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“Cristo me ha sanado”

Christhashealedme_insLa espiral de la adicción a la heroína en la que cayó Mike Price empezó de la manera más ingenua cuando su doctor le recetó Vicodina tras una operación en la muñeca.

“Eso fue lo que dio inicio a mis 14 años de adicción a los opiáceos”, dice. “Tras recibir esa receta médica, no paré nunca más”.

Cuando su doctor le dijo que ya no necesitaba Vicodina y dejó de administrarle esas recetas, Price las buscó en las calles de Dayton, Ohio, donde trabajaba.

“Antes siquiera de darme cuenta, estaba drogándome con heroína”, cuenta Price. “La heroína era mucho más barata y más potente”.

Price había surgido laboralmente trabajando primero como carpintero hasta llegar a ser el encargado general de una compañía importante de construcción en Dayton. Siendo un padre modelo que participaba en grupos deportivos para jóvenes, empezó a comprar drogas optando a préstamos por $5.000 y hasta por $10.000 sin el conocimiento de su esposa.

En 2004, la adicción de Price le costó su trabajo y otros más en los que se desempeñó después de eso. Pero aquello era sólo la primera de una larga racha de sus pérdidas.

“Perdí a mi familia. Perdí mi identidad. Lo perdí todo”, explica Price. “Había caído en la desesperación y el abatimiento. Creo que fue una sorpresa para todos ver cómo seguía sin detenerme por el camino hacia mi destrucción”.

La vida en la calle

Price vivió en situación de calle durante un año y medio; solía ocupar casas abandonadas con basura por todos lados y con mapaches hurgando en toda esa suciedad para alimentarse hasta que la policía le hacía salir de allí.

“No tuve problema con eso”, dice. “Quedas tan atontado por las drogas que la verdad es que ya nada te importa”.

Price solía ver a las personas ir y venir en su vida diaria y pensaba: “Apuesto a que ese tipo no consume heroína. Apuesto a que ella no es adicta a las drogas”. Esos pensamientos le hicieron darse cuenta de que sus circunstancias eran humillantes, por lo que quiso volver a ser normal.

“Solía decirme a cada momento que Jesús me había ‘cortado las piernas’ porque estaba como ese tipo soberbio del que se dice que subía por la escalera de su egoísmo pisoteando a los demás para conseguir lo que tanto quería”, recuerda.

Price ingresó a 11 centros de rehabilitación en distintos puntos del país, pero ninguno resultó. Así que siguió mintiendo, haciendo trampa y robando.

“Muchas veces tuve pensamientos suicidas”, cuenta. “La verdad es que ya no daba más. La heroína me tenía completamente esclavizado. Era prácticamente imposible desprenderme de sus garras”.

Price asistió a una reunión de Alcohólicos Anónimos (AA), donde supo de los Centros de Rehabilitación para Adultos (ARCs) del Ejército de Salvación.

“Tenía que hacer algo”, cuenta Price. “Estaba en las últimas. El invierno se acercaba y, para poder mantenerme drogado, empeñé toda mi ropa de esa temporada”.

Encuentra un hogar

En marzo de 2013, Price tocó a la puerta del ARC de Dayton y tuvo la corazonada de que había hallado el tipo de ayuda que necesitaba.

“Me alegró mucho estar ahí, pero seguía abusando de las drogas”, cuenta.

Price permaneció ahí dos meses, pero al llegar a la fase en que podía salir del recinto, volvió a recaer y fue expulsado. Se dio cuenta de que había cometido un grave error.

“Fueron los peores 30 días de mi vida, intentando que se me permitiera reingresar”, recuerda. “Sabía que Dios y la espiritualidad que el Ejército de Salvación me estaba inculcando era lo que necesitaba y que además era justamente eso de lo que carecían los centros seculares de rehabilitación. Al final me permitieron el reingreso”.

Price estaba decidido a no fracasar en esa segunda oportunidad que se le daba. Recuerda que se arrodillaba para orar al Señor pidiéndole que velara por sus hijos y que lo liberara de su adicción.

“Solía orar a Dios pidiéndole que me quitara esa obsesión”, relata. “Fue mucho lo que tuve que orar. No fue algo que sucediera de un día para otro”.

