MagazineSAconnects en Español

Bajo su Almohada

Neneh Dabor creció en un hogar musulmán en Sierra Leona, pero siempre se sintió extrañamente atraída a Jesucristo.

Sus padres la enviaron a una escuela cristiana porque esas eran las “escuelas buenas” en su país, por lo que siempre durmió con una Biblia bajo su almohada, no un Corán.

“Si tenía una pesadilla, lo que hacía era encender la luz, tomar mi Biblia, leerla y luego volvía a dormirme”, dice Dabor. “Yo confiaba en ella”.

Neneh leads Sunday school.

Neneh leads Sunday school.

Hoy, ella confía en que esa misma Biblia le ayudará a enseñar sus clases de Escuela Dominical en el Ejército de Salvación en Yonkers, Nueva York, un Cuerpo ubicado en el centro de la ciudad al que asisten personas de 17 nacionalidades y algunos antiguos musulmanes.

Dabor recuerda que sus padres se molestaron cuando descubrieron la Biblia bajo su almohada. Su abuelo no entendía qué es la Trinidad, por lo que le dijo que los cristianos adoraban a tres dioses. Ella oraba y ayunaba cinco veces al día, como todos los musulmanes devotos, pero Dios le parecía distante.

En nombre de Jesús

“Un día simplemente me dije: ‘No logro sentir este dios al que los musulmanes invocan’. Lo sentía muy lejano”, afirma Dabor. “Ahora sé que es a través de Jesús que uno logra establecer esa relación con el Padre. Eso era lo que anhelaba.

“Jesús siempre fue fiel. Cada vez que me hallaba en problemas, a pesar de ser musulmana, siempre invocaba el nombre de Jesús y me ayudaba. Yo sabía que Él era el camino, pero mi mente seguía cautivada por las cosas materiales”.

Dabor también comentó que observaba a los cristianos un poco aburridos.

“No los veía alegres”, dice. “Temía convertirme en cristiana puesto que pensaba: ‘Voy a estar aburrida igual que ellos’. No pude entender que eso no era así hasta que me convertí. Fue entonces que conocí la alegría que se sentía por dentro”.

Dabor más tarde vino a Estados Unidos y se casó con un musulmán, pero el matrimonio no funcionó y ella terminó como madre soltera.

Hambrienta por la verdad

“Todo se vino abajo”, indica. “Fue en ese momento de mi vida que imploré al Dios del que había huido”.

En 2007, Dabor asistió a una pequeña iglesia pentecostal en la ciudad de Nueva York en compañía de una amiga. Un día, avanzó por el pasillo, pronunció la oración del pecador y se convirtió oficialmente en cristiana.

“Una paz silenciosa me invadió”, recuerda. “Le entregué mi vida a Él y le pedí a Dios que me ayudara a recuperar el tiempo perdido, lo cual ha hecho.

“Yo sabía que debía conocerlo más por lo que Él es, fue entonces que el Señor me dio el amor y el deseo de estudiar la Palabra de Dios. Desde que era niñita, en África, sentía fascinación por la Palabra de Dios”.

Dabor afirma que como era una “bebé cristiana” no entendía la Trinidad, pero que conforme estudiaba la Biblia logró entender que Jesús “se manifestó al mundo como hombre” y que realmente murió en la cruz, al contrario de lo que enseña el Islam.

“Él es Dios”

También fue conmovida por las diferencias que halló entre el Corán y la Biblia; Alá no perdonaba, pero Jesús perdonaba incluso a Sus enemigos.

Sus ojos se le abrieron al leer 1 Timoteo 3:16, un pasaje en que se alude a la encarnación de Cristo: “No hay duda de que es grande el misterio de nuestra fe: Él se manifestó como hombre; fue vindicado por el Espíritu, visto por los ángeles, proclamado entre las naciones, creído en el mundo, recibido en la gloria”.

“Empecé a ver que ahí estaba la clave”, dice Dabor. “¡Él es Dios! Me di cuenta de que Él es Dios y que Dios se manifestó como hombre. Sin eso, no hay salvación.

“Yo había tenido problemas con aceptar que Él fuese Dios, debido a que a mi modo de ver eso era un insulto al Padre. ¿Por qué había de ser Jesús igual a Él? Ahora, más allá de toda sombra de duda, sé que Él es el Dios Hijo”.

Una petición concedida

Seis meses después de su conversión, Dios llevó a Dabor al Ejército de Salvación en Yonkers, Nueva York, “y me dijo que ahí era donde Él quería que yo creciera en la fe”. Dabor ha estado ahí por los últimos ocho años.

“Yo dije: ‘Señor, ¿me podría enviar adonde se ayuda a los más pobres entre los pobres?’ Siempre tuve ese deseo”, señala.

Dabor esperó a convertirse en soldado para asegurarse de que la doctrina del Ejército de Salvación era sana. Ha estado enseñando Escuela Dominical durante ya más de un año.

