SAconnects en Español

Él me hizo recordar

Ah, Navidad, la época más hermosa y anhelada por mí. Esa temporada me huele a pino y a postres recién horneados con olor a canela y a clavos dulces. Especias que nunca faltan en ninguno de los hogares hispanos. Siempre he pensado que, si crecí y fui pobre, nunca me di cuenta. La Navidad en mi hogar era algo tan espectacular que mis hermanos y yo creíamos que éramos príncipes y princesas.

Vivíamos en un humilde apartamento subsidiado por el gobierno. Sin embargo, me parecía que era la urbanización más cara del mundo. Mi mamá era una mujer muy talentosa, una ama de casa multifacética; cosía, tejía, bordaba, cocinaba y era una repostera exquisita.


La Navidad comenzaba temprano en mi casa; ya para Acción de Gracias se armaba el árbol de Navidad con todos sus adornos. El apartamento se llenaba de colores, a todas las ventanas se les ponían cortinas con motivos navideños. Parecía una casita de jengibre (Gingerbread House). Los pisos se cubrían con un vinil duro al que llamábamos linóleo, cuyo olor invadía la casa con ese grato aroma a nuevo. Esas eran las decoraciones de las décadas cincuenta a setenta.

Vestíamos unos trajecitos vistosos con los retazos de tela que mi mamá guardaba por su oficio de costurera. Siempre teníamos un trajecito nuevo para Nochebuena, Navidad y el día de los Tres Reyes Magos. Para la víspera de Navidad me levantaba en la madrugada y veía a Santa Claus montando la bicicleta y llevando casitas de muñecas. Mantuve esa tradición con mis hijos hasta que crecieron y ya supieron quiénes eran Santa Claus y los Reyes Magos.

Una vez adulta, extrañaba la magia de la Navidad. Luego, ya como oficiala, oía a mis compañeros decir que no disfrutaban de esta época. El trabajo en esta temporada los agobiaba, por lo que alegaban que no tenían tiempo para decorar sus hogares. ¿Me preguntaba por qué? ¿Cómo podía ser eso? En ese tiempo estaba en el Colegio de Entrenamiento para Oficiales. Entonces un día hallé la respuesta a mis preguntas.

En el año 2003 fui asignada a Providence, Rhode Island, como oficiala directiva. La temperatura en ese estado, durante la Navidad, podía bajar hasta diez grados bajo cero. Un día en particular, anunciaron una tormenta de nieve que prometía acumular varias pulgadas. Me fui al supermercado rapidito y compré los víveres que necesitaba para esa ocasión. Tenía los pies congelados y mi corazón triste; estaba melancólica. Extrañaba el calorcito de mi isla de Puerto Rico. Continué arrastrando los pies buscando los alimentos y con la cara poco agradable. Me pasaba el tiempo distraída y compadeciéndome de mí misma.

Sin percatarme, golpeé el carrito de compra que iba delante de mí. Miré tímidamente a la señora que lo llevaba y le dije algo avergonzada: “Disculpe, ¡lo lamento mucho!” Y entonces ocurrió algo que hasta el día de hoy recuerdo. La señora me dijo: “No se preocupe. Es usted muy linda”. A lo que respondí con timidez: “Gracias”. En ese momento recordé cuánto me ama Dios; nunca nos deja solos aun en medio de días tristes y ajetreados. Cuando reaccioné, di vueltas por todo el supermercado; quería darle las gracias a esa dama por haber iluminado mi día. Mi corazón melancólico y triste se había iluminado por el acto tan hermoso de esa dama. Como no la encontré, no di más vueltas. Había entendido el regalo precioso del amor de Dios. Él me hizo recordar: “Y cambiaré su lloro en gozo, y los consolaré y los alegraré de su dolor” (Jeremías 31:13b).

Escrito por la Mayora Teresita Pacheco

Previous post

Testimonio Personal

Next post

La buena nueva debe ser Compartida