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Clavarse uno mismo la espada

El dicho: “Clavarse uno mismo la espada” llega a nosotros procedente de varias culturas. Originalmente, significaba cometer suicidio para impedir ser capturado por el enemigo. O, en la cultura japonesa, morir con honor después de ser capturado. Hasta lo vemos mencionado en el Antiguo Testamento. Sin embargo, hoy significa reconocer abiertamente haber hecho algún mal y aceptar con franqueza la propia culpa. Y, en cualquiera de los dos casos, es una de las cosas más difíciles que podemos hacer. Con todo, es el primer paso en el camino que lo lleva a uno a convertirse en una persona verdaderamente cristiana. Por cierto, yo tuve que aprender a aceptar esta frase de la manera difícil.

La primera vez que aprendí el valor de hacer eso fue mientras me encontraba en el ejército. La verdad es que no hay nada que me guste menos en esta vida que hacer ejercicios. En las sesiones de entrenamiento físico, siempre fui parte del grupo “lento”. Fue por ello que el sargento mayor de mi compañía me asignó a una clase de reforzamiento de entrenamiento físico, dirigida por el sargento mayor del batallón. De alguna manera, logré evitar asistir muy a menudo. Pero puesto que llevaban la asistencia, no sé por qué traté de pasarme de listo.

Como era de esperar, esa conducta terminó pasándome la cuenta y fui llamado a presentarme a la oficina del comandante de la compañía. No había escapatoria. El sargento mayor no iba a dejar que algo así quedara sin castigo.

Con una expresión triste en su rostro, se quitó los lentes y me preguntó: “¿Por qué?” Me sentí acorralado, pero había sólo una respuesta posible…

De modo que ahí estaba yo, en posición firme, delante de mi capitán. Él había hecho lo imposible para ayudarme en el pasado. Ese hombre se había ganado todo mi respeto, lo que me hacía sentirme particularmente avergonzado de hallarme delante de él en ese momento. Por algunos segundos, él dejó que me quemara por dentro mientras leía el informe sobre mi infracción. Con una expresión triste en su rostro, se quitó los lentes y me preguntó: “¿Por qué?” Me sentí acorralado, pero había sólo una respuesta posible. Cuadré los hombros, respiré muy hondo, y dije: “No hay excusa, mi capitán. He sido increíblemente estúpido, mi capitán”. En ese instante yo en verdad no me estaba haciendo responsable de mis actos, sino sólo rindiéndome. Pero mi capitán se rió entre dientes.

“Usted es mejor que la mayoría”, dijo. Al notar mi perplejidad, agregó. “La mayoría de las personas trataría de inventar alguna excusa; usted en cambio se clavó su propia espada. No perdió nada de tiempo”. Firmó el informe y se lo entregó al sargento mayor. “Usted tiene que ser castigado, pero esta vez seré menos severo que de costumbre. Primero que nada, va a regresar a entrenamiento físico donde lo podamos vigilar de cerca. Segundo, me dicen que sabe pintar. ¿Es eso correcto?”

“Sí”, dije algo vacilante.

“Necesitamos pintar un mural en la pared principal de la oficina. Usted va a pintar eso. Puede retirarse”.

Saludé y salí. Necesité tres semanas para terminar el mural, pero tardé más tiempo en mejorar mi desempeño en entrenamiento físico. Esa durísima prueba mejoró mi capacidad para “clavarme la espada” cada vez que me sorprendían cometiendo algún error. Y eso les hizo todo más fácil a las personas con las que yo trabajaba. ¡La marca de un hombre honesto! Sin embargo, seguir ese patrón de conducta era como recibir una de esas tarjetas que te permite “salir libre de la cárcel”. A veces  no me arrepentía de mis faltas, simplemente pasaba a otra cosa.

Perder mi puesto en el ejército fue la manera en que Dios me llamó la atención sobre esa falacia moral. Yo debía arrepentirme de verdad; reconocer que el mal que hacía era pecado, y que debía pedirle a Él perdón. Y esa es la parte más difícil de reconocer que hemos hecho algún mal. Nuestro orgullo se interpone. Sí, claro, podemos “clavarnos la espada” a lo largo de todo el día, pero eso no tiene ningún sentido para Dios si no se trata más que de un engaño. Si alguien ha de ser realmente perdonado, el primer paso para que ello sea una realidad es reconocer el mal que hemos hecho. Como se dice en 2 Corintios 7:9, debemos hacer ese reconocimiento con tristeza, pues en esa tristeza desnudamos nuestro corazón ante el Señor.

Debemos reconocer realmente que hemos hecho el mal. En ese estado de conciencia somos humildes y no buscamos una manera de eludir nuestra responsabilidad. Y eso abre la puerta para el perdón verdadero. Se podría decir que “Clavarse uno mismo la espada”, visto desde la perspectiva bíblica, significa “matar mi orgullo”. Y puesto que el orgullo está en el meollo de lo que somos, se entiende que no haya nada más difícil que reconocer el mal que hemos hecho y pedir perdón. Así y todo, no hay nada tan grande como el premio que recibimos por ello.

por Mark Payton

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