“Nada me hace sentir más alegre”, dice. “Me encanta hacerlo. Es mi pasión. Es mi deseo. Le doy toda la gloria a Dios. Es Él quien está haciendo esto. Nunca he faltado un domingo. Me preparo y voy a enseñar a Su pueblo.

“Mientras crecía como musulmana, yo sabía más acerca de la Biblia que del Corán”, indica. “Pienso en verdad que eso fue un acto de Dios y que todo ese tiempo Él me estuvo preparando, a pesar de que aún no era salva. Le doy gracias por su fidelidad conmigo”.

En las calles

Hoy se puede ver a Dabor en las calles de Yonkers hablándole a la gente acerca del increíble camino que debió transitar y acerca del Dios a quien ella ama.

“Hoy mi vida consiste en recorrer las calles dando mi testimonio”, dice. “Ese es mi llamado número 1: el evangelismo. Testificaré a los judíos y a los musulmanes. Mi historia me ha ayudado muchísimo, por lo que le doy toda la gloria al Señor”.

Dabor dice que su familia “no estaba contenta” con su decisión, pero que la “respetan” por la mujer que ha llegado a ser.

“Ellos me dicen: ‘Ya no eres la misma de antes’. Y sé que eso es así gracias a los frutos del Espíritu”, afirma.

Dabor dice que su familia la llama en momentos de crisis.

“Cuando me llaman y me pongo a orar en el nombre de Jesús, ellos obtienen resultados”, declara. “Así los evangelizo. Les digo: ‘Escuchen, no se trata de mí. Yo soy sólo una vasija vacía. Se trata del nombre de Jesús y de la fe que acompaña siempre a ese nombre”.

Predicar el Evangelio a todos

Dabor ha visto a un hermano y a una hermana aceptar a Cristo a través de su testimonio personal.

El evangelismo es también lo que impulsa a su Cuerpo, el cual lleva su ministerio a los que están sufriendo en las populosas calles de Yonkers, incluso en la misma calle en que se ubica.

El Capitán Luxene Claircius, que es el oficial directivo y es de origen haitiano, comentó que cerca de 10 personas de Liberia y Nigeria que se criaron como musulmanes asisten al Cuerpo y cuatro de ellas se han convertido en soldados.

“Asisten a nuestras clases de estudio bíblico, a nuestras reuniones fraternas, a nuestra reunión de oración”, dice. “Atraemos a las personas por la manera en que les mostramos el amor de Cristo, sin discriminación. Eso las hace sentirse cómodas como parte del Ejército de Salvación.

“Nuestro trabajo consiste en salir a predicar el Evangelio a todas las personas. El mismo Jesús jamás discriminó a nadie. Mi responsabilidad es predicar a todas las personas por igual”.

“En este lugar hay amor”

Entre esas personas se cuenta Andrew Adeghe, oriundo de Nigeria. Llegó a los Estados Unidos en la década de 1970 y durante 30 años se desempeñó como maestro en una escuela pública de la ciudad de Nueva York.

Adeghe, que se crió en el área mayoritariamente cristiana de Nigeria, ha estado asistiendo al Cuerpo los últimos tres años. Aprecia la sana enseñanza bíblica de Cristo como el Hijo de Dios y su llamado a amar al prójimo como a sí mismo.

“Aquí todos nos relacionamos como miembros de una gran familia”, declara Adeghe. “Tenemos una asamblea muy bonita. La audiencia del Cuerpo ha ido creciendo de manera sostenida. En este lugar hay amor”.

El Capitán Claircius dijo que la sesión de compañerismo fue idea de su esposa, la Capitana Auxiliar Cilianise Claircius. Ella quería invitar a los indigentes al Cuerpo.

“Nuestra labor consiste en invitar a las personas a venir a la iglesia y a hablar sobre Dios, de modo que puedan llegar a ser salvas igual que nosotros”, dice Cilianise. “Les damos de comer, las vestimos y hablamos con ellas sobre Dios”.

Predicar con el ejemplo

Dabor dijo que el espíritu evangelístico del Cuerpo es una de las razones por las que a ella le encanta enseñar y liderar.

“Siento anhelo por las personas perdidas”, señala. “Eso es lo que me impulsa en esta misión. Yo tengo que dar mi testimonio de fe. En tiempos como estos, es necesario —más que nunca— ‘despertar’. No podemos quedarnos sentados ni callados.

“El tiempo es breve. Cada verdadero creyente que está lleno del Espíritu Santo tiene que ponerse a trabajar para el Reino de Dios. Estudiamos y aprendemos, pero también tenemos que salir a evangelizar. Yo no quiero sólo enseñar el Evangelio. Quiero demostrarlo y liderar a otros dando el ejemplo”.

por Robert Mitchell

Previous post

a spectrum of experiences

Next post

Una diversidad de experiencias