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El hijo pródigo

Lalut“Un hombre tenía dos hijos. El menor de ellos le dijo a su padre: ‘Papá, dame lo que me toca de la herencia’. Así que el padre repartió sus bienes entre los dos. Poco después el hijo menor juntó todo lo que tenía y se fue a un país lejano; allí vivió desenfrenadamente y derrochó su herencia.

     Cuando ya lo había gastado todo, sobrevino una gran escasez en la región, y él comenzó a pasar necesidad. Así que fue y consiguió empleo con un ciudadano de aquel país, quien lo mandó a sus campos a cuidar cerdos. Tanta hambre tenía que hubiera querido llenarse el estómago con la comida que daban a los cerdos, pero aun así nadie le daba nada. Por fin recapacitó y se dijo: ‘¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen comida de sobra, y yo aquí me muero de hambre! Tengo que volver a mi padre y decirle: Papá, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no merezco que se me llame tu hijo; trátame como si fuera uno de tus jornaleros’. Así que emprendió el viaje y se fue a su padre.

     Todavía estaba lejos cuando su padre lo vio y se compadeció de él; salió corriendo a su encuentro, lo abrazó y lo besó. El joven le dijo: ‘Papá, he pecado contra el cielo y contra ti. Ya no merezco que se me llame tu hijo’. Pero el padre ordenó a sus siervos: ‘¡Pronto! Traigan la mejor ropa para vestirlo. Pónganle también un anillo en el dedo y sandalias en los pies. Traigan el ternero más gordo y mátenlo para celebrar un banquete. Porque este hijo mío estaba muerto, pero ahora ha vuelto a la vida; se había perdido, pero ya lo hemos encontrado’. Así que empezaron a hacer fiesta” (Lucas 15:11–24).

El público le ha puesto a esta parábola el título: “La parábola más conocida de todas las parábolas”.

Gente que no ha pisado una iglesia en su vida, conoce su trama; Hollywood la ha llevado a la pantalla grande dos veces: un muchacho joven que decide abandonar su hogar y le pide a su padre la herencia que le corresponde. La trama se presta para innumerables aventuras.

Los que oyeron esta parábola por primera vez no la encontraron ni romántica ni entretenida; para ellos estaba llena de ofensas a lo que es la decencia y el orden. Era, según ellos, un insulto a las buenas costumbres. No es sano que un muchacho que vive perdidamente malgastando el dinero de su padre, viviendo entre los gentiles, vuelva a casa para recibir una bienvenida de mantel largo. No es sano que un padre sea tan sentimental y tan blando cuando debía ser duro y severo y corregir a ese hijo que le había causado cuantiosas pérdidas económicas y muchos sinsabores.

El Señor dirigió esta parábola a los fariseos quienes promovían una religión fría, separatista y racista y que ahora lo acusaban de sentarse a comer con publicanos y pecadores.

Esta acusación que los fariseos le hacían a Jesús, para nosotros no es una acusación; es fuente de orgullo y agradecimiento: “Él vino y comió con nosotros y nosotros con Él”. Para los judíos que basaban su reputación en la diferencia que había entre ellos y los “pecadores” esto era ofensivo.

Con esta parábola el Señor contesta a los fariseos y les muestra al Dios verdadero, Aquel que no tenía a mal juntarse con pecadores, rameras, delincuentes, discapacitados o extranjeros porque en todos estaba estampada la imagen de Su Padre, el Dios que hace llover sobre justos y pecadores, Aquel que nos extraña cada día que permanecemos fuera del hogar.

Los fariseos creían que conocían al Dios verdadero, pero predicaban un Dios forjado por sus limitaciones, su orgullo y su falta de amor. Jesús les contesta explicando que: Ustedes me acusan que yo me siento a comer con pecadores. No rechazo esta acusación, me siento a la mesa a comer con ellos porque mi Padre los ama. Él me mandó expresamente a buscarlos. No vine a buscar a los buenos, a los que no se hacen problemas por nada, a los que no escandalizan a nadie, a aquellos que tienen buenas notas o son correctos y no buscan problemas. Busco a los confundidos, a los extraviados, a aquellos que todo parece salirles mal, a los que tienen complejo de inferioridad, a los que han entregado su libertad a un “vicio” que maneja sus vidas, a los que no han resuelto su sexualidad (incluyendo homosexuales y lesbianas). He venido a buscar lo que se ha perdido, lo que la gente ve como basura , en general, he venido a buscar todo lo que genera desprecio y menoscabo y que la sociedad y a veces mi Iglesia, se siente con derecho a humillar y despreciar.

La parábola del hijo pródigo subraya este sorprendente punto de vista ilustrando con el comportamiento del padre a la llegada de su hijo lo que Dios siente por nosotros que aunque le hemos fallado rotundamente y “aunque no hay justo, ni aún uno; no hay quien entienda, no hay quien busque a Dios”.  Él está dispuesto a  perdonarnos y festejar nuestro retorno.

Si al leer la parábola no nos escandalizamos como los fariseos no la estamos entendiendo. La fuerza real de esta parábola se encuentra en lo imposible que es para nosotros comprender un amor tan grande. Cuando vemos a ese angustiado padre inundado de cariño por ese hijo que aparece en el portón de la casa, fracasado, mal vestido y con hambre y lo vemos correr y abrazarlo y luego prepararle una fiesta de bienvenida, con el becerro gordo, nos damos cuenta de lo absurdo que debe sonar a los oídos no preparados al mensaje del Evangelio, que Dios se alegre tanto por el regreso de uno de sus hijos.

Esta parábola nos enseña que Dios nos mira como persona y nos conoce por nombre y apellido, nos asegura que a la cabeza de la creación encontramos un corazón que late por nosotros y nos brinda esperanza de que estemos donde estemos, podemos volver al hogar.

(continuará en la próxima edición)

por Enrique Lalut

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