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Clara McBride Hale

Para algunas mujeres la misión de la maternidad cobra un sentido particularmente amplio y profundo. Sus experiencias las hacen extraordinariamente empáticas ante el dolor y el sufrimiento que padecen otras madres e hijos. Semejante compasión condiciona su especial visión del mundo, su inusual capacidad para amar y su pasión por hallar soluciones. Clara McBride Hale era una de esas mujeres.

Clara nació en Carolina del Norte en 1905. Tras la muerte repentina de su papá, su mamá trasladó a la familia a vivir a Filadelfia, Pensilvania.

Clara creció, se casó, tuvo dos hijos y adoptó a un tercero. Su marido llevó a la familia a vivir a la ciudad de Nueva York, pero perdió la batalla contra el cáncer cuando Clara tenía 27 años de edad.

Durante los años de la Gran Depresión, Hale crió y logró mantener a sus hijos trabajando como empleada doméstica de día y como conserje de noche.

En 1943, Hale abrió un centro de cuidado infantil en su casa. Transcurrido el tiempo, esa instalación pasó de ser una de corto plazo a ser de largo plazo. También acogía niños en la etapa inicial del proceso de adopción. En 1969, inició su obra con niños indigentes abandonados por sus madres adictas a las drogas.

A lo largo de su vida, Hale ayudó a salvar muchas vidas, incluidas unas 550 que se habrían convertido en víctimas de la epidemia de cocaína y heroína que asoló a los Estados Unidos durante dos largas décadas. En el trayecto debió enfrentar muchos momentos difíciles.

Contra todas las expectativas

Para el año 1983, habían sucumbido a su adicción a las drogas 28.000 mujeres, sólo en la ciudad de Nueva York. Casi 26.000 de ellas en edad fértil. Más de 50.000 de sus hijos nacieron químicamente dependientes de las drogas. Esos niños también corrían un alto riesgo de contraer el SIDA de sus madres durante el embarazo.

En el Estado de Nueva York, había casi 250.000 drogadictos. Por lo menos 45.000 de ellos eran adictos a la cocaína, mientras una de cada 20 personas mayores de 12 años consumía algún tipo de droga.

En la actualidad, se dice oficialmente que esas personas sufren de un “Trastorno de abuso de drogas”. Pero en la década de 1980, en vez de declarar la situación de esas personas como una crisis nacional de salud, la sociedad la minimizó reduciéndola a una ola de criminalidad que se había propagado por toda la nación. Encarcelamientos masivos y negligencia con las minorías pobres fue la respuesta que se ofreció en lugar de la implementación de tratamientos bien financiados contra la adicción a las drogas y de programas de salud mental.

En oposición a ese desdichado escenario, Hale perseveró en su labor. Conocida con cariño y muy apropiadamente por sus allegados como “Madre”, la pequeña mujer de pelo canoso sirvió a las víctimas de las drogas de una manera que recuerda a la Madre Teresa de Calcuta. Algunos de los niños nacidos con el síndrome de abstinencia eran dejados literalmente a la entrada de la casa de Hale.

Al fin, con la ayuda de Percy Sutton, a la sazón presidente del Municipio de Manhattan, y de otros líderes comunitarios, Hale consiguió una subvención de $150.000 por parte de la Oficina de Oportunidades Económicas (OEO, por sus siglas en inglés) para renovar una casona de cinco pisos en la calle 122 en Harlem.

Hale trasladó los muebles de su apartamento al edificio y financió personalmente las decoraciones. Gastó con mucho cuidado y eficiencia el financiamiento de la subvención en áreas en las que las necesidades eran vitales. Al fin, llegó a tener 58 niños bajo su cuidado durante el día.

Luego de que el financiamiento de la OEO caducara, el Centro de la Casa Hale para la Promoción del Potencial Humano Inc. (Hale House Center for the Promotion of Human Potential, Inc.), como se solía conocer, fue una víctima más de los severos recortes en subsidios estatales y municipales. Agencias públicas con servicios competitivos hostigaron repetidas veces al centro.

