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De rebote

Hacia un nuevo tipo de reunión al aire libre

“¿Dónde tengo que predicar?”, pregunté. “¿Quieres que predique en la calle?”

En mi calidad de cadete de la Escuela de Entrenamiento para Oficiales del Ejército de Salvación, se me asignó la misión de dar un testimonio en una reunión al aire libre. A pesar de mi nerviosismo, llegado el momento, todo salió bien. Sin embargo, apenas dejé el micrófono, me sentí profundamente confundido.

¿La razón? Cantamos, predicamos y oramos… en una vereda desierta.

Consciente de nuestro desconcierto, nuestro maestro se apresuró a recordarnos que era virtualmente imposible saber quién había oído y percibido nuestro mensaje. Había incontables apartamentos en las cercanías. Sin embargo, sus palabras no lograron despejar del todo mi confusión.

La historia del Ejército de Salvación está llena de encuentros (en los que se salvan muchas vidas) de estas reuniones al aire libre. Los primeros salvacionistas acudían a las calles más concurridas y populosas con un objetivo muy claro y sencillo: proclamar el amor de Jesús. Nada impedía ese propósito. Me atrevo a decir que miles de almas salieron de la oscuridad y accedieron a la luz gracias a tales esfuerzos.

Sin embargo, las reuniones al aire libre parecen enfrentar tiempos difíciles. Como soldado y oficial, he adorado al Señor en un solo Cuerpo que tenía un ministerio de predicación al aire libre. Para muchos cristianos, esta práctica es considerada completamente estéril; algo del pasado que hoy no tiene nada que ofrecer.

No obstante, ¿qué pasaría si las reuniones al aire libre, en realidad, tuviesen algo más que dar? ¿Qué ocurriría si la esencia de esas primeras reuniones al aire libre, más que el modelo mismo, todavía tuvieran algo poderoso que ofrecerle al Ejército de Salvación? ¿Qué sucedería si, de hecho, hubiese algo oculto en las profundas grietas de ese ministerio de la calle que resultase fructífero y productivo en la actualidad?

La realidad pasada y la presente

Debemos entender algunos detalles que rodean el éxito del ministerio al aire libre en sus inicios.

En primer lugar, las esquinas de las calles eran lugares muy concurridos en los que la gente se reunía para socializar y entretenerse. En esencia, constituían la encrucijada de la vida.

En segundo lugar, la sociedad era “cristiana”. Vale decir, la gente en términos generales comprendía y aceptaba las ideas acerca de Dios, Jesús, la salvación y el pecado. Eso no equivale a decir que todos sentían plena convicción de esas ideas o que esa época particular era moralmente superior a otras.

Muchas personas, aunque estaban alejadas de Dios, creían que existía. Cuando los predicadores les hablaban, esas personas compartían con ellos buena parte de su teología cristiana. Ese fundamento sustentaba el amplio llamado que el predicador hacía al arrepentimiento y a la conversión.

En el mundo de hoy, ninguno de esos principios tiene validez en muchas de las comunidades donde el Ejército de Salvación ministra. Las esquinas de las calles ya no son concurridas. Las compras por internet o en automóvil han transformado la manera como la gente vive. Si examinamos las conversaciones que sostienen las personas que todavía concurren a las esquinas de las calles, escuchamos una variedad de perspectivas. Ya no podemos seguir diciendo que nuestra sociedad es, en términos generales, “cristiana”. Las creencias fundamentales acerca de Dios, Jesús, la salvación y el pecado ya no son acogidas ni sostenidas por la mayoría de las personas. El mensaje antaño familiar de los predicadores en la calle ya no cautiva con tanta naturalidad a los oyentes.

¿Cuáles son las preguntas?

Más allá de esas diferencias, sigo creyendo que todo aquello que era el eje de las reuniones al aire libre sigue teniendo vigencia en la actualidad. Para poder encontrar el camino a seguir, debemos plantearnos dos preguntas muy concienzudamente.

La primera es: “¿Dónde se suele reunir la gente?” En mi experiencia, los lugares de encuentro más comunes son los relacionados con los deportes. Trátese del balompié, el básquetbol, el futbol americano o el Frisbee extremo, las comunidades de todos los tipos y formas se reúnen para jugar y ver deportes.

Así como nuestros predecesores en la misión evangelística lograban congregar a grandes multitudes en las esquinas de las calles, también nosotros podemos congregar multitudes recurriendo a los eventos deportivos modernos. Por ejemplo, podemos conectarnos con una multitud de personas y hacerlo con gran eficacia si creamos una liga deportiva, administramos un torneo deportivo o nos integramos a una liga ya existente.

La segunda pregunta puede representar un desafío algo mayor. Una vez que reunamos a una multitud: “¿Cómo hacemos para trasmitir eficazmente el amor de Jesús?”