Hay que darle toda la gloria a Dios

“A los tres meses de estar internado en el ARC, seguía pensando en drogarme. Un día al despertar por la mañana —puede haber sido una semana antes de que me diera cuenta de ello—, la obsesión había desaparecido por completo. Dios había llenado ese vacío y toda la ansiedad se esfumó.

“No puedo explicar lo que me sucedió de ninguna otra manera: fue Cristo quien me sanó. Se me llenan de lágrimas los ojos cuando hablo sobre eso. El Ejército de Salvación, como organización, me salvó la vida. Yo deseaba ponerle fin a esa adicción”.

A Price le gusta bromear diciendo que se ha quedado en el ARC desde que el Ejército le permitió reingresar. Dada su experiencia en el rubro de la construcción, fue contratado para trabajar como supervisor de mantenimiento en diversas instalaciones del ARC en Dayton, tras su graduación en enero de 2014.

“Me encanta lo que hago y lo hago para Dios”, explica.

También conoció a su esposa Lori, que ha pasado por un proceso de rehabilitación similar al suyo y que trabaja a su lado en el ARC. La pareja se casó el día de San Valentín del año 2015.

Lori ha estado ayudando a organizar a las iglesias de Dayton para combatir el flagelo de la heroína.

Price dice que desde su llegada al ARC en 2014 ha oído hablar de varias muertes que han ocurrido y ha visto no menos de 10 graduados sucumbir a una sobredosis y fallecer.

El dolor de la adicción

“Eso es cada vez más difícil de sobrellevar”, reflexiona. “Quieres ver a esas personas mejorarse y que conozcan la paz interior, pero muchas veces ocurre que el demonio les mete en la cabeza la idea de que ‘hoy me puedo drogar’. Y la consecuencia es que a veces terminan muertos. Es muy desolador”.

Price dice que él y su esposa no asisten a las reuniones de Alcohólicos Anónimos (AA) ni a las de Narcóticos Anónimos (NA) porque “no hablan de Cristo”. Cuenta que los programas seculares a los que asistió tendían a fracasar por esa misma razón.

“No puedes luchar contra ninguna adicción en tu vida sin la ayuda de Cristo o sin la fe en Dios”, explica. “Si no se lo das todo a Jesús, vas a seguir esclavo de ese pensamiento que te dice: ‘Yo puedo salir de esto por mis propios medios’. He hablado con cientos de personas que dicen: ‘Lo puedo hacer yo solo’. No lo puedes hacer solo. Yo no lo pude hacer por mis propios medios”.

Una nueva creación

A Price tampoco le gusta referirse a sí mismo como “adicto”.

“Ya no me defino en esos términos”, dice. “Yo sé que Él me ha sanado. Sigo repasando ese pensamiento en que recuerdo el lugar al que la heroína me llevó y cómo fue que Cristo me rescató. Eso es todo lo que necesito”.

Price y su esposa asisten a los servicios de adoración en el Centro Comunitario Ray & Joan Kroc en Dayton y también lideran un grupo pequeño. Él asiste a un estudio bíblico nocturno todos los jueves, a la iglesia los domingos y participa en las actividades de acercamiento a la comunidad.

Price, de 55 años, a veces cuenta su testimonio en el Centro Kroc, pero “donde eso se pone a prueba es aquí, en el ARC”, comenta.

“Tengo la tremenda oportunidad de mostrarles a esos hombres —y sé que soy un poco mayor que algunos de ellos— que a través de Jesús puedes mejorar y que ya no tienes que seguir viviendo de esa manera”, cuenta. “Muchos de ellos lo han perdido todo dos o tres veces en su vida, como fue mi caso”.

Puesto que la gran mayoría de los beneficiarios del ARC son adictos a los opiáceos, Price se siente cómodo compartiendo su historia.

“Yo desarrollo relaciones con muchos de ellos”, dice. “Me lo tomo muy en serio pues se trata de una situación de vida o muerte.

“Si veo a esos tipos que sólo se presentan aquí para las tres comidas y para tener un catre donde pasar la noche, me hago a un lado. Cuando veo que los clientes son serios, me acerco para hablar con ellos. Conversamos, oramos juntos y entonces les cuento mi experiencia y a dónde me llevó.

“El Señor me sanó. Eso es todo lo que puedo decir”.

por Robert Mitchell

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