La fe y los amigos

Apoyada con gran éxito por individuos, iglesias y grupos comunitarios, “Hale House” (o Casa Hale) logró distinguirse por lo especial de su conformación y por el fuerte contraste que marca con las agencias públicas de cuidado infantil. La hija de Hale, la Dra. Lorraine E. Hale, pasó a ser la directora del programa. Entre sus buenas credenciales, tiene la de contar con un doctorado en desarrollo infantil otorgado por la Universidad de Nueva York.

A poco de iniciarse el programa, cuando el financiamiento para las comidas y los materiales era escaso y muchas veces era todo un desafío pagar los salarios, la fe personal de Clara Hale en Cristo, su amor y su activa preocupación por las personas comunes y corrientes eran sus únicas fuentes confiables de fortaleza y sustento interior. Le procuraban pañales desechables, fórmulas para bebés y otros elementos cuya demanda era constante.

Un admirador notable pasó más de dos años tratando en vano de dar con el paradero de Hale porque ninguno de sus cercanos sabía su nombre de pila. Finalmente, John Lennon logró dar con ella y le envió un cheque por $10.000. “Él vino con su esposa y su hijo; y pasaron un rato con los niños”, contó Hale.

Tras la trágica muerte de Lennon al año siguiente, Yoko Ono, su esposa, envió más donaciones, incluyendo un cheque por $20.000, que siguió llegando sin falta cada año a partir de entonces.

Una mañana, otra admiradora se presentó a la puerta de la casa de Hale. Al bajarse de su limusina negra, los infaltables paparazis que no se cansaban de fotografiarla en todo momento, esa vez no estaban presentes. Esa era una visita privada, sin duda. Sin embargo, la presencia de la Princesa Diana hizo de aquella una ocasión especialmente memorable.

Mientras la princesa se detenía en lo alto de la escalinata de entrada a la casa, sostenía amorosamente en brazos a un bebé. “Gracias por la obra que usted está realizando aquí por estos niños”, le dijo a la Madre Hale.

“La gente ha sido increíblemente generosa apoyando esta misión”, expresó la siempre optimista Hale. Su fe en Dios y en la humanidad siguió creciendo a pesar de la oposición que debió enfrentar. En 1984, su obra sobresaliente figuró en la portada de la revista War Cry (Grito de guerra) del Ejército de Salvación, que le dedicó un reportaje especial.

Tras el fallecimiento de Hale a la edad de 87 años, la Casa Hale perdió la brújula durante un tiempo. Enfrentó un escándalo financiero que hizo necesaria una completa limpieza administrativa.

El legado de Hale continúa

La Casa Hale, en la actualidad, sigue llevando adelante su misión bajo el nombre de Mother Hale Learning Center (Centro de Aprendizaje de la Madre Hale). Ahora es parte de una red más amplia de proveedores de atención sanitaria comunitaria. Ofrece cuidado infantil educacional a 36 niños, así como un programa de vivienda de transición que ha ayudado a 161 familias en situación de calle y a 297 niños a ponerse de pie y salir adelante en los últimos cuatro años, señalan los oficiales de la Casa Hale.

“La misión de la Casa Hale —proveer programas centrados en los niños y enfocados en la familia a aquellos y aquellas que se encuentran necesitados— no ha cambiado y jamás lo hará”, dijo el director ejecutivo Randy McLaughlin.

El 6 de febrero de 1985, al cierre del mensaje del Estado de la Unión ante el Congreso, el Presidente Ronald Reagan fijó su vista en la señora Clara Hale, que se encontraba sentada junto a la señora Reagan, la Primera Dama de la nación, y le hizo un reconocimiento a la “Madre Hale” por ayudar a los bebés de madres drogadictas en Harlem, Nueva York.

El presidente les dijo a los miembros del Congreso y a todos los Estados Unidos: “Vayan a su casa una de estas noches y quizás vean su silueta dibujarse en la ventana mientras va y viene caminando, hablándole con palabras dulces y tiernas a un niño que lleva en brazos. La Madre Hale de Harlem: ella también es un héroe de los Estados Unidos”.

por Warren L. Maye

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