La mayoría de las ligas deportivas solo son para divertirse y confraternizar. Aunque eso me parece muy bien, si nos proponemos seriamente compartir el amor de Jesús, debemos desear mucho más que la mera diversión y el compañerismo. Estos esfuerzos son medios para alcanzar un objetivo, pero nunca un fin en sí mismos. Debemos tener siempre muy clara nuestra meta evangelística.

Cuando tratemos de compartir el amor de Jesús a través de los deportes, debemos pensar en las realidades del mundo de hoy. Sin duda que tenemos que ver las ligas deportivas como maneras novedosas para atraer a una multitud antes de iniciar un partido, pero también debemos cuidarnos de celebrar el mismo tipo de reunión al aire libre de los tiempos pasados. Para cautivar la atención de esas multitudes tendremos que recurrir a algo más que un devocional y un poema. Para compartir con eficacia el amor de Jesús, debemos tener muy claro el objetivo intencional de nuestra preparación y de nuestra presencia.

Cómo definir el éxito

La asistencia los domingos por la mañana no debe ser la medida del éxito. Hemos llegado a un punto en el ministerio en el que el número de asistentes los domingos por la mañana es la definitiva, y a veces la única, medida del éxito. En mi experiencia, la asistencia a la iglesia los domingos no garantiza nada. En Mateo 28, somos llamados a hacer discípulos. Eso nos exige vivir y caminar con las personas a un nivel de intimidad tal que podamos ayudarlas a crecer. Nada de eso depende de los matutinos servicios de adoración dominicales. Debemos medir el éxito por el número de personas que están activamente siendo discipuladas a través del ministerio.

Convicción y creatividad

En Mateo 6:10, Jesús les enseña a sus seguidores a orar así: “Venga tu reino, hágase tu voluntad en la tierra como en el cielo”. El éxito también se puede medir por la manera en que nuestros ministerios llevan el Reino de Dios a los vecindarios.

Hace varios años, inicié un ministerio de básquetbol en Harlem, Nueva York. La única medición del éxito que utilicé fue la estadística de la asistencia los domingos por la mañana. Tras liderar el ministerio durante un par de años, me sentí decepcionado de mí mismo por haber fracasado en mi intento por lograr que algunos de esos hombres viniesen a la iglesia.

En mi último día, un hombre me contó una historia sorprendente. Me dijo que yo, ingenuamente, había dejado que cada equipo representara a las pandillas del vecindario. Al principio, los hombres se sentían incómodos con la idea de jugar contra otra pandilla. Estaban preocupados por lo que podría suceder. De modo que, por las dudas, cada equipo siempre traía una pistola al gimnasio.

Quedé atónito al enterarme de aquello. El comentario que hizo después me resultó aún más impresionante. Me dijo que, con el tiempo, el hecho de jugar todos juntos les había llevado a cambiar de actitud. Al fin, los equipos dejaron de traer pistolas al gimnasio. La experiencia de jugar juntos derribó algunos muros de hostilidad que los separaban y les permitió llegar a conocerse y a confiar unos en otros.

La paz floreció desde el hervor mismo de aquella hostilidad; era Su Reino que llegaba a mi vecindario.

Dios usó las esquinas de las calles para transformar individuos, familias y vecindarios, por medio de la convicción y la creatividad de los primeros salvacionistas. Estoy convencido de que, si llevamos esa misma convicción y creatividad a la cancha de básquetbol, también veremos a Dios cambiar nuestros vecindarios desde el corazón mismo de las reuniones al aire libre, discípulo por discípulo.

Por el Capitán Stephen Mayes
Director de Educación Cristiana


Preparación y presencia

Una buena preparación es fundamental.
Practica concienzudamente cada uno de los siguientes aspectos:

Ora
Busca la guía y el favor de Dios.
No esperes alcanzar frutos espirituales mediante esfuerzos carnales.

Haz de los miembros disciplinados y espiritualmente maduros de tu Cuerpo tus compañeros de equipo. El conocimiento deportivo es secundario: lo esencial es tener un corazón apasionado. No vayas a esta guerra solo por ganar almas.

Prepara un mensaje que tus oyentes puedan comprender.
Antes de cada partido, comparte un devocional de dos o tres minutos. El método utilizado para los sermones dominicales matutinos con toda probabilidad tendrá poco impacto. Es responsabilidad del predicador que el mensaje resulte comprensible y claro. Esta habilidad se volverá cada vez más efectiva conforme vayas conociendo mejor a las personas a las que sirves.

Preocúpate por estar presente.
Al principio, el líder tendrá que hacer de todo. Busca voluntarios para que te ayuden en esta tarea. La participación de ellos te permitirá manifestar tu presencia. Paséate por el gimnasio o por el campo de juego y cultiva tu relación con los jugadores. Esta es una visitación pastoral. Preocúpate por conocer tantos nombres e historias como te sea posible.

Durante la semana, ora por las personas.
Cada vez que sea posible, ve a verlos y mantente al corriente de cómo les está yendo. Una buena relación es el mejor puente para compartir con eficacia el amor de Jesús con las personas que aún no lo conocen.

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