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El fariseo y el publicano

Lalut2Soldado y creador de la compañía Hispanic Word (que produce las revistas ¡Buenas Noticias!, Cristianos en Marcha y Ven a Cristo Hoy para el Territorio Este de los Estados Unidos), Enrique Lalut nos trae estudios sobre las parábolas de Jesús.
Un fariseo y un publicano sintieron la necesidad de estar en la presencia de Dios. Ambos acudieron al templo con el propósito de orar. Dios bendijo al publicano e ignoró la oración del fariseo. Esto nos llama la atención porque el fariseo era un hombre religioso y el publicano era un comerciante deshonesto. Existen razones para desear comprender el porqué de esta elección. Nosotros también vamos en busca de la bendición de Dios y no queremos cometer los mismos errores que aparentemente cometió el fariseo.

Las credenciales del fariseo

El fariseo tomaba los asuntos religiosos en serio; Dios era algo importante para él. Si había algo negativo en su personalidad no era la falta de seriedad. Su vida era disciplinada: “ayunaba dos veces por semana y donaba el 10% de sus ingresos a la iglesia”. Cuando la religión de una persona le toca el bolsillo o el estómago, podemos estar seguros de que la cosa es seria. Nos extraña que este sea el hombre que Dios ignoró.

Las credenciales del publicano

Este es el hombre que Dios bendijo. Los publicanos eran negociantes natos; todo lo veían en términos de dracmas y centavos. No queremos decir con esto que hacer negocios sea pecado, pero los publicanos se habían ganado el desprecio del pueblo porque se encargaban de la recolección de impuestos y se habían acostumbrado a cobrar por encima de lo correcto para quedarse con la diferencia. Además, se aprovecharon de la escasez de productos y operaban en el mercado negro con grandes beneficios económicos para ellos.

Desde el punto de vista patriótico era un traidor a la patria. Desde el punto de vista humano era un sinvergüenza. Para Dios era un pecador que estaba invitado a ir ante Su presencia para pedir perdón por sus pecados y comenzar a llevar una vida renovada y honrosa.

La oración del fariseo

Lo primero que debemos decir de la oración del fariseo es que no fue tal cosa. Dios no le contestó porque no había nada en ella que contestar. El fariseo no formuló ninguna pregunta, no hizo ninguna petición, no expuso ninguna necesidad; se sentía completo en sí mismo. Sus momentos con Dios se limitaron a presentar al Todopoderoso una lista de sus logros. El broche de oro de esa necia e insensata enumeración es una lista de pecados, no los de él, sino del publicano que en esos momentos se encontraba al fondo de la capilla. No encontramos una palabra que se pueda llamar oración en todo lo que el fariseo dijo. Su discurso carece de ciertas cualidades esenciales para aspirar a serlo: no indica estar consciente de su necesidad, no muestra quebrantamiento, es el discurso de alguien que, aunque religioso y ordenado, todavía continúa entero.

Cada vez que Jesús usó a alguien o a algo para su servicio, lo rompió. En el camino de Emaús, Jesús partió el pan, antes de repartirlo a sus discípulos. En la casa del fariseo el alabastro debió ser roto antes de que el aceite inundara con su perfume a los invitados. Dios no puede usarnos cuando estamos enteros. Él necesita que estemos conscientes de nuestra debilidad, de nuestra insuficiencia, para poder cubrirnos con el manto de su perdón y su poder. Él busca un corazón contrito. “Los sacrificios de Dios son el espíritu quebrantado; al corazón contrito y humillado no despreciarás tú, oh Dios” (Salmos 51:17).

La oración del publicano

La Biblia no nos habla mucho del publicano; sólo explica que “estando lejos no quería ni aun alzar los ojos al cielo sino que se golpeaba el pecho diciendo: sé propicio a mí pecador. Aunque sólo contiene una frase, la oración del publicano es cabal y verdadera. Quien la hace se sabe pecador y se reconoce incapaz de solucionar esa situación por sí mismo. Una oración como esa sólo puede ser hecha por alguien que se encuentra bajo la luz inquisitiva de Dios y ha sentido la mirada de sus candentes ojos, que le muestran su pecado y le hacen ver sus necesidades. Esa es la clase de oración que Dios busca. La Biblia nos asegura que: “Cercano está Jehová a los quebrantados de corazón; y salva a los contritos de espíritu” (Salmos 34:18).

por Enrique Lalut

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