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El hijo mayor

Lalut“Y el hijo le dijo: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo. Pero el padre dijo a sus siervos: Sacad el mejor vestido, y vestidle; y poned un anillo en su mano, y calzado en sus pies. Y traed el becerro gordo y matadlo, y comamos y hagamos fiesta; porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; se había perdido, y es hallado. Y comenzaron a regocijarse. 

Y su hijo mayor estaba en el campo; y cuando vino, y llegó cerca de la casa, oyó la música y las danzas;  y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: Tu hermano ha venido; y tu padre ha hecho matar el becerro gordo, por haberle recibido bueno y sano. Entonces se enojó, y no quería entrar. Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase. 

Mas él, respondiendo, dijo al padre: He aquí, tantos años te sirvo, no habiéndote desobedecido jamás, y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos. Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo. 

Él entonces le dijo: Hijo, tú siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Mas era necesario hacer fiesta y regocijarnos, porque este tu hermano era muerto, y ha revivido; se había perdido, y es hallado”

(Lucas 15:21-32).

El padre estaba feliz; su hijo había regresado.

Sin embargo, en la fiesta se encontraba gente que no veía el asunto con la misma claridad. Eran amigos del padre y se regocijaban por él, pero se preguntaban para sí: ¿Por qué hacer tanto festejo? Es obvio que el muchacho necesita que le pongan los puntos sobre las “íes”. Uno no se va de la casa llevándose la mitad de los bienes y regresa como si nada hubiera pasado. 

Cuando el padre salió a buscar a su hijo mayor para que entrara a la fiesta,  le dijo con amargura: ¡Tantos años te sirvo no habiéndote desobedecido jamás y nunca me has dado ni un cabrito para gozarme con mis amigos. Pero cuando vino este tu hijo, que ha consumido tus bienes con rameras, has hecho matar para él el becerro gordo. 

En la respuesta que el padre da a su hijo encontramos uno de los secretos más profundos del reino de Dios. El padre exclamó: Hijo, tú siempre estás conmigo, todas mis cosas son tuyas…  En una sola frase el Señor hace una separación tajante entre lo que es el Evangelio vigoroso que ofrece la paz que sobrepasa todo entendimiento, que viene directo de Cristo, y la religión que es algo de nuestra hechura, producto de nuestras obras y ofrece lo que es una creencia que sólo mantenemos por costumbre y que produce hastío, letanía, adormecimiento. Lo primero es Evangelio, lo segundo es religión.

Con el hermano menor que se arrepiente y vuelve al hogar estamos en la presencia del Evangelio, en la frialdad y falta de amor del hermano mayor asistimos a un ejemplo de religión.

La religión trata de convencernos de que debemos negociar con Dios, porque él negocia con nosotros, él sabe comerciar sus mercancías y siempre obtiene ganancias de lo que da, como el entrenador que premia con golosinas al perrito cuando logra equilibrarse en dos patitas y convertirse en una fuente de ingresos para él.

Cuando atamos el Evangelio a lo que hacemos, a nuestras obras, le hemos quitado el poder de cambiar nuestras vidas y guiar nuestro futuro. La Biblia llama a eso “vivir por las obras” y lo combate como la plaga. Las obras son todo aquello que hacemos cuando tratamos de encontrar a Dios a nuestra manera, bajo nuestra propia voluntad.

El hijo mayor vivía por las obras; quien vive de esta manera necesita mantener escrupulosamente claras las cuentas y el muchacho acarreaba en su mente un libro de dos columnas: en la columna de buenas obras podíamos leer: “serví a mi padre con obediencia durante muchos de años”, y en la columna de pagos: “me debe al menos un cabrito para gozar con mis amigos”.

Hagámonos las siguientes preguntas:

¿Tenía mejor comportamiento el hijo mayor que el hijo menor? 

La conducta tampoco indica cuán cerca o lejos se está de una persona. No sólo con fiestas, trasnochadas, prostitutas, se puede estar lejos; también se está lejos acatando las reglas, teniendo una conducta apropiada a la situación que se vive, pero sin tener amor.

¿Era más espiritual el hijo mayor que el hijo menor?

Cada uno se alimentaba de diferentes fuentes. El hijo menor vivía de sus placeres y de los excesos de su juventud. El mayor se alimentaba de sus obras, de su orgullo y de su vanidad. Ambos habían dejado de consumir el pan de vida y habían comenzado a consumir algarrobas, que es un alimento de cerdos.

¿Qué tenemos que hacer para ganar el favor de nuestro Padre? 

Sólo aceptar nuestra condición de pródigos y creer que hay un Padre que nos espera en el hogar.

No merecemos nada de lo que Dios nos ha dado y si creemos que lo merecemos, no lo hemos recibido. Todos los tratos que tuvimos con Dios fueron iniciados y causados por un amor que proviene de Él y que no es incomprensible. Nos quiere porque nos quiere. Nos perdonó porque el perdón fluye de su persona. Nunca debe dejar de sorprendernos que seamos objeto de un amor tan profundo y de una búsqueda tan intensa.

Quien experimenta el Evangelio de esta manera puede celebrar y sentirse con entera libertad para llevar a Su Padre todos sus temores, problemas y dudas con la certeza de que le tomará en serio y no lo echará al olvido. El hijo mayor no sentía eso, era más importante para él un becerro gordo que la cercanía cotidiana con su padre.

El Evangelio no es un contrato preparado por abogados, es una carta de amor, que un Dios enamorado de su creación, descarriada y sufriente, nos envía a cada uno de sus hijos para que vayamos a su hogar. Si deseas venir a festejar en esta fiesta de amor, perdón y comprensión, estás invitado. Todavía queda becerro para festejar.

por Enrique Lalut

 

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