedo escuchar cómo me llamaba a la distancia. Su pequeña voz resonó a lo largo de todo el camino que descendía hasta el lago y todavía se la podía oír cuando había alcanzado el otro lado del lago. Me dolía el alma por querer ir tras él. Pero el llamado a convertirme en cadete resonaba aún más fuerte en mi conciencia y en ese momento lo sentí como algo más importante. Durante todo ese rato, me resistí a la tentación de acompañar a mi hijo.

JJ (James John) a la edad de 3 años.

Una vez que mi esposa y yo completamos el programa de entrenamiento de cadetes, nuestro primer nombramiento fue en Milton, Pensilvania. Ahí llegamos a vivir en una casa ubicada al lado del Cuerpo y a pesar de que JJ había comenzado a asistir al jardín infantil, nos resultó fácil compartir tiempo con él. JJ y yo éramos muy amigos. Nos referíamos el uno al otro como “Auggie Doggie” y “Doggie Daddy”, nombres populares de personajes del programa de dibujos animados “The Quick Draw McGraw Show”, que daban en la tele ­a comienzos de los años 60.

Transformé el área que ocupaba el Cuerpo en nuestro propio campo de juegos. Jugábamos con sus camiones de juguete y ocasionalmente íbamos a pescar a un lago cercano.

Una vez, mientras jugábamos básquetbol, yo llevaba puesta ropa deportiva de fibra de plástico bien ajustada al cuerpo pues quería sudar para perder peso. Lo malo fue que el ejercicio resultó demasiado intenso debido al calor que empecé a sentir y casi me desmayé. Y sucedió que James, que por esas fechas ya contaba 5 años, me tomó de la mano y acompañó de regreso al Cuerpo a su exhausto papá. Éramos los amigos del alma que acababan de jugar  básquetbol.

Sin embargo mi esposa y yo nos preguntábamos por el futuro. ¿Cómo nos adaptaríamos al estilo de vida que suponía servir como oficiales, trasladándonos de un nombramiento a otro? ¿Tendría JJ la posibilidad de crecer como un adolescente normal?

En nuestro cuarto nombramiento, que fue en Johnstown, Pensilvania, JJ empezó a asistir a la escuela secundaria. Ahí pudo finalmente contar con algo que no había tenido en los años en que era más pequeño: su propio círculo de amigos que vivía cerca y que asistía a la misma escuela. Eran buenos jóvenes cristianos que leían juntos la Biblia y hablaban de Dios con la misma regularidad con que practicaban los deportes.

Yo dejaba que los fines de semana JJ y sus amigos se quedaran a dormir en el Cuerpo, donde jugaban al básquetbol y al billar americano o pool hasta tarde por la noche. Al igual que en nuestro primer nombramiento, transformamos el recinto del Cuerpo en un lugar que él pudiese disfrutar.

Hacia el final de su segundo año de secundaria, se nos informó que debíamos dejar Johnstown para cumplir nuestro quinto nombramiento, esta vez en Oil City, Pensilvania. Un día, mientras le enseñaba a manejar el automóvil en el estacionamiento de su escuela secundaria, me di cuenta de lo mucho que afectaba a mi hijo esa inminente mudanza.

En la mitad de la práctica, uno de sus amigos se nos acercó. Acababa de graduarse y estaba por partir a la universidad. Se despidieron emotivamente. Y el hecho de que nos estábamos mudando lo hacía todo aún más difícil.

El amigo de JJ tomó con la mano la borla de su gorra de graduación y se la dio a JJ en recuerdo de su amistad. Mientras su amigo se alejaba, pude ver que mi hijo se esforzaba por contener las lágrimas. Tal como pasó cuando él tenía sólo 3 años de edad, fue devastador para mí sentir una vez más que yo era en buena parte la causa de su dolor.

Pero como es el caso con la mayoría de los jóvenes adolescentes, JJ supo adaptarse. En nuestro nuevo nombramiento en Oil City, JJ conoció nuevos amigos, mientras seguía todo el tiempo en contacto a distancia con sus viejos amigos; batió récords deportivos en su nueva escuela; y conoció a Melinda, que ahora es su esposa y lo ha sido ya por 14 años. No cabe duda, James creció y llegó a ser un joven normal y luego un gran papá.

Hoy, JJ y yo nos sentimos más cerca que nunca el uno del otro. Un padre o una madre darían cualquier cosa por sus hijos, pero también es algo hermoso poder decir que quiero a mi hijo como a un íntimo amigo.

Mi consejo a cualquier oficial o cadete con hijos en casa: trata de que la vida de tus hijos sea lo más normal posible y no dejes que el ministerio interfiera con ese proceso. Nunca debe ser una carga para ellos.

No dejes que las responsabilidades que tienes con el Ejército te consuman. Es fácil concentrarse en cumplir cada llamado que te haga el Ejército, pues las responsabilidades que suponen claman por tu presencia y tu respuesta. Puede que los miembros de tu familia no te llamen literalmente en voz alta cuando necesitan tu atención, pero la verdad es que te llaman en sus mentes y en sus corazones.

Responde a esos llamados. El hecho de hacerlo te hará un mejor padre o madre, esposo o esposa, y también un mejor seguidor de Dios.

por el Mayor James Foley

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